Jacquet, un «indio» que imponía respeto a los rivales

Mario Jacquet en la temporada 78/79
Imagen de la comida referida en el texto hace unos meses en Valladolid

José Anselmo Moreno

Mario Jacquet Martínez nació en Asunción (Paraguay) en 1.946, aunque las malas lenguas decían que su verdadera edad era una incógnita. El exjugador guaraní se ríe cuando se lo comentan. Tal vez, todo viene de que era veterano cuando vino al Valladolid, del Atlético, Burgos y Oviedo. Cuando se fue de aquí ya era veteranísimo y firmó dos temporadas más por el Elche, y tras quitarse la franjiverde era casi un cuarentón pero jugó dos años más en Orihuela y, por cierto, todos los partidos en su última campaña. Un caso de asombrosa longevidad deportiva.

Precisamente su estancia en Elche provocó que sus dos hijos (Mario Y César) vivan actualmente en la capital ilicitana. El año pasado, cuando vino a verles, se desplazó hasta Valladolid donde comió con Jorge, Moré, Gail y Santos, y más tarde se unieron Luis Minguela y Toño, como se puede ver en las fotos que acompañan a este texto. Hablaron de los recuerdos, del ascenso, de la jubilación de Santos, de la faceta política de Minguela y volvieron a preguntarle a Toño cómo era posible que un tipo que tenía pánico a los aviones (fobia severa) acabara fichando por el Mallorca. De Toño me cuenta que era un cachondo en el vestuario pero que se transformaba en los partidos. Un día salía junto a López por el túnel de vestuarios y éste le recordaba a Toño uno de sus últimos chistes: «Déjate de hostias, los chistes ahí dentro, esto es muy serio», le dijo Toño quien, por cierto, acabó viviendo de la hostelería y regentando la cafetería del colegio de abogados. Aún hoy, tras superar una enfermedad, es el animador de comidas como la referida con Jacquet.

Esas imágenes, y algunas más, llegan remitidas por el propio «Indio» Jacquet. Ese era su apodo pero, como él dice, indio era lo más suave que le llamaban fuera de Zorrilla «Cuanto más me gritaban o insultaban, yo más me agrandaba», dice el paraguayo en contacto telefónico desde su país.

Jacquet debutó con 17 años en la Primera División de Paraguay, jugó en Cerro Porteño y Olimpia, para con 21 recién cumplidos fichar por el Atlético de Madrid, aunque nunca llegó a jugar un partido oficial por el problema de las plazas de oriundos (en el Atlético había varios). Los del Manzanares le cedieron al Burgos CF en Primera División y, posteriormente, fue traspasado al Real Oviedo, donde estuvo cinco temporadas.
Del club carbayón pasó al Real Valladolid, en julio de 1977. Aquí estuvo otros cuatro ejercicios y fue protagonista del ascenso de la temporada 1979-80. La llegada de Jacquet al Valladolid fue un salto de carácter y de calidad a partes iguales. Acababa de irse Docal y hacía falta alguien de temperamento atrás. El centrocampista-defensa paraguayo era el idóneo porque presentaba un perfil aguerrido, de esos que si pasaba el balón no pasaba el jugador. En definitiva, un auténtico jefe. Me cuenta Rusky que Mario les decía a sus compañeros: «en la primera entrada nunca te van a expulsar, hay que ir fuerte y marcar el territorio».

En Pucela estuvo hasta los 35 años. Jugó casi siempre de central pero Paquito aprovechó el último año su experiencia en Primera para ponerle por delante de la defensa en un 4-1-4-1, bien de inicio o para aguantar resultados. Y es que el equipo era muy novato en la élite y venía de 16 años en Segunda. En el primer encuentro que se jugó en el Bernabéu tras regresar a Primera, el Valladolid se adelantó con un gol de Jorge pero la cosa acabó 1-1 y sufriendo. Cuando el equipo empezó a asustarse salió Jacquet en la segunda parte para cerrar el partido con el denominado «otro fútbol». El paraguayo fue muy importante ese año, tanto dentro como fuera del campo. Aquella campaña, algunos de los más jóvenes recuerdan sus arengas cuando pisaban un gran escenario y, a veces, les temblaban las piernas. El paraguayo era de los que se crecían ante los grandes y transmitía esa insolencia a los demás.

HABITUAL DE LA FRAGUA

En aquellas temporadas como defensa libre (formando dupla con Santos, Djurovic, López, Gratacós o Gilberto), dio un gran rendimiento en Pucela gracias a su contundencia y, a la vez, elegancia en el corte aunque no es demasiado alto. A tal punto fue bueno su rendimiento en Valladolid que entonces el desaparecido restaurante La Fragua invitaba a comer al mejor jugador de cada partido a través de una campaña publicitaria y Jacquet era de los habituales cada lunes.
Además de jugador con personalidad, ya se veía que el guaraní llevaba dentro un entrenador. Después de su retirada fijó su residencia en Elche e incluso uno de sus hijos, Mario Jacquet Aguilera, delantero formado en la cantera del Real Madrid, fue jugador franjiverde. Por la zona de Levante, Jacquet padre inició su carrera como entrenador, concretamente en el Elche Juvenil y después Santa Pola, Crevillente y Novelda. En el retorno a su país entrenó a casi todos los equipos de elite en Paraguay (de 16 ha dirigido a 14). Entre los más destacados están clubes como Tacuary, San Lorenzo, Deportivo Luqueño y Guaraní (con el que fue campeón en 2001). También fue seleccionador sub-20 de Paraguay en el Mundial de Nigeria 99, donde comandó un equipo con Roque Santacruz y Cabañas. Además dirigió al Alianza de Lima en Perú y, en los últimos años ha entrenado en Ecuador, primero al Barcelona de Guayaquil y después al Macará. También entrenó en Chile al Cobreloa, equipo al que Cantatore hizo finalista de una Copa Libertadores y cuyo nombre proviene de las minas de cobre a cielo abierto más grandes del mundo y del río Loa, que atraviesa la ciudad. Un club importante en Chile.
Tras dirigir al Nacional de Asunción, camino de los 69 años, decidió retirarse. Según comenta, un dia se dijo a sí mismo: «No quiero trabajar un minuto más para ganar un dolar más, ya lo hice todo y necesito disfrutar de la vida». A partir de ese momento de dedicó a vivir y a cuidarse cosa que, a juzgar por su aspecto físico, consigue sobradamente.
Volviendo al jugador, Jacquet llegó a España en una época en que los paraguayos tenían fama de muy duros. Eso lo alimentaron sus compatriotas Pedro Fernández, Falito, Montero Castillo y el argentino Aguirre Suárez, varios de ellos del Granada. La prensa de la época llegó a denominarles «carniceros», sobre todo tras la lesión que uno de ellos le causó a Amancio, entonces (junto a Pirri) estrella del Real Madrid. No obstante, Jacquet era mucho más noble que sus compatriotas y así lo destacan excompañeros como Tito Bebic. «Lo que pasa es que Jacquet tenía cara de malo», ironiza el guardameta serbio.

Otro joven excompañero de la época, Juanjo Aragón, dice que Jacquet era expeditivo, limpio y elegante pero que, por algún motivo, los contrarios le tenían «muchísimo» respeto y eso se notaba. «A los jóvenes nos daba buenos consejos, nos animaba constantemente y nos trataba con mucho cariño», afirma Aragón quien precisamente necesitó de ese cariño porque tuvo que retirarse muy pronto por una gravísima lesión. Cuenta Juanjo Aragón que en una ocasión le echó la bronca por pedir un autógrafo a una estrella del Barça: «Mientras te dediques al fútbol… eso nunca, chaval».

UN TIPO DURO

«Yo no me arrugaba nunca en ningún sitio, me insultaban pero me daba igual, he marcado a los mejores jugadores, como Cruyff, Sotil, Netzer, Velázquez o Amancio y siempre di todo lo que tenía pero nunca lesioné a un rival, nunca. Eso sí, cuanto más grande era un escenario yo más me agrandaba, así era mi carácter», asegura desde su retiro en Asunción un Mario Jacquet que pasó a la memoria colectiva del buen aficionado tras jugar 118 partidos con el Real Valladolid.

Tanto se agrandaba «el indio» ante las dificultades que el mismo día que debutó quien venía a darle el relevo generacional (Gilberto), él metió un golazo en el último minuto como para decirle al hondureño: «ojo, que aquí sigo yo». Y eso que Jacquet no vino para meter goles, no era lo habitual, vino para aportar seriedad, carácter y experiencia. Cuenta que de Valladolid fueron a buscarle Paquito y Fernando Alonso un verano que estaba de vacaciones en Llanes, ya con 31 años. «Fue una buena decisión porque en Valladolid vivi unos años muy buenos, por mi edad tenía madurez y energía, creo que fueron mis mejores temporadas en España», subraya.

Jacquet sigue al Real Valladolid y pregunta con interés por quienes fueron sus compañeros, sabe del reciente fallecimiento de José María Mellado, quien era tan religioso como él, y da gracias a Dios y a la vida porque la ha disfrutado plenamente. Como demuestran los datos apuntados más arriba, ha sabido sacar muchísimo partido tanto al futbolista como al entrenador y ambas facetas las apuró con pasión hasta el final. Piensa volver en los próximos meses a Valladolid, hacía muchos años que no venía hasta que recientemente tuvo lugar esa comida con sus excompañeros. Aunque no lo manifieste expresamente, ese encuentro más el inevitable baño de nostalgia le hicieron sentir muy feliz. Y es que lo evidente no necesita explicación pero los tipos duros no son muy dados a mostrar sus emociones. Tal vez por eso son duros, o simplemente lo parecen.

Con Toño, en una reciente visita a Valladolid
Durante su etapa de entrenador en Chile
Jacquet con Luis Minguela
Sánchez Pizjuán, enero del 81. De izquierda a derecha: Gilberto, Jacquet, Santos, Borja, Jorge, Fenoy, Moré, Pepín, Sánchez Valles, Juanjo Aragón y Pedro Duque.
Durante una cena, Jacquet a la derecha y Pepe Ramírez a la izquierda en la imagen
Formación antes de un partido ante el Castilla en el Santiago Bernabéu.

Promesas de aquí, la quinta de Chuchi

Real Valladolid de la 91/92 con Pereira, Ferreras y Santi Cuesta.
Mata en una entrevista en El Norte.
Garrido, el año de su debut en Primera.








José Anselmo Moreno

No son Promesas del Este, como la soberbia película protagonizada por Viggo Mortesen y Naomi Watts, son las Promesas de aquí. Precisamente hace unos meses el Real Valladolid pidió a la Federación recuperar el nombre de Promesas para su filial y hay que recordar que hubo una temporada (la 91/92) en la que los once jugadores titulares de este equipo, entonces en Segunda B, fueron debutando sucesivamente en Primera División, algunos con notable protagonismo. Era la quinta del Chuchi… Macón.

El primero en debutar fue José María Abril, un mediocentro a quien Maturana hizo titular como lateral derecho en el arranque de la competición ante el Sporting y que en la sesión de entrenamiento posterior se rompió el peroné. Tras varios «estrenos» más durante el curso, el último en debutar fue Luis Miguel Garrido, quien protagonizó una dilatada carrera una vez que Javier Yepes tuvo la valentía de ponerle en San Mamés, con solo 19 años, frente al consagrado Cuco Ziganda. Después, de nuevo ante el Sevilla para medirse a Davor Suker y, por cierto, superarle y ganar el partido (1-0).

Garrido siempre era animado desde la grada por su abuela, ya fuera en los Anexos o en Zorrilla. A grito pelado se levantaba con un «Hale Pucelaaa» y revolucionaba a toda la tribuna. Si era entonces famosa la abuela del Betis, la del espigado central del barrio de La Rubia no se quedaba atrás. «Lo de aquella temporada es irrepetible», comenta Garrido quien va más allá al apuntar que en aquel filial «había más clase que en un instituto». Y lo dice quien hoy es director deportivo.

Precisamente un jugador de clase (coetáneo de Onésimo) y un caso muy curioso en su debut fue el goleador de aquel Promesas, Juan Carlos Pereira, un jugador bajito para su puesto de ariete pero especialmente listo al leer los espacios. Salió en el once titular que midió al Real Valladolid con el pujante Albacete (ya entonces «Queso mecánico») y Pereira, con su cara de pillo y aquel pelo rubio ficticio, se reivindicó marcando el gol de la victoria. Por esas cosas tan extrañas del fútbol, casi no volvió a contar, más que unos minutos ante el Oviedo. Pereira procedía de aquel juvenil de los Cundi, Cano, Juan Alberto, Bernal, Fano II, Onésimo o Alberto Gangoso. Guiado de la mano de Yepes, ese equipo llenaba el viejo estadio Zorrilla, ya parcialmente demolido en 1986, casi todos los domingos por la mañana. El espectáculo estaba garantizado. Siempre.

MÁS DEBUTANTES

Hubo más debutantes del Promesas en la referida campaña 91/92, ya que el zamorano Víctor Ferreras jugó aquella temporada dos partidos antes de hacerse con la titularidad en años posteriores y fichar por el Sevilla, donde fue el único jugador del mundo que en un solo día militó en tres categorías diferentes por el ascenso administrativo del Pucela y el descenso del club hispalense. «Estas cosas solo me pasan a mi», él sigue bromeando con ello. Lo mejor de todo es que Ferreras tuvo las «santas narices» de decir en Sevilla que se alegraba por el Real Valladolid.

Y es que al amanecer un 1 de agosto de 1995 era jugador blanquivioleta en Segunda, firmó su nuevo contrato con el Sevilla y se fue a la estadía de Sancti Petri con la etiqueta de futbolista de Primera División y ya por la tarde, mientras dormía la siesta, descendió a Segunda B porque momentáneamente su nuevo club bajó a la categoría de bronce antes de aquel «café para todos» de la Liga de 22. Ahora Víctor Ferreras es un ejecutivo de éxito al frente de una empresa de ambulancias, cuyo germen estuvo en su Benavente natal. Como dato insólito hay que apuntar que decidió retirarse muy joven, tras acabar contrato con el Hércules, para dedicarse a los negocios de su padre. Acababa de cumplir 26 años, si bien es cierto que empezó a los 18. Cantatore llegó a convocarle para un partido con poco más de 16, aunque no llegó a pisar el terreno de juego. De haberlo hecho, hubiera arrebatado a Gail el récord de precocidad.

Víctor Javier Ferreras Quintanilla es el padre de Adrián Ferreras, una de las perlas actuales de la cantera del Atlético de Madrid y que ya de bien pequeño apuntaba detalles de crack. También ha sido internacional en categorías inferiores, como lo fue su progenitor.

Otros siete jugadores también debutaron aquella campaña 91/92 en lo que fue un espléndido «boom» de la cantera, ya que mientras el internacional sub 21 Santi Cuesta era titular (jugó 26 partidos antes de irse al Espanyol), el centrocampista Alfonso Serrano jugó hasta nueve encuentros aquel año antes de formar parte del famoso Numancia copero y de ser ahora un reputado secretario técnico. La marcha de los colombianos a mitad de aquella temporada le otorgó cierto peso en el equipo.

