

José Anselmo Moreno
Mario Jacquet Martínez nació en Asunción (Paraguay) en 1.946, aunque las malas lenguas decían que su verdadera edad era una incógnita. El exjugador guaraní se ríe cuando se lo comentan. Tal vez, todo viene de que era veterano cuando vino al Valladolid, del Atlético, Burgos y Oviedo. Cuando se fue de aquí ya era veteranísimo y firmó dos temporadas más por el Elche, y tras quitarse la franjiverde era casi un cuarentón pero jugó dos años más en Orihuela y, por cierto, todos los partidos en su última campaña. Un caso de asombrosa longevidad deportiva.
Precisamente su estancia en Elche provocó que sus dos hijos (Mario Y César) vivan actualmente en la capital ilicitana. El año pasado, cuando vino a verles, se desplazó hasta Valladolid donde comió con Jorge, Moré, Gail y Santos, y más tarde se unieron Luis Minguela y Toño, como se puede ver en las fotos que acompañan a este texto. Hablaron de los recuerdos, del ascenso, de la jubilación de Santos, de la faceta política de Minguela y volvieron a preguntarle a Toño cómo era posible que un tipo que tenía pánico a los aviones (fobia severa) acabara fichando por el Mallorca. De Toño me cuenta que era un cachondo en el vestuario pero que se transformaba en los partidos. Un día salía junto a López por el túnel de vestuarios y éste le recordaba a Toño uno de sus últimos chistes: «Déjate de hostias, los chistes ahí dentro, esto es muy serio», le dijo Toño quien, por cierto, acabó viviendo de la hostelería y regentando la cafetería del colegio de abogados. Aún hoy, tras superar una enfermedad, es el animador de comidas como la referida con Jacquet.
Esas imágenes, y algunas más, llegan remitidas por el propio «Indio» Jacquet. Ese era su apodo pero, como él dice, indio era lo más suave que le llamaban fuera de Zorrilla «Cuanto más me gritaban o insultaban, yo más me agrandaba», dice el paraguayo en contacto telefónico desde su país.
Jacquet debutó con 17 años en la Primera División de Paraguay, jugó en Cerro Porteño y Olimpia, para con 21 recién cumplidos fichar por el Atlético de Madrid, aunque nunca llegó a jugar un partido oficial por el problema de las plazas de oriundos (en el Atlético había varios). Los del Manzanares le cedieron al Burgos CF en Primera División y, posteriormente, fue traspasado al Real Oviedo, donde estuvo cinco temporadas.
Del club carbayón pasó al Real Valladolid, en julio de 1977. Aquí estuvo otros cuatro ejercicios y fue protagonista del ascenso de la temporada 1979-80. La llegada de Jacquet al Valladolid fue un salto de carácter y de calidad a partes iguales. Acababa de irse Docal y hacía falta alguien de temperamento atrás. El centrocampista-defensa paraguayo era el idóneo porque presentaba un perfil aguerrido, de esos que si pasaba el balón no pasaba el jugador. En definitiva, un auténtico jefe. Me cuenta Rusky que Mario les decía a sus compañeros: «en la primera entrada nunca te van a expulsar, hay que ir fuerte y marcar el territorio».
En Pucela estuvo hasta los 35 años. Jugó casi siempre de central pero Paquito aprovechó el último año su experiencia en Primera para ponerle por delante de la defensa en un 4-1-4-1, bien de inicio o para aguantar resultados. Y es que el equipo era muy novato en la élite y venía de 16 años en Segunda. En el primer encuentro que se jugó en el Bernabéu tras regresar a Primera, el Valladolid se adelantó con un gol de Jorge pero la cosa acabó 1-1 y sufriendo. Cuando el equipo empezó a asustarse salió Jacquet en la segunda parte para cerrar el partido con el denominado «otro fútbol». El paraguayo fue muy importante ese año, tanto dentro como fuera del campo. Aquella campaña, algunos de los más jóvenes recuerdan sus arengas cuando pisaban un gran escenario y, a veces, les temblaban las piernas. El paraguayo era de los que se crecían ante los grandes y transmitía esa insolencia a los demás.
HABITUAL DE LA FRAGUA
En aquellas temporadas como defensa libre (formando dupla con Santos, Djurovic, López, Gratacós o Gilberto), dio un gran rendimiento en Pucela gracias a su contundencia y, a la vez, elegancia en el corte aunque no es demasiado alto. A tal punto fue bueno su rendimiento en Valladolid que entonces el desaparecido restaurante La Fragua invitaba a comer al mejor jugador de cada partido a través de una campaña publicitaria y Jacquet era de los habituales cada lunes.