Otro que jugó bastante, y bien, fue el prometedor central César Esteban, quién apuntaba a figura pero una grave lesión de tibia diluyó su carrera. Cesar actuó en siete partidos y pasó a ser César Esteban para distinguirse del madrileño César Gómez del Rey.

También jugó en Primera otro central del filial, Pablo Sánchez, aunque lo hizo en sus dos partidos en la élite como medio centro. El interior derecho Toño Martín jugó también dos encuentros con Pacho Maturana y el extremo riojano Iñaki Hurtado (después futbolista del Valencia) jugó en una ocasión, al igual que César Sánchez, quien tuvo un debut sonado ante el FC Barcelona que acababa de proclamarse Campeón de Europa. Lo primero que hizo «El coyote» de Coria fue ponerse delante de Ronald Koeman para intentar atajar un penalti cometido por Mauro Ravnic. No lo consiguió, pero ya en su debut mostró cualidades de portero grande.

Aquella temporada no llegó a debutar, aunque fue convocado, el centrocampista Pedro Peña por quien el técnico colombiano preguntó al echarle en falta en los Anexos e incluso recuperó para el fútbol durante el verano del 91. El «todocampista» palentino, autor del gol que certificó el primer ascenso del Promesas en Burela, ya había decidido retirarse y entregarse plenamente a sus estudios de Derecho.

También fue convocado aquella temporada sin llegar a jugar Ángel Mata, aunque ya lo había hecho la temporada anterior, también de la mano de Pacho Maturana, que le subió directamente desde el equipo juvenil. Precisamente, siendo juvenil, Mata tiene una anécdota con su entrenador, José Antonio Tejedor. En un partido en Asturias con el campo muy embarrado y con charcos, Teje le dijo a Mata: «Oye, figura, hoy que el campo está así, tú juegas al toque, pasecito corto y balón raso». Mata le respondió: «Sí, míster, no se preocupe». A lo que el entrenador de Pedrajas respondió: «Mira, si haces eso salto al campo y te corro a patadas». Eso, ante la risa de todo el vestuario, obviamente.

Al igual que Mata, tampoco llegó a saltar al campo aquel curso de Maturana, aunque sí fue convocado, Chuchi Macón, probablemente el jugador más talentososo de aquella generación. Tal vez por su enorme clase, Jesús María Macón Portillo (Chuchi Macón) merezca un capítulo al margen aunque los que tuvieron una carrera más dilatada de todos los citados fueron Garrido y Mata, quienes jugaron hasta muy avanzada la treintena. De aquel Promesas no jugó ese año en Primera Piti San José, pero ya había debutado dos temporadas antes de la mano de Fernando Redondo.

Todos tienen un punto de cohesión en José Ramón Yarza de Diego, durante muchos años delegado del juvenil y del filial. Yarza empezó siendo tan juvenil como ellos y todavía hoy ocupa el cargo tras más de treinta años y de haber visto pasar ante sus ojos a la totalidad de jugadores de la cantera que han triunfado en Pucela. El típico hombre de club, que compartía el fútbol con la lubina, y que merece un homenaje como el mejor de sus goleadores.


MACÓN, LA ESTRELLA FUGAZ

Sí alguien hubiera podido poner nombre a aquella quinta, como Butragueño lo hizo con la del Buitre, habría sido el ya referido Chuchi Macón, una estrella que no pudo brillar. Al menos todo lo que merecía. Chuchi, que tuvo en el filial y el juvenil un hermano portero (Diego Macón), era un mediapunta de una calidad extraordinaria. «La del filial fue una época muy bonita, ahí y en juveniles fue cuando más disfruté del fútbol y de los compañeros, en realidad todos disfrutamos», dice.

Probablemente, de haberse tomado sus primeros años de futbolista tan en serio como se toma ahora su papel de entrenador, hubiera sido actor principal durante mucho tiempo en el primer equipo. Lo fue en la promoción ante el Toledo en su demarcación natural de media punta desde la que desprendía magia. Nunca sabías qué iba a pasar cuando Chuchi tenía el balón, al igual que sucedía en la mejor época de otro mago de la cantera, Óscar González. 

Macón parecía consolidado en Primera, con él en el campo el Real Valladolid de Felipe Mesones ganó en el Bernabéu (1-3). Ese día estuvo estelar en un equipo de circunstancias en el que Alberto acabó de central por expulsión de Najdovski. Habían viajado en el día y la siesta, en los sofás de un hostal de carretera en Guadarrama.

Sin embargo en la temporada siguiente Víctor Espárrago, que jugaba con defensa de cinco, empezó a ponerle como carrilero por la derecha, con Pablo Gómez en la izquierda. Fue aquel año de las inversiones millonarias: Belodedici, Matosas, Nilsson… El caso es que la que estaba destinada a ser la temporada de su eclosión acabó con el Real Valladolid en Segunda, tras pasar por las manos de cuatro entrenadores, y Chuchi Macón incomprensiblemente marginado.

Por fortuna, Celta y Sevilla no avalaron a tiempo el cinco por ciento de su presupuesto, como dictaba la ley, y el equipo regresó a Primera con un gol «por la escuadra» y desde los despachos del difunto presidente Marcos Fernández. Poco después llegaría Cantatore y el Europucela. Eso queda para otro capítulo. Hoy tocaba ese filial que ha acogido a jugadores como Eusebio, Onésimo, Amavisca, César, Rubén Baraja, Torrecilla, Benjamín, Minguela, Juan Carlos o Sergio Asenjo en los últimos 40 años y hace nada a Waldo, Toni Villa, Calero o Anuar Tuhami.

Ese equipo quiere volver a ser Promesas, aunque su nombre primigenio fue Europa Delicias y su primer entrenador, un ilustre: Gerardo Coque. Llevó ese nombre hasta 1974 y desde entonces fue Valladolid Promesas. Precisamente, un once entero del filial, con el refuerzo del guardameta Sala, le dio tres puntos al Real Valladolid durante la huelga de futbolistas de 1984. Un gol de Fernando Lázaro sirvió para derrotar al Racing. El equipo fue Promesas hasta el año 1991, cuando la Federación obligó a cambiar la denominación de los filiales, llevando la del club principal más la letra «B». Como pasa con la memoria histórica, y las calles que cambian de nombre, siempre fue «el Promesas». Sin serlo.

Santi Cuesta durante una entrevista en 1991
Macón (dcha) en la actualidad junto a Víctor, con quien trabajó en el Cartagena.

Estella, el dandy y la ensaladilla del Dallas

De izquierda a derecha: Llacer, Jacquet, Santos, Serrat, Minguela, Cortés, Botella, Rusky, Estella, S. Valles y Gail
Durante un reciente homenaje en su tierra

José Anselmo Moreno

Por el Real Valladolid han pasado jugadores muy importantes, algunos dejaron huella y otros, aún siendo tanto o más importantes, ni tuvieron tiempo. Es el caso de Joan Estella, y no es fácil empezar a hablar de él porque tal vez mucha gente ni lo recuerde, por eso es bueno «meterle» en esta convocatoria. Pasó por aquí un solo año y después se marchó a jugar a un grande, incluso fue internacional y se quedó a las puertas de un Mundial.
Recuerda con cariño que aquí vivía en un piso con Minguela, Bebic y Serrat y es muy elocuente oirle hablar de su temporada en Valladolid. Tal vez no damos la importancia al «encanto» del club y de la ciudad hasta que escuchamos hablar a la gente de fuera o nos damos cuenta de la cantidad de jugadores que decidieron establecer su residencia y su vida en Pucela (eso es para el capítulo «Vienen y se quedan»).
«En Pucela viví el mayor ambiente de camaradería y hermandad que yo conocí en el fútbol profesional. Todos íbamos a una, el equipo estaba por encima del interés de cada uno, éramos una piña y algo así difícilmente se vive en un equipo grande, donde algunas veces compites con el compañero», precisa el excentrocampista catalán.
A día de hoy, Joan (aunque le da igual Juanjo, como era entonces) vive en Mallorca y sigue teniendo un especial cariño por sus camaradas de la temporada 78/79. Pasó recientemente por Pucela y le dio una inmensa alegría encontrarse casualmente con Jorge Alonso por la calle y, no hace mucho, recibió una broma telefónica de Mario Jacquet, cosa que tampoco es infrecuente en el paraguayo. Uno era «el indio» y el otro «el dandy». Dice uno de los utileros de aquella época, Luismi Quintana, que Estella era un adelantado a su tiempo y que verle con su porte elegante o sus pantalones de cuero llamaba la atención.
Cuando Estella venía del aeropuerto de Villanubla, entró en Valladolid con el lógico miedo a un sitio nuevo. Por aquí no conocía a nadie, aunque casi antes de pasar Zaratán ya se habían acordando nuevas cesiones llegadas del FC Barcelona como Mir, Serrat o Botella. La incertidumbre se le pasó enseguida cuando llegó al vestuario del viejo Zorrilla. Allí se encontró con líderes natos, como Llacer o Jacquet, que le hicieron sentir como en su casa. «Eran como los padres de aquella gran familia», recuerda.
Ese era el secreto del funcionamiento de aquel equipo y lo que también destacan otros futbolistas que solo estuvieron un año aquí, como Osvaldo Cortés o Daniel «El Tigre» Gile. A juicio de Estella, ese grupo ganaba partidos «hiciera lo que hiciera el entrenador».
«Se disfrutaban los entrenamientos, las cenas, los viajes y, sobre todo, las impresionante ensaladillas del Dallas», ironiza el exjugador en larga conversación telefónica desde su actual residencia en Palma.

CAMINO DE BIARRITZ

Según Estella (y tantos otros) fue un año con mil anécdotas pero una de las mejores la vivieron el propio jugador catalán y Poli Rincón. Tras un partido ante Osasuna en El Sadar, un 31 de diciembre, en que los jugadores habían viajado en coches particulares para poder celebrar la Nochevieja en sus respectivas ciudades, Rincón y Estella, posiblemente los dos más destacados de aquella plantilla (ambos fueron internacionales), se montaron en el mismo vehículo con Rincón al volante. La intención era coger dirección Madrid a la salida de Pamplona, entonces no había GPSs pero ya estaba Hipólito para decir aquello de: «Tranquilo tío, yo tengo muy claro por donde es y llegamos de sobra». Después de varias horas de viaje, Estella levantó la mirada y vio un cartel que decía: «A Biarritz, 25 kilómetros».
«Me dieron ganas de estrangularle, nuestras familias esperando para cenar y casi no llegamos ni a las uvas», así lo cuenta Juanjo Estella, un futbolista que se retiró muy joven, a los 29 años, porque su padre enfermó y debía desplazarse constantemente de Sevilla (su último equipo) hasta Barcelona.
Un jugador que tuvo que «retocar» su edad porque de niño era tan bueno que debía jugar con los mayores, un centrocampista que fue internacional tres veces con dos seleccionadores distintos y no una, como se dice en alguna de sus biografías pero, sobre todo, Juan José Estella Salas es una persona llena de valores y preocupada por salvar la esencia del deporte.
En su opinión, la esencia del fútbol está en 22 futbolistas sobre un terreno de juego sin gente, sin televisión, sin nadie más. A su juicio, el fútbol (el deporte en general) debe ser una correa de transmisión de ejemplos y modelos de vida y, a veces, todo lo de alrededor lo difumina, le resta pureza y, en ocasiones, llega a pervertirlo.

CON LOS MEJORES

Estella jugó al lado de los mejores, con Maradona o Schuster, por ejemplo. Estuvo a punto de jugar un Mundial porque hubo años en que era titular indiscutible en el Barcelona, pero solía alejarse de los focos y no era mediático. Incluso se comenta que había presiones para que otros jugaran, pero eso a él le da igual porque sitúa siempre a las personas por encima de los personajes y sus circunstancias.
Subraya que en los clubes hay gente que nunca aparece en las fotos y que son muy importantes en la cohesión de un vestuario y en hacer sentir bien a los que van llegando. «Sin ellos nada sería lo mismo, pero eso solamente lo sabemos los que estamos dentro», agrega.
La elegancia de Estella no parte de aquellos pantalones de cuero que recuerda Luismi, ni de la colonia cara que llevaba. Tal vez su elegancia consiste en no sentirse más que nadie pese a todo lo que logró, que fue mucho. No jugó una final de la Recopa con el Barça por un golpe de mala suerte, la misma suerte que tuvo al hacer en Sevilla el denominado allí como «gol del siglo». Fue poco antes de retirarse, se regateó a medio equipo rival (el Osasuna) y entró con el balón en la portería, depositándolo con educación. Casi ni lo celebró por respeto al rival (demasiados regates) y cuando miró hacia arriba solo veía las gradas llenas de pañuelos.
Lo más grande es que tras acabar esa temporada pidió rescindir el contrato porque consideraba una falta de respeto a sus compañeros llegar los viernes para entrenarse solo un par de días y después de haber estado todo la semana en Barcelona cuidando de su padre enfermo. A Estella no le gusta contarlo porque él no hace las cosas para que se sepan, las hace porque están bien. Una filosofía de vida muy similar a la del reciente jugador del Pucela Álex Pérez, quien se infiltraba para jugar y me prohibía contarlo. «Estas cosas no se hacen para contarlas, se hacen porque hay que hacerlas», comentaba Álex al final de la temporada 2016/17. También Estella tuvo que infiltrase varias veces y, en ocasiones, jugó sin sentir su pierna buena pero tampoco lo decía. He conocido a jugadores (hablo por mi) que se hacían los lesionados por no arriesgar un futuro contrato, por eso los escogidos en esta serie de cincuenta son tipos de la pasta de Juanjo Estella. Derecho de admisión, lo llaman.
Y eso que su paso por Valladolid fue muy silencioso, pese a que jugó más de 30 partidos, algunos históricos. Por ejemplo, dio las dos asistencias en los goles al Valencia de una semifinal de Copa y junto a Serrat fue el único titular que viajó a aquel famoso partido ante el Espanyol en Sarriá, donde el Valladolid jugó con juveniles (algunos insultantemente jóvenes, como Pablo Gila o Lorenzo) y ni se conocían entre ellos. Tras pedirse a veces el balón por el número de la camiseta, aquel equipo improvisado ganó 1-2, pero Estella recuerda «el mal trago» de sus rivales españolistas ante las protestas de su propio público. Estella estaba siempre en los malos momentos. Otro ejemplo, cuando regresó a Valladolid, siendo ya titular del Barça, lo primero que hizo fue ir a ver a su casa a Juanjo Aragón, quien se recuperaba de su segunda operación de rodilla. Esto lo cuenta el convaleciente, no quien tuvo el gesto.

Esa empatía y entrega a los demás surgen cuando el deporte no va solamente de ganar, porque solo gana uno, sino cuando se «transita» por la competición de la vida con elegancia, sencillez y bonhomía. En estos casos uno deja su impronta, pero no es por la colonia cara o los pantalones de cuero. Esa impronta es la de un ser humano que pasa por un sitio durante un rato (solo una temporada) y todo el mundo le recuerda como «El dandy». Mientras tanto, él evoca las ensaladillas de Valladolid porque, tal y como precisa con cierta insistencia, en los pequeños detalles está la felicidad.

Esto es solo un boceto pero acabemos imaginando a Juanjo Estella frente a la ensaladilla de la cafetería Dallas. Fue un trauma decirle que ya no existía…

Estella, tercero por la izquierda, el día de la boda de Gilé
Hace unas semanas, con los exblanquivioleta Ramón Calderé y Puig Solsona

Pérez García, el sótano de Tercera y 99 de un tirón

Llacer, Sanz, Docal, Pérez García, Segura, Berriozábal, Astrain, Lorenzo, Álvarez, Lizarralde y Endériz.
Salvi, Docal y Pérez García, defensa del año en Tercera y que jugó varios años en Segunda.

José Anselmo Moreno

A veces hay que ponerle color a lo que ha quedado en blanco y negro. En este contexto, me acordé de Pepe Pérez García. Es un madrileño y de una época en que no solían quedarse los jugadores a orillas del Pisuerga, pero él se asentó aquí para siempre. Tras dejar Valladolid jugó dos años más en el Real Murcia y después se planteó junto al sevillano José María Mellado (otro que echó raices) montar una tienda de material deportivo aunque Pérez García sacó el título de entrenador y se decidió finalmente por los banquillos. Pepe le cogió cariño al Paseo de Zorrilla y a la zona del viejo estadio, tanto que lleva casi cincuenta años viviendo en Las Mercedes. Emparentó con la sobrina del propietario de la cafetería Dallas, próxima a su casa, y gracias a Candy (su mujer) es hoy un pucelano más aunque en verano del 71 cogió su maleta y se fue directo a la estación para regresar a casa. Fue un repentino enfado, no le dejaban fichar por el Zaragoza en Primera ni le subían el contrato aquí. Se arrepintió, se dio la vuelta y hasta hoy. Jugó 99 partidos consecutivos de blanquivioleta. No hay jugador de campo que se le acerque. Posiblemente sea una marca insuperable, salvo para un portero.


Sobre aquel Valladolid de los setenta que él vivió, Pepe ve cosas muy diferentes. «Antes la gente iba andando por el Paseo Zorrilla, ahora va más público al campo, pero todo es distinto. En mis tiempos quedábamos doce compañeros para comer en mi casa, ahora ser solo profesional ha sustituido a esa amistad». En opinión de Pérez García, el Viejo Zorrilla era muy acogedor y, además, subraya que se llenaba con bastante frecuencia. «Recuerdo un partido de juveniles disputado ahí con un millón de pesetas de taquilla, el campo estaba lleno, me dijeron que aquella taquilla fue récord del mundo entonces para un equipo juvenil».

UN ZURDO FORJADO ANTE UNA PARED

Se da la circunstancia de que Pepe jugó de lateral izquierdo siendo diestro y que se acostumbró tanto a ese perfil que ya lo hacia mal en la derecha; «Todo empezó con las pruebas en el Atlético de Madrid, me preguntaron de qué jugaba y dije «de todo» asi que me pusieron donde hacia falta más gente. En juveniles no tenía dominio de la izquierda y tenía que recortar para centrar así que «me dediqué a ensayar contra una pared y a pegarle de zurda, La pared es la mejor profesora porque te devuelve el balón según le pegas y con horas y horas adquieres un dominio que no consigues de otro modo».

Ya como lateral zurdo cerrado, Pepe se fue del Atlético porque pese a entrenarse con el primer equipo, y destacar, allí estaba Isacio Calleja que era «una roca» y jugaba siempre, de modo que aceptó una oferta del Valladolid cuando militaba en Segunda, Firmó el contrato, quiso que fuera solo un año pero se dio la circunstancia de que el Pucela perdió los últimos ocho partidos de liga y se fue a Tercera, Asi las cosas, Pérez García había fichado sin saberlo por un equipo de Tercera División porque entonces no había Segunda B. Recuerda esa época como algo aleccionador. Subieron 14 del Europa Delicias y estábamos seis o siete del primer equipo pero los que subieron eran jugadorazos. El equipo se regeneró en Tercera.

De todos sus compañeros de entonces destaca a Julio Cardeñosa y a Lorenzo. De aquellos tiempos hay muchas historias pero recuerda una especialmente dolorosa en un partido disputado en Villarreal. Se rompió dos costillas en una salida de Joseba Aramayo. Pepe protegía a su portero para que atrapase el balón pero en ese momento un contrario le metió la rodilla en un costado y después chocó contra una valla. «Sentí que me habían seccionado por la mitad», recuerda. Apenas podía respirar pero en lugar de venir en ambulancia llegó a Valladolid como pudo, recostado en el asiento trasero del coche del presidente. Era el fútbol a la heroica, el de entonces. Cuesta imaginarlo en estos tiempos.

Fútbol modesto y de anécdotas curiosas, como la que protagonizaron dos vallisoletanos del mismo barrio pero rivales en un partido Racing de Santander-Real Valladolid. La cuenta el cronista Javier González, presente en la conversación con Pérez García, quien también la recuerda perfectamente. Eran Geñupi y Lorenzo, tras un lance de un partido jugado en El Sardinero, éste le dio una patada al central del Racing en el trasero cuando ya se iba. El arbitro tiró inmediatamente de tarjeta roja hasta que Geñupi le dijo: «No le expulse, por favor, que somos amigos y solo ha sido una broma». Cosas de entonces. Hoy entraría el VAr con sus veinte repeticiones y la tarjeta roja sería innegociable.

Volviendo al año de Tercera, Pérez García recuerda que era una categoría con buenos equipos. «Había clubes de pueblos pero también historicos en Primera División. Conseguimos ascender el Tenerife y nosotros, como segundos en nuestro grupo». Relata que el penúltimo partido fue en Pamplona y entonces la rivalidad con Osasuna era terrible. «Allí perdimos, así que teníamos que ganar el último día en casa si ganaba Osasuna. Recibíamos al Tudelano, les ganamos y nos enteramos del ascenso en el vestuario porque el Osasuna había empatado. Fue una fiesta, más que algún ascenso a Primera».

El último servicio al club de Pérez García fue ya retirado en un partido amistoso en México con motivo del 150 aniversario de la fundación de la ciudad de Morelia, que está hermanda con Valladolid. Allí el portero suplente era el hijo del presidente, Gonzalo Alonso, porque hicieron un combinado de jugadores y con bajas de última hora no había gente suficiente. Además, jugando en altura nada más llegar, algunos se asfixiaban y se retiraron. Así las cosas Pepe, que ya había dejado el fútbol pero que seguía siendo incansable, tuvo que jugar todo el partido que acabó con empate a cero. «Estábamos representando a Valladolid y había que mantener el tipo», dice.

Esa fue su última aparición en un campo como futbolista, en el partido a mayor altura que ha jugado en su historia el Real Valladolid. Un equipo al que los agentes atmosféricos le han dado la espalda no pocas veces. Recordamos durante la charla lo sucedido en el debut europeo en Rijeka. Soplaba un viento tan brutal que no se podía ni avanzar con el balón y cuando el Pucela salió en la segunda parte con la orden de disparar desde cualquier parte con viento a favor, Eolo había girado y otra vez se volvió a jugar contra el vendaval. Esta historia es vieja, la cuenta Pepe y también Fernando Redondo, entrenador aquel día.

ENTRENADOR EN PRIMERA

Como técnico en el Real Valladolid, Pérez García formó tándem con su amigo Antonio Santos al terminar la temporada 86/87. Azkargorta presentó su dimisión tras la liga regular pero había un play off que nunca más se llegó a jugar. «Estábamos Santos y yo paseando por el centro, justo delante de Miguelo, la tienda de presidente, y él mismo nos dijo que teníamos que ir inmediatamente al club porque éramos los nuevos entrenadores».

Recuerda que el equipo estaba hundido, Moré se había lesionado en una rodilla tras un choque con Rubén Bilbao en el Calderón y, sin centrales disponibles, tuvo que jugar mucha gente del equipo filial pero se hicieron «buenos resultados».
Como entrenador del juvenil y del Promesas han pasdo poo sus manos jugadores de muchisimca calidad que han llegado muy lejos en el fútbol, Desde Amavisca a César Sánchez o ese Promesas de los Iñaki, Piti, Pereira, Pablo, Abril o César Esteban en el que debutaron todos en Primera con Maturana. «Pacho me pedía a un jugador de unas características determinadas, le subía al primer equipo esa semana y al domingo siguiente ya le ponía de titular. Era un hombre atrevido y muy organizado en el trabajo, siempre escuchaba a la gente pero no tuvo suerte en su último año aqui», lamenta Pepe.

Con el Promesas, Pérez García consiguió el ascenso a Segunda División B por primera vez en la historia, Fue en Burela (Lugo) en un estadio que estaba al lado del mar y cuando el balón salia del campo había un señor en una barca para recogerlo. Recuerda que Pedro Peña marcó el gol de aquel memorable ascenso.

Además de en Valladolid, Pérez García entrenó a equipos como el Racing de Ferrol (allí consolidó a Luis César en la portería), el Palencia en Segunda y equipos de Segunda B como el Mensajero y el Langreo. Ahora, a sus 71 años, mata el gusanilo entrenando a chavales a fútbol sala y ve pasar el fútbol de elite desde la televisión, colaborando en un periódico y participando también en tertulias radiofónicas. Hace unos meses perdió a Ángel, el quinto de seis hermanos y exjugador del Real Madrid, mundialmente famoso por su marcaje a Kevin Keagan. Pepe estaba de viaje en Turquía cuando falleció Ángel, de quien todo el madridismo destacó su bonhomia, su solidaridad y sus gestos de persona íntegra. Idénticos valores tiene Pepe Pérez García, de modo que deben ser de familia e inculcados por unos padres que tuvieron tiempo de educar a una prole muy numerosa además de atender una carnicería. De allí escapaban los Pérez García para dar patadas a un balón. Tres de ellos acabaron siendo futbolistas y uno de ellos, Pepe, entrenándose contra una pared horas y horas para que su pierna dominante fuera la izquierda. Lo consiguió en un solo verano. Eso que algunos futbolistas actuales no logran en toda una carrera. Es la cultura del sacrificio. No hay más.

Pérez García en la actualidad
Llacer, Salvi, Docal, Pérez García, Nozal, Enderiz, Astrain Lorenzo, Álvarez, Lizarralde y Cardeñosa.

Marcos, nadie jugó tantos como «el gordo»

Junto a Santamaría, Harold Lozano y Víctor
Con Víctor en el ascenso de 2007, foto favorita de Marcos
Con una camiseta de apoyo a Marcos Fernández durante su enfermedad
En Tenerife, tras el ascenso de 2007, su mejor recuerdo deportivo

José Anselmo Moreno

Aunque antes de venir ya era conocido por un marcaje a Stoichkov jugando con la camiseta del Real Madrid, Alberto Marcos entró en la leyenda del club de su vida, el Real Valladolid al ostentar el récord de encuentros oficiales con la camiseta blanquivioleta.

El lateral izquierdo ya se convirtió en 2008 en el jugador que más partidos de Liga (Primera y Segunda) había disputado con la camiseta del club al superar los 375 encuentros pero ni siquiera estaba pendiente de ello. Su compañero y amigo Víctor Manuel Fernández, si lo estaba de su posible marca y sabia que le faltaban dos goles para batir el registro goleador de Alen Peternac como máximo goleador de la historia del Valladolid en Primera. Marcos iba camino de ser un mito y no siquiera le preocupaba llegar o no. Solo pensaba en ganar el próximo partido

Y así, como sin querer, por inercia, Alberto Marcos Rey se convirtió en el jugador del Valladolid con mayor número de partidos en Primera División superando primero a Luis Mariano Minguela, con 341 partidos y también superó a Pepe Moré con 448 encuentros oficiales.

El jugador madrileño ha disputado con la camiseta morada 414 partidos de Liga, 29 de Copa del Rey y cuatro de la Copa de la UEFA, dos ante el Skonto de Riga y otros dos ante el Spartak de Moscú. «El Valladolid es mi club de alma y son muchos sentimientos a lo largo de los catorce años que jugué. Aunque haya jugado en otros equipos a mi lo que más me ha quedado es el Valladolid», subraya.

«Es un motivo de orgullo haber podido contribuir a la historia del Valladolid. Lo hizo como jugador y también como director deportivo pues con él al frente el equipo logró un ascenso y una permanencia de la mano de Miroslav Djukic.

No obstante, para Marcos lo mejor del fútbol está en la etapa de jugador. A su juicio, lo mejor de sus años de futbolista fue el ascenso a Primera División de la campaña 2006/2007. «Fui uno de los jugadores que estaba en la plantilla cuando el equipo descendió en 2004 y para mí era importante volver a Primera. Fue una gran ilusión», recuerda. Sobre los entrenadores que ha tenido asegura que «cada entrenador ha aportado lo suyo, vivimos una etapa muy bonita con José Luis Mendilibar pero a mí me dio la oportunidad de debutar Rafa Benítez y también le tengo que agradecer mucho y también Cantatore hizo aquí una labor impresionante».

Alberto Marcos Rey (Madrid, 15-02-1974) arribó a Valladolid en el verano de 1995. Llegaba para cubrir una demarcación, la de lateral izquierdo, que en la temporada anterior habían ocupado con distinta suerte Juan Carlos Cidoncha, Santi Cuesta y Luis Miguel Martín, pero desde entonces fue sólo suya, casi hasta su retirada

Procedente del Real Madrid, Marcos llegó a la capital del Pisuerga junto al también defensa José Luis Santamaría y el centrocampista Fernando Sánchez Cipitria. Dos años después de su fichaje, Alberto Marcos formaría parte del recordado Europucela, aquella plantilla que alcanzó la clasificación para disputar la Copa de la UEFA de la mano del técnico chileno Vicente Cantatore en la temporada 96/97.

NUNCA SE FUE

Algunos de sus compañeros entonces, José Antonio García Calvo y Víctor Fernández, dejaron el equipo de Zorrilla para regresar años más tarde. Marcos se quedó y, tal vez por eso, da la sensación de que siempre ha estado aquí. El registro de perdurabilidad de Marcos hasta los casi 36 años es difícil de superar porque jugó casi siempre y de forma casi nunca interrumpida. Marcos es un superviviente. Fue el gran capitán en momento duros, con compañeros que no siempre se implicaron, como en el año del descenso en 2010. Ese año forjó su leyenda no solo por el récord de partidos sino porque, además, hubo de ponerse a los mandos de un vestuario de lo más heterogéneo. Era y es un hombre de club, está para lo que haga falta y lo asume.