Además de jugador con personalidad, ya se veía que el guaraní llevaba dentro un entrenador. Después de su retirada fijó su residencia en Elche e incluso uno de sus hijos, Mario Jacquet Aguilera, delantero formado en la cantera del Real Madrid, fue jugador franjiverde. Por la zona de Levante, Jacquet padre inició su carrera como entrenador, concretamente en el Elche Juvenil y después Santa Pola, Crevillente y Novelda. En el retorno a su país entrenó a casi todos los equipos de elite en Paraguay (de 16 ha dirigido a 14). Entre los más destacados están clubes como Tacuary, San Lorenzo, Deportivo Luqueño y Guaraní (con el que fue campeón en 2001). También fue seleccionador sub-20 de Paraguay en el Mundial de Nigeria 99, donde comandó un equipo con Roque Santacruz y Cabañas. Además dirigió al Alianza de Lima en Perú y, en los últimos años ha entrenado en Ecuador, primero al Barcelona de Guayaquil y después al Macará. También entrenó en Chile al Cobreloa, equipo al que Cantatore hizo finalista de una Copa Libertadores y cuyo nombre proviene de las minas de cobre a cielo abierto más grandes del mundo y del río Loa, que atraviesa la ciudad. Un club importante en Chile.
Tras dirigir al Nacional de Asunción, camino de los 69 años, decidió retirarse. Según comenta, un dia se dijo a sí mismo: «No quiero trabajar un minuto más para ganar un dolar más, ya lo hice todo y necesito disfrutar de la vida». A partir de ese momento de dedicó a vivir y a cuidarse cosa que, a juzgar por su aspecto físico, consigue sobradamente.
Volviendo al jugador, Jacquet llegó a España en una época en que los paraguayos tenían fama de muy duros. Eso lo alimentaron sus compatriotas Pedro Fernández, Falito, Montero Castillo y el argentino Aguirre Suárez, varios de ellos del Granada. La prensa de la época llegó a denominarles «carniceros», sobre todo tras la lesión que uno de ellos le causó a Amancio, entonces (junto a Pirri) estrella del Real Madrid. No obstante, Jacquet era mucho más noble que sus compatriotas y así lo destacan excompañeros como Tito Bebic. «Lo que pasa es que Jacquet tenía cara de malo», ironiza el guardameta serbio.
Otro joven excompañero de la época, Juanjo Aragón, dice que Jacquet era expeditivo, limpio y elegante pero que, por algún motivo, los contrarios le tenían «muchísimo» respeto y eso se notaba. «A los jóvenes nos daba buenos consejos, nos animaba constantemente y nos trataba con mucho cariño», afirma Aragón quien precisamente necesitó de ese cariño porque tuvo que retirarse muy pronto por una gravísima lesión. Cuenta Juanjo Aragón que en una ocasión le echó la bronca por pedir un autógrafo a una estrella del Barça: «Mientras te dediques al fútbol… eso nunca, chaval».
UN TIPO DURO
«Yo no me arrugaba nunca en ningún sitio, me insultaban pero me daba igual, he marcado a los mejores jugadores, como Cruyff, Sotil, Netzer, Velázquez o Amancio y siempre di todo lo que tenía pero nunca lesioné a un rival, nunca. Eso sí, cuanto más grande era un escenario yo más me agrandaba, así era mi carácter», asegura desde su retiro en Asunción un Mario Jacquet que pasó a la memoria colectiva del buen aficionado tras jugar 118 partidos con el Real Valladolid.
Tanto se agrandaba «el indio» ante las dificultades que el mismo día que debutó quien venía a darle el relevo generacional (Gilberto), él metió un golazo en el último minuto como para decirle al hondureño: «ojo, que aquí sigo yo». Y eso que Jacquet no vino para meter goles, no era lo habitual, vino para aportar seriedad, carácter y experiencia. Cuenta que de Valladolid fueron a buscarle Paquito y Fernando Alonso un verano que estaba de vacaciones en Llanes, ya con 31 años. «Fue una buena decisión porque en Valladolid vivi unos años muy buenos, por mi edad tenía madurez y energía, creo que fueron mis mejores temporadas en España», subraya.
Jacquet sigue al Real Valladolid y pregunta con interés por quienes fueron sus compañeros, sabe del reciente fallecimiento de José María Mellado, quien era tan religioso como él, y da gracias a Dios y a la vida porque la ha disfrutado plenamente. Como demuestran los datos apuntados más arriba, ha sabido sacar muchísimo partido tanto al futbolista como al entrenador y ambas facetas las apuró con pasión hasta el final. Piensa volver en los próximos meses a Valladolid, hacía muchos años que no venía hasta que recientemente tuvo lugar esa comida con sus excompañeros. Aunque no lo manifieste expresamente, ese encuentro más el inevitable baño de nostalgia le hicieron sentir muy feliz. Y es que lo evidente no necesita explicación pero los tipos duros no son muy dados a mostrar sus emociones. Tal vez por eso son duros, o simplemente lo parecen.

























































































