Le llamaban gordo porque primer año llegó a la pretemporada con casi diez kilos más de su peso. Le dijo a Aramayo que la báscula estaba estropeada, pero no. Cuando se puso a tono ya fue titular indiscutible casi todas las temporadas aunque una de ellas tuvo competencias duras, entre ellas de un jugador que a mi me gustaba y del que poca gente se acuerda, Gonzalo Vicente. También Gabriel Heinze e incluso tuvo un año la competencia de un jugador que pasó a ser importante con el tiempo, como Yuri Berchiche aunque Marcos recuerda que «el chaval se presionaba mucho cuando era joven y después aprendió a soltarse».


Cuenta Alberto Marcos que la temporada 2009/10 fue muy complicada, ahí tuvo que tirar de galones e intentar poner orden en un vestuario muy difícil. «Una vez que soy capitán y llevo tiempo aquí mi única obsesión era que el Valladolid creciera y yo con el Pucela. De hecho tuve ofertas de Primera (Betis, Espanyol, Mallorca Zaragoza) cuando el equipo descendió dije al que presidente que no quería irme, que mi obsesión era volver a subir al Valladolid.
Recuerda junto a Chema, Turiel y Víctor la época del Europucela, una plantilla comandada por Cantatore donde coincidieron jugadores como Peternac, Edu, Víctor. César, Peña, Torres… en su mejores años de rendimiento.
En aquel sistema de juego eran claves Javi Torres y Marcos «Ahora se dice que un jugador corre determinados kilómetros pero nosotros perdíamos en aquella época un montón de peso en cada partido, llegabas a un lado y a otro». También Marcos destaca el ambiente del vestuario, jugadores que estaban juntos fuera del fútbol porque se sentían agusto.

DOS ÉPOCAS 

Recuerda otras épocas y a dos entrenadores. Una la etapa de Mendilibar cuando el equipo se convirtió en invencible. Una vez estaba dando una charla en el vestuario para mentalizar al equipo antes de un partido y sus compañeros se reían de lo que decía. Llegó un momento en que pidió explicaciones de las risas y le dijeron «vete por ahí abuelo si vamos a ganar igual». Efectivamente aquel equipo se veía invencible. Ganaba por pura inercia.
En contraposición a eso recuerda la época de Clemente y quita mérito al técnico en la especular recta final de la temporada 2009/10. Más que mérito del entrenador, que no nos conocía bien, fue de la plantilla que se unió y tiramos todos del carro, la reacción hubiera llegado con cualquier entrenador porque el fútbol es más de los futbolistas casi siempre.

Su récord de partidos no peligra a corto plazo porque el suyo era el fútbol de antes. Ahora no hay jugadores que estén tantos años en el un club. Una de la fotos que acompañan a este texto, la de Marcos llorando en Tenerife, tiene una historia. Aquella semana tuvo que ir a un juicio a Madrid y no pudo entrenar el miércoles así que Mendilibar puso a Gonzalo Vicente de titular. La casualidad hizo que el argentino se lesionara y tuviera que salir Marcos, quien tenía un disgusto enorme por no poder jugar ese partido histórico. Al hacerse el cambio, Vicente le dice a Marcos: «Te lo mereces, gordo». Según Marcos, ese era el secreto de aquel equipo, «los que competíamos por un mismo puesto éramos los mejores amigos».

Para Alberto Marcos, lo de aquel grupo y el Europucela fue absolutamente mágico, los mejores ambientes que vivió nunca en el fútbol. Ahora, desde los despachos, le toca a él propiciar esa magia.

En un partido de veteranos
Celebrando un gol de Víctor
Separando lo inseparable, Víctor y Marcos durante la entrevista

Cantero, Falagán, Jandri y los profetas en tierra extraña

Falagán actualmente y en la campaña 95/96
Cantero y Falagán con veteranos del Pucela


José Anselmo Moreno

Más de 200 futbolistas que han militado en el fútbol profesional han nacido en Valladolid, según el banco de datos BD Fútbol que incluye sorpresas como el exjugador de la selección suiza Adolf Mengotti, el internacional bosnio Elvir Koljic, delantero de 24 años que milita en el Universidad de Craiova rumano, y el joven extremo aleman Simon Stehle, actualmene en el Hanover. Sin arraigo alguno, nacieron en Valladolid y se formaron en sus respectivos países. Los dos últimos son jóvenes y están en activo.


Ya en España, muchos vallisoletanos no fueron profetas en su tierra y sí lo fueron en tierra extraña. Para empezar, no es extraña Galicia para Nacho Cantero, hijo del exguardameta del Real Valladolid José Antonio Cantero, quien lo fue también del Celta. Precisamente en el Celta hizo carrera su hijo Nacho, que a sus 51 años reside en Vigo aunque tambien jugó en el Hércules, el Castellón y el Nastic de Tarragona. En el Celta jugó medio centenar de partidos en Primera División (le hubiera gustado hacerlo en el Valladolid) y en febrero de 1990 se midió en Balaídos al equipo en cuya cantera se había criado desde niño. Nunca debutó con el primer equipo, llegó hasta el Promesas y, para su desgracia, nunca jugó en Zorrilla por una anécdota muy curiosa que relata con cierta frustración. «Era la temporada 89/90, el partido Valladolid-Celta iba 0-0 y Novoa me mandó calentar rápido porque iba a salir a mantener un punto que en aquel momento era vital para nosotros. Terminé de calentar, me acerqué al banquillo, me quité la ropa de calentamiento y estaba a punto de salir cuando pitaron un penalti a nuestro favor que transformó Nilson, quien luego jugaría en el Valladolid. Yo era defensa, pensé que si con 0-0 iba a entrar con 0-1 más todavía y tenía una ilusión tremenda por jugar en Zorrilla, pero no sé qué pasó por la cabeza de Novoa que paró ese cambio y nos mandó calentar a todo el banquillo. Al final acabó el partido y yo no salí, con muchos amigos y familiares en el campo esperando verme».


Además de casos muy conocidos como el del Internacional español Sergio Escudero o el de Iván Alejo hay otros muchos ejemplos de vallisoletanos que nunca jugaron con el primer equipo del Valladolid pero sí llegaron a la elite. Uno de ellos es Francisco Javier Falagán, un exguardameta pucelano de pura cepa que acaba de cumplir los 50 años y que nunca jugó en Valladolid pero sí en el Getafe, Sevilla, Compostela, Mérida y, con su amigo Nacho Cantero, también en el Hércules. Falagán fue el portero titular de aquel Compostela de Fernando Vázquez que soprendió en Primera División alcanzando posiciones europeas con jugadores modestos pero de gran rendimiento como Fabiano, Ohen, Jose Ramón y Passi. En el caso de Falagán sí llegó a debutar en Zorrilla enfrentándose a su Real Valladolid. Fue un 16 de septiembre de 1995 e hizo un partidazo soberbio propiciando un 0-0 ante aquel Pucela permeable pero siempre muy ofensivo de Rafa Benítez. Falagán es ahora entrenador de porteros en el Guangzhou de China.

Otro portero vallisoletano (natural de Peñafiel) nunca jugó en el Valladolid y llegó al fútbol profesional con el Palencia directamente desde el Villa Ángeles de la mano de Pérez García, se trata de Luis Tapias. Su carrera fue mucho más modesta aunque, tras retirarse del fútbol, sí formó parte del cuadro técnico del Real Valladolid como preparador de porteros, puliendo a Jacobo y, sobre todo, a Sergio Asenjo.

JANDRI, EL CAÑONERO DE LAGUNA

Otro pucelano de esos que jugaron en Primera División con una camiseta distinta a la del Valladolid fue Jandri Arenales. Natural de Laguna de Duero, este lateral zurdo de potentísimo disparo fue leyenda en la Unión Deportiva Salamanca que subió de Segunda B a Primera en solo dos años. Más tarde jugó en el Osasuna, el Almería y el Lugo. Actualmente vive en Plasencia (Cáceres), en cuyo equipo tambien jugó militando en Segunda B.

Santi Sedano llegó al fútbol profesional jugando con el Jerez y el Poli Egido en Segunda División. En tierras vallisoletanas no pasó de la Gimnástica Medinense y de la Tercera División, categoría en la que ahora entrena al Tordesillas. Otro vallisoletano, Miguel Bercianos, tampoco jugó nunca con el primer equipo del Real Valladolid pero sí lo hizo en la Ponferradina y con el Mensajero en Segunda.

Mucho más lejano en el tiempo, el defensa pucelano Geñupi triunfó en Primera División con el Racing de Santander y nunca jugó en el equipo de su tierra. Fue el mismo caso de los hermanos Llorente, Paco y Julio.

Probablemente los próximos vallisoletanos que debuten en la élite sin haberlo hecho en el Real Valladolid sean Adrián Ferreras, joven jugador de la cantera del Atlético de Madrid, hijo del exjugador zamorano del Pucela Víctor Ferreras, y Aleksandar Isailovic, ariete de 18 años actualmete en el Benfica portugués.

VALBUENA, CHOYA Y LA FAMILIA

Un caso curioso es el del francés Mathieu Valbuena, integrante de una familia radicada en Laguna de Duero, aunque su padre (Carlos) emigró a Francia con solo tres años y allí nació Mathieu. Carlos Valbuena aún viene cada verano a disfrutar una parte de sus vacaciones en Laguna y de pequeño venía también su hijo, que se lo pasaba “en grande” con sus primos en el pueblo, entonces mucho más pequeño. Uno de esos primos es Dani, que actualmente reside en Herrera, y recuerda que a Mathieu le gustaba muchísimo venir a Valladolid. Asi fue cada año de su vida hasta que se hizo profesional del fútbol e internacional por Francia, llamando la atención de media Europa con su escaso 1,68 pleno de viveza y velocidad. Obviamente nunca se ha enfrentado al Real Valladolid pero sí a la selección española de Vicente Del Bosque, partido al que acudieron invitados por él todos sus primos de Laguna.


También va de primos pucelanos el caso de Juan Antonio Choya (Sevilla, 20-1-1960), parte integrante de un Sevilla dirigido por Miguel Muñoz a principios de los 80 y cuyo centro del campo era invariablemente el compuesto por Choya, Juan Carlos y Yiyi. Su hermano Jesús tambien jugó varias temporadas en el equipo hispalense. En el caso del mayor de los Choya lo primero que hizo cuando salió a calentar en su debut en el viejo Zorrila con la camiseta del Sevilla (temporada 80/81) fue acercarse al fondo sur a saludar a su familia vallisoletana. Entre sus primos había uno que también fue futbolista, el exdelantero del Racing de Santander José Ramón Choya, un vallisoletano (este sí, de cuna) que tampoco llegó a jugar nunca de blanquivioleta.

MUCHOS QUE SÍ

Sería casi interminable enumerar a los vallisoletanos que sí jugaron en el Real Valladolid. Naturalmente son la inmensa mayoría. Desde Eusebio hasta Benjamín, desde Coque a Cardeñosa, desde Fonseca a Rubén Baraja, todos ellos internacionales pero también Luismi Gail, Cuaresma, Onésimo, Sánchez Valles, Patri, Borja Lara, Duque… o los más recientes Calero y Miguel, boecillano y tudelano respectivamente.

No han sido muchos los jugadores profesionales que se escaparon de aquí y triunfaron en otros lares habiendo nacido en Valladolid o su provincia, pero sí hay historias, como alguna de las relatadas más arriba, con estrechos lazos familiares, o incluso los dos jugadores vallisoletanos ya referidos: Koljic (de nacionalidad bosnia) y Simon Stehle (alemán). Estos dos futbolistas son jóvenes y aún están a tiempo de vestir la camiseta del equipo en cuya ciudad vieron la luz. Muy improbable pero no del todo imposible.

Jandri Arenales en la actualidad
Cantero, a la izquierda, junto a Pereira

Peña, el extranjero con más temporadas en Pucela

De izquierda a derecha, Edu, Gutiérrez, Santamaría, Fernando, César Sánchez, Peña, Quevedo, Soto, Javi Torres, Peternac y Víctor.
Con su excompañero Óscar Sánchez
Durante su etapa en Valladolid junto a Ricardo

José Anselmo Moreno

Juan Manuel Peña llegó un frío enero a Valladolid junto a Ivan Campo y a Marco Antonio Sandy para intentar coser las costuras de un equipo que defensivamente se deshilachaba. Su primer partido en Valladolid a caballo, entre la etapa de Rafa Benitez y la de Cantatore, lo jugó de medio centro para después ser el jefe de la defensa durante muchas temporadas hasta que fichó por el Vllarreal. Aún hoy es el extranjero que más temporadas ha jugado en el Real Valladolid, un total de nueve desde el referido enero del año 1996 a junio del 2004. Hoy sigue vinculado al fútbol, ya que es agente y empresario.
En su contrato figuraba una cláusula alta y eso hizo que se quedase tantos años pero «no me importó», asegura el boliviano de Santa Cruz de la Sierra, donde vive actualmente, aunque en verano se viene a Benicasim, donde aprovechó su etapa en el Villarreal para comprar una casa.

NUEVE TEMPORADAS

Peña jugó 250 partidos en Liga con la blanquivioleta en Primera División y cuatro encuentro de la Copa de la UEFA. Llegó con 22 años recién cuplidos y ya era internacional con Bolivia donde llamó la atención por su velocidad y su salida de balón. Se marchó a Villarreal con 31 años la temporada de Fernando Vázquez tras la que el Valladolid descendió a Segunda.
Juan Manuel Peña es un Capricornio que nació el 17 de enero del 1973 y que comenzó a jugar al fútbol con 9 años en la Academia Tahuichi y después fichó por el Blooming, con el que debutó en 1990. Jugaba entonces como lateral derecho y despues pasó al centro de la defensa en el Independiente de Santa Fe de Colombia, club por el que fichó en 1993 y donde jugó hasta diciembre de 1995, antes de venir a Valladolid.
Peña recuerda que el Atlético de Madrid pretendía su fichaje pero al final vino a Valladolid a cambio de poco mas de un millón de dólares. «Había jugado con la selección la Copa América de Uruguay, la de 1995, y me había visto jugar Jesús Gil así que en diciembre tenía que haber ido al Atlético, pero a última hora decidieron fichar a un jugador con más experiencia». Para nada Juanma lamenta no haber ido finalmente al Atlético porque eso hubiera impedido su «gran experiencia» en Pucela.

«Yo veía más partidos de la Liga italiana y cuando llegué no sabía nada del Valladolid, solamente le pregunté a mi representante si estaba en Primera», evoca.
Aquella primera temporada jugó un total de 18 encuentros y el Pucela logró una permanencia quasi milagrosa. Venía del verano colombiano y el frío de Valadolid al principio le impactó pero el gran ambiente del vestuario le ayudó a integrarse. Para él, ser el extranjero con más temporadas en la historia del club es «un orgullo».
Con el Villarreal jugó una semifinal de la Champions y en 2007, ya veterano fichó por el Celta para retirarse en 2009. Sin embargo, decidida su retirada le llamaron del DC United de la liga de Estados Unidos y allí jugó dos temporadas para retirarse de forma definitiva en 2011. en su currículo también queda que fue internacional absoluto con Bolivia y jugó el Mundial de 1994

AHORA REPRESENTANTE Y FORMADOR

Tras su retirada se dedicó a la representación de jugadores: «Empecé hace ocho años con futbolistas muy jóvenes y ahora ya tenemos algunos en la selección y en el extranjero». Tambien tiene una escuela de fútbol para niños de entre 5 y 17 años. Formar futbolistas con «nivel europeo» en las afueras de Santa Cruz es ahora su pasión. La JMP Soccer School es su tercer proyecto tras la retirada. Primero se dedicó a invertir en el sector inmobiliario y a representar a jugadores.
Actuamente, asegura que su academia acoge diariamente a unos 250 alumnos. «Es como una pequeña aldea en la que solo se respira fútbol por todas partes».

Peña, ya con 47 años, fue uno de los protagonistas de los episodios más importantes de la historia del fútbol boliviano, la referida clasificación al Mundial de 1994 en Estados Unidos. También jugó la final de la Copa América de 1997 ante Brasil e integró el equipo que goleó por 6-1 a la Argentina del «megacrack» Lionel Messi en 2009. Sin embargo, el actual dueño del Real Valladolid, Ronaldo Nazário, dice que fue el delantero «más difícil» al que le tocó marcar y eso que Peña era muy rápido. Esos marcajes al mejor Ronaldo fueron durante su etapa en Pucela.

UNIDO A VALLADOLID

Al igual que sucede con Walter Lozano, una parte de su famila vive en la capital vallisoletana, concretamente su hermana, asi que además de arraigo tiene en Pucela a su hermana y a sus sobrinos vallisoletanos. Un hijo de Juanma Peña también nació aquí.

El boliviano jugó en el centro de la zaga (casi siempre con tres centrales) con futbolistas de la talla de García Calvo, Julio César, Santamaría, Iván Campo, Gutierrez, Mikel Antia o Pablo Paz entre otros muchos a lo largo de sus nueve temporadas en Pucela en las que tuvo como técnicos a Cantatore, Kresic, Manzano, Pancho Ferraro, Moré y Fernando Vázquez. Sólo marcó un gol en sus catorce temporadas en España y fue con el Villarreal. Lo suyo era evitarlos.

«En Valladolid estuve muy bien desde el primer día, con un vestuario liderado por el capi Juan Carlos y los que llevaban adelante el grupo, los que hacían que el ambiente fuera bueno y que los jóvenes nos adaptáramos rápido y bien, esa fue una de las claves de nuestro buen rendimiento», recalca Juanma Peña desde Bolivia.»Teníamos también la Casa Vasca, allí nos llevaba Aramayo y allí solucionábamos nuestros problemas. Tampoco olvido las discusiones de Paco Santamaría con el conductor del autobús cuando llegábamos a una ciudad y se perdía. Éramos como una familia, yo sigo manteniendo contacto con mis excompañeros, mi etapa allí fue muy enriquecedora, deportiva y personalmente hablando». agrega.


Ironiza sobre la gastronomía castellana con cierta nostalgia. «Allí aprendí de café y de vinos y también tengo amigos en restaurantes que me enseñaron a valorar un buen lechazo cosa que les agradezco mucho».
Peña recuerda una anécdota cuando  estaba en un Villarreal, donde los ídolos eran Forlan y Riquelme. «Nos tocó jugar Copa del Rey en Valladolid y yo estaba lesionado pero viajé. Fuimos a un hotel del Paseo Zorrilla y cuando fuimos bajando a firmar autógrafos todos los chavales se venían hacia a mi y el delegado del Villarreal me dio «Indio, me doy cuenta de que aquí eres el puto amo».


Cuando dejó el fútbol estuvo unos meses parado porque acabó «muy cansado», pero tenía el título de entrenador y en Bolivia empezaron a pedirle colaboración en la formación de jugadores y tareas de representación. Ahora está volcado en la referida escuela de fútbol. Es su vida y allí deja diariamente su sello de valores, no solo futbolísticos sino también personales.

Nunca marcó con el Pucela pero sí celebró muchos goles como el de esta imagen
Disputando un balón a Julio Baptista

Bebic, el gigante de la indumentaria color lagarto

El guardameta serbio en la actualidad
Bebic en la temporada 78/79
Bebic, Aparicio, Santos, Moré, Toño, Gail, Andrés Ramírez, Jacquet, Jorge, Sánchez Valles y José Ramírez
Bebic, Laguna, Santos, S. Valles, Jacquet, Toño, Moré, Jorge, Veckic, Rusky y Morera

José Anselmo Moreno

Tres de los bigotes inolvidables en el Real Valladolid de los 70 y 80 son de Pepe Moré, Juan Ramón Docal o Radoslav «Tito» Bebic. Este último solo estuvo dos temporadas en Pucela, pero en tan poco tiempo dejó una huella imborrable para los chavales que vivían su adolescencia a principios de los ochenta. Se le había perdido la pista pero ya apareció, vive feliz en Novi Sad (Serbia) y no hace mucho estuvo en Oviedo en un torneo de juveniles, representando a uno de ellos. Le sigue gustando vestir de amarillo, un color que tradicionalmente está asociado a la mala suerte y que algunos compañeros de su etapa en el Valladolid ni siquiera pronunciaban, «color lagarto» le decían a la camiseta que solía lucir el guardameta balcánico. Según me cuenta Llacer, es el mejor portero que ha visto nunca entrenando. Cuando vio sus maneras durante los primeros entrenamientos de pretemporada se dijo a sí mismo: «este año no tengo nada que hacer».


Bebic tiene historia en España más allá del Valladolid. Tras dejar el fútbol, puso una librería en Reus, donde continúa viviendo su exmujer (Pilar), su hija (Miriam) y dos nietos (Gerard y Gemma). También colaboró en la gestión de un club de tenis y a partir de 1989 ha trabajado como intermediario de futbolistas llevando jugadores a todas las partes del mundo. «Nadie quería ir a Rusia en 1997, por ejemplo, pero abrí un mercado de jugadores serbios y bosnios que hoy sigue siendo fructífero», dice el exguadameta que está deseando contactar con compañeros de su etapa en Pucela.
«No sé si me reconocerían porque me he afeitado el bigote, pero me gustaría volver a pasear por Valladolid y que alguien todavía se acodara de mi», subraya Bebic que envidia lo que le sucedió un día a su excompañero Juanjo Estella, quien después de muchos años sin pisar Pucela y paseando por la calle Santiago hubo personas que le reconocían, entre ellos un tal Jorge Enrique Alonso Mantilla, que fue compañero de ambos en aquella inolvidable temporada de la casi final de Copa y el casi ascenso. 
Actualmente, Bebic continúa trabajando de intermediario y vive en la referida Novi Sad, la ciudad natal de Boskov o de Ivan Bzcic, entre otros deportistas que marcaron una época en el fútbol de la antigua Yugoslavia.»En Valladolid estuve como en casa y allí dejé grandes amigos que hace tiempo que no veo, pero cuando me preguntan por Pucela digo siempre que es un sitio muy recomendable para vivir», comenta Bebic quien, además, agrega: «El ascenso de la temporada 79/80 fue uno de los grandes momentos de mi carrera deportiva, jugué muchos partidos y me sentí enteramente partícipe, igual que en la Copa del Rey el año anterior». En efecto, Bebic fue clave en aquel ascenso, no solo parando sino a veces dando asistencias de gol con un saque de puerta que llamaba la atención por su potencia y colocación. Llegó al Valladolid tras haber jugado en el Sarajevo. «Cuando fiché no sabia ni donde iba, no conocía la ciudad, pero jugar en España era algo muy importante para los jugadores yugoslavos de aquella época, y, de hecho, había bastantes en la liga española». Tras dos temporadas en Pucela con un rendimiento irregular se fue al Levante, otras dos campañas, allí coincidió con Johan Cruyff, y después volvió a jugar en Serbia.

Al llegar a Valladolid llamó la atención por su altura y su bigote, parecía un portero de la entonces Alemania Federal, todos enormes y muchos de ellos con un uniforme similar al que utilizaba Bebic en Pucela, una camiseta enteramente amarilla que entoces también usaba con frecuencia Toni Shumacher y que 25 años después puso de moda Santi Cañizares en el Valencia. Por poner en contexto la palabra enorme, hay que recordar que entonces el portero del Real Madrid era Miguel Ángel, que medía 1,73 y poco más, la mayoría de sus colegas coetáneos. Bebic era un gigante simpático, campechano, llano, cordial y amable. En los entrenamientos los chavales le llamaban a voces por su apelativo en España (Tito) y él siempre devolvía sonrisas con Pachín, su entrenador, echándole alguna bronca de las suyas, a medio camino entre la vehemencia y el cariño. Lo sé porque quien esto escribe era uno de los chavales que reclamaban su atención…

Pachín les transmitía «atrevimiento, fuerza y coraje». Recuerda Bebic que un día les contó lo que pensó cuando fueron a verle a Pamplona para fichar por el Real Madrid. Se preguntó para qué le querían al lado de Di Stéfano, Gento o Puskas y llegó a la conclusión de que era para dar patadas. Esa noche no durmió, pero al día siguiente dio tantas patadas que hasta le expulsaron. El lunes ya estaba firmando su contrato.

LOS PENALTIS Y SU 1,96

Tanto Pachín como Bebic trataban con mucho cariño a la chavalería de aquellos años. Tan es así, que en un partidillo de los jueves Bebic se quedó a parar penaltis a sus admiradores más pequeños y cuando iban muy ajustados se dejaba meter el gol (alguno encajó). Precisamente, respecto a los penaltis hay una anécdota muy curiosa de Tito Bebic. En una eliminatoria de Copa ante el Burgos, que entonces estaba en Primera División, el Valladolid había empatado en Zorrilla (2-2) y tras la vuelta en El Plantío se registró ese mismo resultado y hubo que recurrir a los lanzamientos desde los once metros. El Valladolid pasó la eliminatoria con el serbio de portero y el Burgos lanzó fuera tres de cuatro penaltis. Al término del partido sus jugadores dijeron que veían al portero del Valladolid tan grande y con los brazos tan largos que querían ajustar sus disparos y se iban fuera.

Y eso que a Bebic, que mide 196 centímetros, no le resultó fácil jugar en el Valladolid puesto que peleaba con toda una leyenda blanquivioleta, de las de verdad: Manolo Llacer. En su primera temporada, el yugoslavo sólo jugó siete partidos de liga y la Copa. Su segunda temporada en el club fue más fructífera, puesto que a Eusebio Ríos le gustaba alternar a los porteros y Bebic llegó a disputar 17 partidos ligueros (Manolo Llacer jugaría el resto) y 9 de Copa del Rey.
Bebic comenzó la temporada 79/80 de titular pero seis goles recibidos en dos partidos consecutivos le lastraron. Fueron tres de aquel Castilla que llegaría ese año a la final de Copa y otros tres del Osasuna en el Sadar. Eso le costó el puesto y regresó en un partido decisivo para aquel ascenso en Cádiz (0-1), con una actuación personal destacada y un gol de Moré en el último minuto.
Radoslav Bebic (1 de Septiembre de 1952, Platichevo, Yugoslavia) se marchó al finalizar esa campaña 79-80 dejando al equipo en Primera tras 16 años apartado de la elite. Como en el caso de Osvaldo Cortes o de Daniel Gilé no estuvo mucho tiempo en Pucela pero tenía la rara habilidad de estar en los momentos clave y de no pasar nunca inadvertido. Es una impronta que a sus 66 años sigue dejando allá por donde va, con su carácter abierto y sus permanentes ganas de hacer amigos, toda una filosofía de vida. Bebic y Daniel Gilé fueron los grandes protagonistas de una noche inolvidable en la historia del Valladolid. El famoso y ya muy recordado partido de Copa en Sarriá, adonde el Valladolid viajó en el día y no fue ni el utilero por ahorrar el billete de avión. Fueron convocados varios juveniles y algunos jugadores no se conocían, así que en el campo se llamaban por el número que llevaban a la espalda.»Habíamos salido desde Villanubla en un avión muy pequeñito, fuimos directos al campo y yo notaba a varios chavales, que eran críos, muy nerviosos, la verdad es que algunos ni nos conocíamos», relata Bebic.

SOMOS VALLADOLID

El guardameta veía a todos tan asustados que pensó: «con estas caras, me van a meter cinco». Entonces recuerda que empezó una arenga junto al argentino Gilé. «Empezamos a gritar en el vestuario como locos: ¡Vamos, que somos mejores, vamos a ganar, somos Valladolid!. Ese «Somos Valladolid» que años después acuñó Djukic como lema de un ascenso, lo inventó Bebic aquella noche de enero del 79.»Habíamos llevado cada uno su equipación y cena fría, nada más», rememora el serbio pero el Pucela ganó aquel partido (1-2) con un zambombazo de Gilé desde 40 metros, que dobló las manos de Urruticoechea, el portero de un RCD Espanyol donde había varios internacionales. Lo meritorio es que aquel día jugaron de blanquivioleta cinco chavales de 17 o 18 años, como Jorge, Lolo, Minguela, Sánchez Valles o Gail, todos ellos titulares, y otros dos aún más jóvenes (Lorenzo y Pablo) salieron desde el banquillo. Pachín había dicho en la previa que era mejor ser eliminados para centrarse exclusivamente en la Liga porque la plantilla no daba para dos competiciones. Así, hasta llegar a semifinales ante el último campeón de este torneo, el Valencia. Esa noche de Sarriá nació lo de «Mazinger Bebic», cuando a Javier Ares le dio por llamarle así durante la narración del partido en pleno éxito de la serie de dibujos animados. Una paradoja, pues al meta ya le llamaban sus compañeros «puños fuera». Recuerda que Mario Jacquet le instaba a salir más de puños porque notaba que se asustaban los delanteros rivales. Bebic cuando llegó era algo tímido, pero cogió confianza, aprendió muy pronto el idioma y después era el primero en pegar un grito en el vestuario o en contar un chiste, la mayoría de ellos sin gracia. Así era y es Radoslav Bebic, aquel portero que se asomó a la historia del Real Valladolid en un momento clave, el arranque de su década prodigiosa, la de los ochenta, en la que no se apeó nunca de Primera. Los puños del gigante de amarillo mostraron el camino. El gigante se fue, pero nadie se va del todo si ha dejado algo para recordar. Es el caso.

Bebic, Laguna, Jacquet, Santos, S. Valles, Toño, Aramayo, Andrés Ramírez, Jorge, Moré, Rusky y Lolo
A la izquierda, con Cortés, Gilé y Santos
Bebic junto a Julián López y Zoran Veckic

Anuar y Toni, cantera y un escudo grabado a fuego

Tras el primer partido en que ambos fueron titulares
Toni en sus primeros años en los Anexos
Anuar en una pretemporada con el primer equipo
Gol de Anuar en Zaragoza, primero como profesional

José Anselmo Moreno

Ambos son el espejo donde actualmente se mira la cantera. Dicen que son almas gemelas pero más bien son como los Zipi y Zape del Pucela. Es curioso, lo que le falta a uno lo tiene el otro pero ambos tienen en común que el escudo del Real Valladolid les sale por la boca. No es una impostura. Su incondicional amor a esos colores se lo he escuchado varias veces en un ámbito privado, como pocas veces se ha visto y oído a otros futbolistas del fútbol contemporáneo.

A la pregunta ¿quién es más pucelano de los dos? Anuar dice: «yo, que llegué antes». Toni va un poco más allá: «le debemos la vida prácticamente al Valladolid y le estaremos siempre agradecidos». Es el sentimiento de pertenencia que brota entre los canteranos y que, en ocasiones, también da puntos. Nuestra década prodigiosa de los 80 estuvo cimentada sobre jugadores de cantera: Jorge, Gail, Eusebio, Juan Carlos, Fonseca, Peña, Minguela, Borja Lara, Sánchez Valles, Patri o Torrecilla, entre otros.

En el caso de Anuar y Toni, fueron compañeros de habitación en la residencia del Real Valladolid y son protagonistas de una historia tremenda. Volvamos por un momento al mes de enero del año 2008. Un niño ceutí que acababa de cumplir 13 años llegaba a los campos Anexos para intentar superar una prueba de una semana e intentar convertirse en nuevo jugador del Real Valladolid. Sus primeros rivales no calzan botas, son la niebla y el frío. Anuar jugaba de delantero y, con tres goles en su primer entrenamiento, sorprende por su velocidad, sacrificio y su capacidad para estar en todas partes. “Te quedas, chaval”, le dijo Javi Torres Gómez.

No mucho después, Anu fue uno de los encargados de dar la bienvenida, ya en la campaña 2010/11, a Toni Villa, un chico murciano que a simple vista parecía débil pero que tenía una fortaleza, una inteligencia y una calidad fuera de lo normal. Torres Gómez también se fijó en él durante un partido de la categoría cadete murciana entre el Cieza y el Lorquí, su pueblo.

Los dos debutaron con el Promesas en edad juvenil e, incluso, el mediocentro fue clave en la consecución del ascenso a Segunda B, categoría en la que brilló el atacante en su primera temporada de la mano de Rubén de la Barrera. Los dos se forjaron en los Anexos, con el frío y la niebla, sobre el duro césped artificial, justo enfrente de «la resi», como ellos dicen. Allí Zipi y Zape compartían habitación, conversaciones y sueños a partes iguales.

TONI MARA-VILLA

Vayamos por orden inverso de llegada y empecemos por Toni, conocido entonces por «Raspilla» en la residencia por su extrema delgadez. He de reconocer que el primero que me habló de él fue el Jefe de Prensa del club, Mario Miguel. «Ha llegado un chico de Murcia que es como Iniesta». Fue durante un partido en la cabina siete del estadio Zorrilla y, la verdad, no le hice mucho caso. En aquel momento Iniesta era Dios y Mario tiene un punto adorable en que no sabes si te habla en serio o en broma. Eso sí, me quedé con el nombre: Toni.

Tal vez como un homenaje a ambos titulé «El Iniesta de Murcia» el primer reportaje que hice sobre el jugador tras una tertulia en la Ser. Y es que si había un futbolista que llamaba la atención en ese Valladolid que irrumpió de nuevo en Primera era Toni Villa. Le califiqué entonces como la joya de la corona, una especie de Iniesta (su ídolo), un jugador de esos que piensan mientras se entretienen en conducir el balón y que salen de donde parece que no es posible. Arriesga, inventa, muchas veces para desesperación de la gente.

En contra de las opiniones de varios entrenadores y periodistas a Toni Villa le gusta siempre partir desde la izquierda y buscar espacios por dentro. Tal y como hacía Iniesta. Su juego a veces es de regates imposibles pero, a rachas, efectivos. De hecho, las estadísticas de aquellos primeros meses en Primera decían que era uno de los mejores regateadores de la Liga, aunque Toni nunca lo tuvo fácil…

En el verano de 2017 vivió la zozobra de la incertidumbre, de si se quedaba o regresaba a León, con su guante de seda en el pie derecho y su cara de pillo. Y es que Toni Villa Suárez tuvo que hacer una especie de servicio militar en la Cultural Leonesa para que el Real Valladolid viera sus cualidades, ejerciera una opción de recompra y quedarse ya en Pucela con galones de primer equipo. Paco Herrera no había visto lo que era evidente.

Toni lo pasó muy mal aquel verano. Reconoce, en círculos privados, que es un poco pesimista. A veces se pone en lo peor para que, de este modo, todo lo que llegue le sorprenda para bien. Humildad en estado puro. Tal vez eso le venga de familia, como la sencillez o la naturalidad… Laureano Antonio Villa Suárez es de Lorquí, donde sus padres tienen un restaurante en el que alguna vez le tocó ayudar. Cuando acababa de asomarse a la adolescencia, un agente contactó con Javier Torres Gómez, en aquellos momentos coordinador de cantera del Real Valladolid, para que fuese a ver a Toni a su pueblo, en su hábitat.

A Javi Torres le gustó y a Toni, tras una visita con su familia, le agradó también Valladolid. Amante del Campo Grande y de la Plaza Mayor, un incondicional de nuestros cines y nuestros monologuistas, aquí se quedó Toni recién cumplidos los 15 años y dejando muy lejos a sus padres. En «la resi» se hizo enseguida amigo de Anuar. Ellos eran los ya referidos Zipi y Zape, no solo por traviesos sino porque siempre estaban juntos, de modo que cuando ahora se encuentran en el campo la complicidad irradia con motivo de sobra. Ambos «conspiraron» para comprar una Play Station que en la residencia estaba prohibida. Trastadas adolescentes.

Aún hoy son inseparables. Hablan el uno del otro con un afecto y consideración que conmueven pero si algo destaca en ambos es esa humildad que, lejos de ser superficial o epidérmica, está muy por debajo de la piel. Al margen de esa GRAN virtud tienen otra cosa en común, hablan de quedarse en el Valladolid muchos años. Ambos vivieron como recogepelotas el ascenso de 2012 y eso marca. El escudo, eso de los colores, les ha atrapado para siempre. Es ese «pellizco» de pertenencia que otros NUNCA van a poder tener. Simplemente porque no han vivido la realidad de un club o se han empapado de su ADN.

ANUAR, EL PITBULL DE CEUTA

Vamos con Anuar Tuhami, un jugador que ha llegado donde está «abrazado» al trabajo porque, obviamente, no tiene el talento innato de su amigo. Ni de lejos. Tal vez lo suyo tenga más mérito porque tenía peores cartas para ganar esta partida. Y la ganó. Anuar acomete siempre, nunca se rinde, ni cuando tiene uno de sus tobillos como un botijo, como en su último partido en el Camp Nou. Le tuvieron que cambiar pero él seguía corriendo justo antes del cambio. Poco después recogió su primera copa como capitán del Pucela, el trofeo de la ciudad y, a la semana siguiente, firmó un contrato con su Real Valladolid hasta junio de 2023. Lo da todo, juegue 90 minutos o uno solo, para perder tiempo. Esos cambios ante los que otros se ofenden o arrugan la cara.

Anuar Mohamed Tuhami (Ceuta, 15 de enero de 1995) remató su particular y preciosa historia subiendo en 2018 con el Real Valladolid a cuyo último ascenso, en junio de 2012, asistió como recogepelotas. Lo mismo que Rafa Nadal y aquella Copa Davis del año 2.000.

Como Toni, es de ese tipo de jugadores que llegan de pequeños a un club y sienten sus latidos como algo propio. Representa ese espíritu de pertenencia y de arraigo cada día más denostado e infrecuente en el fútbol profesional. Anuar suele hablar del escudo con pasión, eso de sentir los colores se ha reflejado siempre en cada esprint, en cada disputa, en cada balón robado. No es un virtuoso, y lo sabe, pero sí es un jugador necesario en cualquier plantilla de 25. Su sueño es ser capitán algún día, de los que expliquen a los nuevos qué es ser del Pucela. No en vano, se emociona cuando escucha a la afición cantar el himno «a capella». No es ese «Nunca caminarás solo» del Liverpool pero, para el caso, viene a ser casi lo mismo. Y Anuar se lo sabe de memoria desde muy pequeño, obviamente.

Con un lenguaje casi bélico que contrasta con su bonhomía, Anuar habla a menudo de partidos «a vida o muerte» y menciona con frecuencia una de sus palabras favoritas: «orgullo». Está orgulloso de su camiseta. Por esas vueltas de la vida, tras una lesión de Míchel en Gijón, acabó llevando la manija del equipo que ascendió en 2018, el mismo al que devolvía los balones en el ascenso de 2012. También fue protagonista de esa gesta su inseparable Toni. Como siempre, éste la seda y aquel la fuerza. Ambos, la blanquivioleta grabada a fuego. Y así, como mínimo, hasta junio de 2023. También por esas vueltas de la vida, Anuar ha aceptado alguna cesión para volver con más fuerza y retirarse en Pucela como es su sueño. Y, si le dejan, no anhela nada más. Ni nada menos…

Celebración del 0-3 en Soria, camino de Primera
Toni, con Manuel Heredia, recogiendo un trofeo de máximo goleador
En una tertulia radiofónica tras el ascenso

Hubo otro Nazario en Pucela, Patricio Yáñez

En Zorrilla, con la mítica camiseta Adidas
Pato Yáñez en una arrancada en Sarriá
En su homenaje en la temporada 2013/14

José Anselmo Moreno

Dicen que descubierto el mito, hay que descubrir la realidad y vamos por ese orden. Esta vez no va la cosa de historias contadas por el protagonista, va de mi historia con el protagonista. Se trata de Patricio Nazario Yáñez Candía. Parece mentira que un equipo que mezclaba a este tipo nacido en Valparaíso, con Gilberto, Jorge Alonso, Pepe Moré y Jorge Orosmán Da Silva no hiciera cosas más grandes. A este otro Nazario, a Pato Yáñez, lo descubrí en septiembre del 82 en un partido contra el Madrid en Zorrilla, concretamente en el fondo sur, entonces el de Continente. Desde los fondos todo se ve distinto, el campo parece cuadrado y cuando ves a un jugador de tu equipo venir con el balón parece que viene a saludarte.

El Pato Yáñez era especial, eso se vio en el primer balón que agarró el día de su debut, curiosamente en la banda contraria a su pierna natural. Lo había fichado Manuel Esteban Casado atendiendo la recomendación de Ramón Martínez. Estaba en Barcelona pero como el club catalán no se decidía llegó el Valladolid y lo captó. Debutó al poco de llegar formando dupla de ataque con Oviedo, un delantero tronco, pero que MUY tronco. Aquel tándem (así, por cierto, llamaba Jacquet a Santos) no funcionaba en absoluto, era como mezclar agua y aceite… Uno, el chileno, pleno de viveza y rapidez y el otro (el argentino) que simplemente pasaba por allí. De hecho, en sus dos temporadas en Valladolid, Eduardo Enrique Oviedo no estuvo cerca de marcar un gol, ni ganó un solo partido de los doce que estuvo sobre el campo y eso que venía de hacer goles en el Zaragoza.
Pues bien, ese día en que jugábamos con diez, el día que debutó el Pato, yo llegué al campo como siempre, con mucha antelación. El portero de la gorra era el habitual, con su típica cara de aburrimiento y un palillo en la boca que parecía el mismo de la temporada anterior. No llevaba abono y tuvo que cortarme la entrada porque ese año yo no era socio. No había cumplido el ratio de ventas que me había marcado mi padre en verano y tenía que ganármelo «partido a partido». En realidad, nunca me quedó claro si esa frase es de Simeone o de mi padre. Yo tenía 15 años y me colé en aquella «fiesta» con una localidad de Infantil, que era hasta las 14 primaveras (le debo dinero al club, por lo tanto). Cosas que pasan.
La tarde era soleada y era domingo, como Dios manda. Había mucha expectación porque algunos iban a ver a los de azul (así vestía el Madrid). En los que entrenaba Alfredo Di Stefano creo que debutaba Johnny Metgod, un central holandés de 1,90 tan malo como nuestro Eduardo Oviedo y que fue sustituido a los 60 minutos porque no se enteraba del partido y cada vez que salía a por Yáñez su cadera amenazaba con quebrarse. Mal cliente escogió Metgod porque el chileno le buscaba la espalda una y otra vez y se la encontraba casi siempre. Admito que yo nunca había visto a un jugador así. No Metgod, obviamente, hablamos de Patricio Nazario Yáñez, con su sello fulgurante y ese vértigo en la carrera. No estaba en forma, de hecho ese día fue sustituido por Paco Fortes porque ya no podía más cuando faltaban veinte minutos. Sin embargo, se veía que aquel jugador era otra cosa. Un fuera de serie.

EL AMIGO RAFA Y SUS AUGURIOS

El partido acabó empate a dos, con goles de Jorge Alonso y de Gilberto (vaya equipo teníamos si el nueve no hubiera sido un manta). Los goles del Real Madrid los marcó un tal Uli Stielike. Yo era un poco madridista, ciertamente, pero odiaba a este alemán. Era de esos jugadores que siempre quieres en tu equipo pero cuando los tienes enfrente te parecen detestables. Además, le pegó una patada a Yáñez que lo levantó un metro del suelo. Con ese bigote setentero y su capacidad para estar en todas partes, enseguida se dio cuenta de por dónde venía el peligro del rival y, obviamente tomó medidas cautelares.
Cuando acabó el partido con un resultado harto injusto porque el del bigote había metido su segundo gol a medias con Alvarez Margüenda (pasado el minuto 90) me subí al autocar con la rabia y el bonobus en el mismo bolsillo. No había hecho más que sentarme cuando le dije a mi amigo Rafa: «Colega, hemos fichado a un jugador que es de otro planeta, cuando esté en forma este Yáñez va a ganar los partidos él solo». Rafa me dijo: «Se queda en nada, ya verás, es un pinturero, mucha floritura».
Pato Yáñez es verdad que amagaba y, de vez en cuando, se adornaba en exceso e incluso bajaba mucho su rendimiento en los partidos a domicilio, pero su velocidad y el hecho de ir dejando atrás a los contrarios con esa facilidad te hacían sentir el hincha de un equipo top. Le veías desde el fondo sur y llegaba igual por una u otra banda, le daba lo mismo caer a un lado que a otro. Era como si atacara una manada de búfalos, que fue aquello que Valdano dijo en su día de Ronaldo (también Nazario).
Yáñez se asentó en Valladolid e incluso puso una cafetería en la calle López Gómez, por la que yo pasaba casi a diario. Jamás había pedido un autógrafo a nadie en mi vida. Y eso que, con doce años, me iba dos horas antes al viejo estadio para ver llegar a los jugadores, pero no les molestaba para nada. Sabía bien el coche que tenía cada uno y conocía sus costumbres pre-partido. Un día pasó algo que se salió del guión y sí me arranqué a preguntar. Apareció un tipo en un Chrysler 150 verde, a quien todos saludaban y yo no sabía quién era. Fue la única vez que importuné. De hecho, cuando ya se iba, interpelé a Llacer por quién era ese y me dijo… «Nosequé» Álvarez (no entendí su nombre). Pues vale, como no había móviles, ni google, ni tarifas de datos me quedé como estaba y no supe hasta mucho después que se llamaba Manolo y que era un delantero goleador de temporadas precedentes.
Como ha quedado dicho, yo no era de pedir autógrafos (ahora selfies) pero sí he pedido una firma en mi vida. Una sola. Al Pato Yáñez. Un día le vi en la Cafetería Cisne (su negocio) y justo al lado de la puerta, leyendo tranquilamente el periódico, y me dije: «A éste, sí». Entré como haciéndome el distraído y se lo pedí, me salió un tono malhumorado y exigente, como de mal café (nunca mejor dicho) pero no fue adrede. El Pato me revolvió el flequillo como si yo fuera un crío pequeño. Coño, que ya tenía una edad…. Sonrió y me dijo que si vivía cerca de allí. Nos habíamos mudado recientemente a la Plaza de San Juan pero, supongo que por los nervios, le dije que vivía lejos.
Me firmó el autógrafo en la página de El Norte de Castilla en la que hablaban del Real Valladolid. La arrancó, yo doblé la página y la guardé en el bolso de atrás. Me olvidé en la barra la carpeta con los apuntes de Latín y Filosofía (qué cosas se estudiaban entonces) pero como había hecho novillos, ni me percaté hasta por la tarde. Cosas que pasan.
Cuando llegué a casa miré su rúbrica en la página que firmaba mi compañero Javier González. Y digo compañero porque años después compartimos mesa en El Norte. Nunca se lo dije, pero estar tecleando al lado de un tipo al que leía con diez años, me impresionaba un poco al principio. Cuando vi el autógrafo, escrito con un rotulador rojo, me fijé en lo que ponía debajo. Javier, que opinaba y escribía sin miedo a nada, no hablaba aquel día muy bien de Yáñez. Tal vez era por eso de que en los encuentros fuera de casa se escondía un poco. No recuerdo qué partido era, sí recuerdo que el borratajo de Yáñez tapaba el párrafo en que Javier le ponía mal. ¿Casualidad?, no lo creo. Siempre me acuerdo de este detalle cuando escucho a algunos jugadores decir en las tertulias que no leen lo que opinan de ellos. Muchas veces los tengo al lado, miro y pienso: «No te lo crees ni tú». Y más en los tiempos de Twitter… Por cierto aquella carpeta con los apuntes de Latín la recuperé y aprobé el examen copiando a quien hoy es un reputado fiscal. A él le pusieron Bien y a mi, Notable. Cosas que pasan.

La última vez que vi a don Patricio Yáñez desde el referido fondo sur fue en un partido jugado en diciembre de 1985, también ante el Real Madrid. Primero y último, ante el mismo rival, Y no lo recuerdo por ser el último partido que «habité» en esa grada sino porque ganamos al Madrid 3-2, con goles de Torrecilla y dos de Gail, de penalti. Ya era el Valladolid de Cantatore, su primer año, y en el fondo de Continente, al lado de los Ultras Sur, viví aquel partido como un loco y me dejé la garganta con las arrancadas del Pato. Ayuda mucho haber estado en la grada para acometer el oficio de escribir y ver claramente todas las aristas del periodismo deportivo.
Yáñez se fue dos años antes de que yo pudiera cantar un gol suyo para el mini carrusel de Cadena Ibérica. Me hubiera gustado pero cierto es que, poco a poco, fue bajando su rendimiento y, además, era muy propenso a lesionarse en los tobillos de todas las veces que, como Stielike, le habían levantado un metro del suelo por ser tan rápido, tan vertical y tan bueno. Dicen que al Pato no le gustaba mucho el fútbol porque siendo un velocista como era (hizo atletismo en Chile) podría haber llegado mucho más lejos. Al finalizar aquella temporada fue traspasado al Zaragoza y después jugó en el Betis. Su carrera hubiera sido discreta de no haber jugado en el Real Valladolid, claro. Además, ganó una Copa de la Liga y ese título lo tienen muy pocos en el mundo porque solamente hubo cuatro ediciones.

EL REENCUENTRO

Pues bien, pasó el tiempo y en el día de mi cumpleaños en 2014 me acerqué al estadio. No era habitual porque no solía hacerlo, salvo en la comparecencia de los técnicos. Los entrenamientos coincidían con ruedas de prensa de cualquier otra faceta informativa y no me podía dar el gustazo de ir a unos Anexos que vi nacer y donde pasé un frío del carajo (como todos) viendo al Promesas cuando la grada estaba hueca y no había ni donde mear.
Ese día de mi 48 cumpleaños aparqué el coche, como siempre de los últimos. Me gusta hacer el paseillo camino del estadio, y en la pasarela que hay sobre el túnel donde aparcan los jugadores, vi a un tipo con una cazadora azul y una camisa de cuadros del mismo color. Cómo se parecía al Pato. Le escuché hablar con ese «deje» en las erres de los chilenos y… ¡la madre que me parió! si era Patricio Nazario Yáñez Candía. Con el pelo exageradamente blanco y, eso sí, algo más bajito de como yo recordaba. Hicimos el camino en paralelo, más adelante iban Víctor y Chuchi Macón, pero a Yáñez fui incapaz de decirle absolutamente nada. En las mismas circunstancias cometí la torpeza, y la insolencia, de abordar al Pelusa, solo que cambiando Zorrilla por El Nido de Pekín. Hablarle a Maradona como si fuera el panadero de la esquina es una osadía notable, la que me faltó para hablar con el Pato Yáñez en aquel reencuentro tantos años después. Admito que me emocioné porque, de pronto, pensé en todo lo que yo había visto hacer a ese tipo desde el mítico fondo sur, al que un día juro que volveré. Desde allí veía venir a aquel extremo, el del primer y segundo año, como si fuera la manada de búfalos a la que aludía Valdano, los rivales parecían niños corriendo detrás de aquel diablo.
En los últimos años, el Pato Yáñez ha estado muy cerca de los medios de comunicación porque comentaba partidos con notable éxito para la CDF en Chile. Lo hacía de lujo, pero el pasado mes de enero cambiaron de comentaristas al cambiar también la propiedad del canal. Paradójicamente, aquel día del reencuentro en Pucela modificó su plan de viaje y había venido de Madrid a Valladolid para que su hijo viera «el cariño» que la gente le tiene aquí. Cuando le escuché decir eso pensé: «Yo, además de cariño, te tengo respeto, demasiado respeto pero un día te llamaré y te haré una entrevista cojonuda». En ello estoy. Ah! por cierto, mi amigo Rafa, cuando fue padre, puso a su primer hijo Hugo-Patricio (por Yáñez). Igual que Mojica o el ciclista Chaves se llaman Johan porque sus progenitores admiraban a Cruyff. De nuevo, cosas que pasan. Yo al chaval de Rafa le llamo siempre Pato, por fastidiar.

De izqda a dcha: Moré, Francis, Aracil, Richard, Fenoy, Jorge, Eusebio, Navajas, Minguela, Yáñez y Da Silva
Comentando un partido en la CDF chilena

Hierro, la perla cayó en su primera final

Hierro, durante la final de la Copa del Rey de 1989 ante Sanchís y Solana
En su primera temporada en Valladolid

José Anselmo Moreno.

Después ganó muchos, pero perdió el primer título a su alcance, y fue con el Real Valladolid. Era un jugador forjado en hierro. Fernando Ruiz Hierro era «la perla» llegada del sur, un futbolista ganador que, sin embargo, se despidió con una derrota cruel. Jugó su último partido con el Pucela en la recordada final de la Copa del 89 y de aquella generación fue el que atesoró después el mayor bagaje deportivo de cualquier futbolista que haya vestido de blanquivioleta. Su agradecimiento a Vicente Cantatore, el descubridor de su talento, fue siempre inmenso. Durante años, jamás se olvidaba de su cumpleaños o del de su esposa, día en que nunca faltaba un ramo de flores. El chileno le dijo en su estreno: «Si lo haces mal es culpa mía, pero como lo vas a hacer bien yo voy a dormir bien tranquilo. Haz tú lo mismo». Para su debut, también ayudó la lesión de Miguel Ángel Portugal en la primera carrera que dio sobre la playa de Suances, durante esa pretemporada. Cantatore se había encaprichado del centrocampista burgalés durante un partido en el que habían ido a ver al guardameta Lozano pero dijo que él quería al de la melena, aunque ya pasaba de la treintena. Su ojo clínico y su personalidad hacían que se tomara en consideración cualquiera de sus sugerencias.

El técnico no solo era entrenador grande, también un gran psicólogo. Trataba a cada uno según su propio carácter. A Benjamín, por ejemplo, le decía: ‘la prensa te da mucha bola y yo no te pongo, ellos tienen razón, eres bueno, así que pelea contra mi…». El día que volvió a jugar marcó dos goles y le dedicó el primero. Cantatore ponía o quitaba presión en función de la cabeza de cada uno. Psicología en vena.


Hierro acababa de llegar, necesitaba confianza y dio con el entrenador ideal. El jugador de Vélez-Málaga sigue viniendo por Valladolid porque, como tantos otros llegados de fuera, se casó aquí con una chica de raíces tudelanas (Sonia), la prensa del corazón se ocupa ahora de su supuesto divorcio pero eso ni importa, ni afecta lo más mínimo a su legado o su trayectoria en Valladolid.
Sin duda Hierro era el mejor jugador de aquel equipo de la final de la 88/89 y, además, se medía ese día al que iba a ser su futuro club, que acabó pagando un suplemento por su traspaso al ser convocado el jugador malagueño para el Mundial de Italia 90. Ese partido copero Hierro «rascó», y mucho, a quienes iban a ser sus compañeros. En una noche para sudar (antes de que se inventaran las olas de calor) el malagueño se dejó hasta la última gota de esfuerzo. Su partido, visto ahora con la perspectiva del tiempo, fue soberbio. Hasta tuvo la última opción para hacer el empate con un disparo brutal desde fuera del área.


Sabido es que Fernando Ruiz Hierro (Hierro III) llegó a prueba al Valladolid recomendado por su hermano Manolo, con quien vivió el primer año en el piso que ambos compartían en García Morato. Empezó con el Promesas y no trajo ni botas… El utilero del filial (Jero) tuvo que dejarle unas. Y es que el menor de los Ruiz Hierro había germinado ya talludito en campos modestos de tierra, de hecho antes de venir estaba jugando al fútbol en Tercera División a la vez que ayudaba a su tío en un taller. Cuando Cantatore vio sus cualidades le dijo que si trabajaba físicamente en tres años sería internacional y… así fue. El preparador físico del chileno, Lucho Saavedra, trabajó con él mañana y tarde los primeros meses porque Hierro era flacucho y, de hecho, comenzó jugando en la banda derecha. Pudo ser jugador del Atlético de Madrid después de que el entonces presidente del Real Valladolid, Miguel Ángel Pérez Herrán, llegara a un acuerdo con su homólogo Jesús Gil, pero sin conocimiento del jugador ni de su representante y la operación, finalmente, se rompió.

Para la historia de las anécdotas queda, sin duda, la conversación entre Manolo Hierro y Vicente Cantatore tras el primer entrenamiento del recién llegado con el primer equipo:

¿Qué le ha parecido mi hermano?

El muchacho es mejor que tú, Manolo?

Hablo en serio, mister.

Y yo también… (fin)

Hablar del Hierro jugador (como entrenador también debutó en Zorrilla, con el Oviedo) es la excusa perfecta para refrescar aquella extraordinaria temporada de la final de Copa, recuerdo lejano pero de algún modo reciente, ya que se han cumplido hace unos meses 30 años y el club evocó aquella gesta.
Habría muchas historias que contar de esa final, pero pongamos el foco en el entrenador y en unos pocos jugadores. Caso curioso es el de Alberto López Moreno, que no jugó el partido decisivo y aún lo tiene «clavado» porque participó en todo el torneo, igual que Patri, ambos estuvieron ese día en el banquillo. Alberto siempre estuvo muy agradecido a Cantatore, pero el hoy médico del club nunca entendió que no jugara ni un minuto de aquella final. Por fortuna, el tiempo borra las pequeñas frustraciones. En el corto plazo se tiende a pensar que es futbolista insignificante aquel que no juega, el que no sale en las fotos, pero la historia va colocando sus piezas y hoy, tal vez, sea el momento de incidir en que Pucela vivió aquel partido gracias a Alberto, sus goles y su trabajo.

En este contexto, el del trabajo, la historia de Luis Minguela también merece un apartado diferente. Con Mauro Ravnic era el más veterano del equipo, llevaba mucho tiempo en el club y aquel partido fue su última oportunidad de hacer algo grande en el fútbol. Minguela era el del trabajo sucio y el limpio a la vez, el que se llevaba las tarjetas de los demás, el que hacía la falta táctica o quien mantuvo la cabeza fría (esa misma temporada) para separar a sus compañeros el día que Díaz Vega pitó un insólito penalti de Mauro Ravnic sobre Butragueño y el equipo entero se quería comer al árbitro.
El capitán siempre lamentó profundamente aquella derrota en la final de Copa «por injusta». Minguela se hartó a robar balones ese día a Schuster, Míchel, Martín Vázquez… y, sin saberlo, se estaba empezando a poner la camiseta de la selección, pese a su veteranía y a su rodilla mala, un lastre que le hizo retirarse prematuramente en 1992.
También protagonista destacado de aquel partido fue el malogrado Manolo Peña, quien hizo un trabajo de desgaste y movilidad notables poniendo siempre un sello fulgurante a sus acciones aunque, tal vez, con el único debe de la puntería. Peña gozó de las mejores oportunidades junto a Janko Jankovic.

EL TAPADO DE AQUEL EQUIPO

Sin embargo, el gran tapado de ese histórico equipo, en el que Hierro llamaba la atención más que nadie, era el defensa Gonzalo Arguiñano, importante también en aquella Copa al transformar el penalti decisivo en los cuartos de final en Cádiz. Eso dio paso a la inolvidable y polémica semifinal contra el Deportivo, casi tan recordada como la gran final.
A tal punto Gonzalo era importante que Cantatore cambió la formación la temporada anterior a cinco defensas para dar entrada al zaguero vizcaíno porque, a su juicio, era muy técnico. Me lo reconoció el chileno en una comida privada en 1997 destinada a preparar el libro «Entrenadores, un poder inestable». Cuando terminamos le dije: «Míster, lo que más me ha llamado la atención han sido sus constantes elogios a Gonzalo» y respondió: «Es que nos daba la vida al sacar el balón, pese a ser algo desgarbado tenía mucha calidad porque la calidad es sobre todo no perder balones, él no los perdía y además tenía carácter».

En efecto, los jugadores con carácter para Cantatore eran vitales. Lo fueron Minguela y Gonzalo en su segunda etapa en Pucela o Álvaro Gutiérrez en la tercera. Todos eran la prolongación en el campo del chileno y en el caso de Gutiérrez, además, el guardián de Víctor porque en ocasiones decía a los defensas rivales: «al bajito ni me lo toquen». Siempre hubo en sus equipos un jugador así, la explicación que daba es que hay cosas que «solo se pueden cambiar desde dentro».
Algo no muy conocido es que Cantatore daba plena libertad en ataque y jamás ensayaba la estrategia hasta que se fue con Gail al Sporting de Lisboa. Como mucho, se quedaban Fonseca o el propio Hierro después de los entrenamientos a ensayar disparos lejanos pero nada de jugadas preparadas. Aquel año de la final de Copa, Cantatore se reía maliciosamente cuando escuchaba que las prolongaciones de Gonzalo en los corners estaban planificadas porque no era así.
Sin embargo, en el último córner de aquella final se puede escuchar a Cantatore decir al periodista de televisión que estaba junto al banquillo: «Ahora toca Gonzalo de cabeza y empatamos». Por desgracia no fue así, ya que el Valladolid lo mereció y estuvo cerca de lograrlo, aunque no tenía la presión de ganar o incluso parecía haberse «colado» en esa final.
Y es que el guión de aquel partido fue justo al revés de como estaba previsto. Tal vez, porque hay misterios en el fútbol muy difíciles de explicar, sobre todo en las finales. No se sabe el porqué equipos destinados a estar en el sótano de la liga o jugadores modestos se levantan en armas y dan su mejor versión ante los grandes. Así sucedió en aquella final de 1989, con el matiz de que ese Valladolid, que inició la temporada bajo el objetivo de la salvación, se vino pronto arriba y el éxito de la Copa se veía venir por palabras quasi premonitorias de los tres futbolistas de la imagen que acompaña esta historia.
Con Hierro imperial atrás, aquella final fue un choque trepidante de los de Cantatore, acometedores sin pausa desde el gol inicial de Gordillo «con la espinilla», como siempre dice Minguela. El Valladolid puso más fútbol en la balanza y lo puso durante más tiempo pero a veces, todo varía según el lugar desde el que se mire y los madridistas resumieron aquello como un partido pragmático, en el que se ganó con lo justo y no se precisó hacer más.

Para Pucela fue un hito. El Real Valladolid ya había jugado una final de Copa en 1950 pero, como pasaba con las primeras copas de Europa del Madrid, aquella fue en blanco y negro y la de 1989 fue a todo color. De colores hablamos si recordamos que ese día se estrenó una camiseta violeta con una banda blanca que los supersticiosos no quieren ni ver, pero aquel equipo tampoco se abrazaba demasiado a la suerte, ya estaba tocado por una especie de varita mágica. Tenía algo especial. Además de la magia de un Cantatore que simplificaba el fútbol y que, para ello, no necesitaba ni de trucos ni chistera había futbolistas con cierta estrella. Además de los ya citados, había otros que no dejaron tanta huella, como Albesa o Branko Miljus. El croata estuvo muy poco tiempo en Pucela y solamente marcó un gol, pero fue el número mil del Real Valladolid en Primera. Miljus era más centrocampista que lateral defensivo y por su lado se coló Rafa Gordillo para marcar el gol que sentenció aquel partido a los seis minutos.

LA PREMONICIÓN

Ese encuentro, o uno parecido, estaba en la cabeza de los jugadores desde mucho antes. Concretamente, la posibilidad de opositar a ganar la Copa de esa temporada salió en una entrevista conjunta a Moya, Hierro y Gonzalo. Los tres vivían juntos y parodiando la película francesa «Tres solteros y un biberón» los reuní con el título del reportaje en la cabeza: «Tres solteros y un balón». Se trataba de hablar de su vida al margen del fútbol y de cómo se organizaban en casa. «Fernando (por Hierro) como mejor nos ayuda es no haciendo nada», bromeaba Gabi Moya en aquella conversación, al tiempo que decía: «Lo suyo es el balón y nada más, algún día ganará títulos».

Así fue con el tiempo, Hierro levantó varias copas, pero evaluando las posibilidades que el propio Valladolid tenía de ganar un gran título los tres apuntaron al de Copa, y no tardando. «La Liga nunca la ganaremos, pero este año vamos a por la Copa y Fernandito meterá el gol decisivo», volvió a incidir Moya entre la broma y el desafío. Nada paraba a aquellos jugadores a quienes Cantatore hacía creer los mejores y… después estaba el espíritu de El Portón, el restaurante donde se reunían y dónde era fácil ver a media plantilla por las tardes, como una gran familia.

Allí transcurrió parte de esa entrevista a finales de octubre del 88, con el presagio de Gabi Moya incluido. Y, por cierto, cuando a falta de cinco minutos para terminar la final, Hierro cogió un balón fuera del área, se giró y disparó con violencia al larguero, aquellas palabras premonitorias de Moya parecían cosa de brujería. Ese golpeo rotundo y «envenenado» fue la última ocasión antes de que Sánchez Arminio pitara el final. Y con el final, la decepción.


Solo tres años después, el club empezó su trashumancia entre Primera y Segunda, pero ese partido abrochó la «década prodigiosa», entera en la élite. El término le gusta mucho a Ramón Martínez, no solo porque sea el único decenio de la historia en que el Valladolid estuvo todas las temporadas en Primera sino porque, según dice, fue cuando más disfrutó de su trabajo. «Poca gente ha valorado lo que se consiguió esa década», subraya Martínez.

Es por ello que recordar este partido o el que hace 35 años otorgó la Copa de la Liga es de justicia. Las gestas que se cantan en el himno del Valladolid están en estos partidos. Recordarlas, de algún modo, es como marcar el gol del empate que nunca llegó aquel 30 de junio de 1989. Es como «empujar» el disparo de Hierro cinco centímetros más abajo y que sus lamentos en primer plano ese día en televisión se tornaran en alegría. La perla del sur, aquel jugador de época, consiguió varios títulos después pero el Real Valladolid ya no volvió nunca a estar ni cerca de una copa. Aquel equipo y su «perla» la merecían.

Hierro, con Moya y Gonzalo, en la entrevista aludida en el texto.
Su primera foto con la camiseta del Pucela
De izquierda a derecha: Moreno, López, Minguela, Fernando Hierro, Manolo Hierro, Fenoy, Endika, Torrecilla, Rubén Bilbao, Peña y Onésimo.
Selección Sub 21, con Fernando Hierro y Alberto, en 1988

El germen de una década prodigiosa, Osvaldo Cortés

Imagen del Valladolid, con Cortés, durante la Navidad de 1978 en el viejo Zorrilla
Osvaldo Cortés en la actualidad
En su presentación (imágenes cedidas por el exjugador)

José Anselmo Moreno.

Osvaldo «Petiso» Cortés (Buenos Aires, 6-1-1950) fue uno de los jugadores que integraron aquel Pucela memorable que puso las bases de la década prodigiosa (así le gusta a Ramón Martínez que la llame). Fue la de los ochenta, el único decenio en sus 90 años de historia en que el Real Valladolid estuvo todas las temporadas en Primera División.
Tras retirarse, estudió educación física y ha sido docente, incluso documentalista y bibliotecario por algún tiempo. Llegó a Valladolid procedente del Elche y desde aquí regresó a Argentina, donde jugó en el Platense y el Huracán antes de retirarse. Entonces solo se permitían en España dos extranjeros por club más oriundos, que no era su caso, lo que le impidió continuar tras haber sido titularísimo en liga y decisivo en la Copa del Rey de 1979.
Desde Argentina evoca aquella etapa con más afección y cariño que nostalgia: «El equipo que integré fue un ejemplo y un orgullo para mí, era un grupo con fuerza interior, confiado y valiente», subraya un Osvaldo Cortés recordado entre los aficionados por sus disputas de cabeza «propulsado» por un brutal tren inferior y, además, por sendos goles de falta que valieron un empate en El Sadar ante Osasuna (2-2), lo que clasificó al Real Valladolid para una semifinal copera ante el intratable Valencia de finales de los setenta.

PACHÍN, GENIO Y FIGURA

«Cuando llegué al club, con 28 años, había un entrenador nuevo «Pachín» (Enrique Pérez Díaz) y tengo tres palabras para él: directo, honesto y respetuoso», así define Cortés a un técnico que protagonizó diversas anécdotas y chascarrillos como cuando le dijo a un jugador que no fuera su novia a verle a los entrenamientos porque se la iban a quitar. Además, son conocidos sus enfados porque alguien de la plantilla de jugadores le había escondido el Interviú (después aparecieron cinco) y famosas también sus patadas al diccionario durante las charlas porque para Pachín (genio y figura) evidentemente era «invidentemente» y algunos nombres de jugadores extranjeros, auténticos trabalenguas.

Así era Pachín. Sin embargo, veía el fútbol con clarividencia y había sido campeón de Europa con el Real Madrid. Solo con ese bagaje se pueden «inventar» cosas como poner a un ariete de central y que funcione, al punto de que aquel jugador acabó su carrera en esa demarcación (Luis Miguel Gail).
Ese fue el entrenador al que tanto elogia «Petiso» Cortés, quien llegó a Valladolid tras jugar cuatro temporadas en Primera con un histórico Elche a las órdenes de preparadores como Roque Olsen, Felipe Mesones o Marcel Domingo. Allí tenía de compañeros a Gilberto, Gomez Voglino, Trobianni o Rubén Cano entre otros grandes jugadores que hicieron del equipo franjiverde una de las revelaciones de la liga. Gonzalo Alonso le echó el lazo atendiendo la recomendación de Ramón Martínez, quien entonces mezclaba con maestría cantera y jugadores consagrados como «El loco» Fenoy, Paco Fortes, García Navajas o el propio Osvaldo Cortés.
El defensa argentino recuerda que en Pucela se fue acomodando en las primeras semanas a una ciudad muy distinta a la capital ilicitana. «Cuando subí a las oficinas de la calle Angustias pensé que dónde me había metido, pero enseguida cambió mi percepción. Me gustaba mucho el ambiente del vestuario, los referentes de la plantilla, el entrenador, la afición y la prensa. Todo era familiar, ese era el secreto, yo sabía que en algún momento todos ellos y yo disfrutaríamos del fútbol, que es de lo que se trata».
Así fue, poco a poco y paso a paso el Petiso Cortés encontró su lugar. «Los veteranos me aceptaron enseguida y la comunicación era fluida», destaca Cortés quien señala que esas interacciones y la dinámica de grupo eran «muy fuertes» y que, a su juicio, había «talento, esfuerzo y liderazgos compartidos, especialmente con los más jóvenes». Se refiere a los canteranos Minguela, Gail, Lolo, Sánchez Vallés, Jorge, Borja y Juanjo Aragón. Cortés recuerda ante todo, las reuniones vividas fuera del fútbol, las salidas familiares (sobre todo a Segovia), los encuentros en el bar Estadio y en la bolera Holpas, próxima al viejo Zorrilla, o los asados en el pinar cercano a Puenteduero junto al río Pisuerga y que años después sería una conflictiva sede de Pingüinos.

LUCHANDO EN BUENA LID

En opinión de Cortés, todas esas pequeñas cosas le iban dando forma y valor a esa plantilla. «Teníamos un objetivo que era ascender, pero también estaba la Copa que a medida que avanzaba nos proponía otra meta, más responsabilidad y, sin todo ello, ese partido famoso contra el Espanyol en el torneo copero jamás se hubiera ganado». El argentino dice que aquel equipo de suplentes y juveniles que viajó a Barcelona tres horas antes del encuentro para ganar 1-2 en Sarriá comprendió el mensaje de Pachín que siempre proponía «ser valientes» y dejó huella o una especie de estela para el posterior e inminente ascenso.
Memorables son anécdotas de aquel encuentro en el torneo del KO porque varios jugadores empezaron a relacionarse en el avión y ni siquiera se llamaban por el nombre en el campo. Así, un jugador internacional del Espanyol (Rafa Marañón) al escuchar esa noche a su marcador preguntar el nombre del blanquivioleta Lorenzo (un juvenil que salía desde el banquillo) no pudo por menos que gritar: «Es que no se conocen y nos están ganando, no me jodas». El Valladolid, militando en Segunda, eliminó a un equipo que venía de jugar la UEFA. Una gesta de esas que se cantan en el himno primigenio del club, ese que habla siempre de luchar «en buena lid» porque hallar otra rima para el nombre de la ciudad es peliaguda tarea, más propia del poeta que prestó su apellido al viejo y nuevo estadio Zorrilla. Osvaldo Cortés recuerda que la personalidad y el liderazgo en aquella plantilla del 79, germen de la mejor época de la entidad, eran muy fuertes aunque no estaban en un solo jugador sino en varios. En ese contexto, destaca a Manolo Llacer, a Mario Jacquet, a Rusky, a Pepe Moré, a Antonio Santos y a Mellado. «Cada uno tenía un rol en el vestuario o en el terreno de juego, no había fisuras».


LO CORTÉS Y LO VALIENTE

El exfutbolista rememora que aquel equipo era «estable, corajudo y valiente» y recuerda que se cuidaban mucho «los afectos o los valores». Era una familia.
Sin embargo, lamenta que al final no se pudo conseguir ninguno de los objetivos (ascenso y final de Copa) por un solo gol en ambos casos, pero la recompensa fue «sentir que hicimos todo lo que pudimos». A veces el triunfo se encuentra en el esfuerzo, no en el resultado y «un esfuerzo total es como una victoria completa», reflexiona. No es mal planteamiento, tal vez por ello ese equipo y aquellos jugadores que se quedaron a un metro del objetivo son más recordados que otros mejor tratados por la fortuna. A menudo, la épica, el sufrimiento o un fracaso inmerecido congrega a más fieles. Acompañar la costumbre de ganar no es tan meritorio. No obstante dolió, y mucho, tener la gloria tan cerca y solo rozarla porque aquel Real Valladolid Deportivo venía de una larga travesía por el desierto. «Tras quedarnos a las puertas del éxito nos ayudamos y estrechamos vínculos entre nosotros, de esa forma disminuimos el margen de una frustración que era inevitable», asegura Cortés.
«Reconocíamos el valor en el compañero, sabíamos lo que podíamos dar porque faltó muy poco para triunfar y todo eso se demostró con el ascenso al año siguiente, con la misma base de plantel, yo ya no estaba pero me alegré muchísimo, me consideré parte y lo celebré desde muy lejos».
Así, con la celebración lejana de un ascenso que no disfrutó, termina su catalogo de recuerdos en Pucela un Osvaldo Cortés que fue internacional argentino, palabras mayores y algo muy poco frecuente entonces en equipos de la Segunda División española. Y es que fue integrante de la denominada «selección fantasma», el equipo que en 1973 viajó a Bolivia para entrenarse en altura y afrontar diversos partidos de cara al Mundial del 74 en Alemania.
Recientemente, la Televisión Pública Argentina presentó un documental que cuenta la historia de resistencia y espíritu deportivo de aquellos modestos futbolistas que formaban una selección argentina B, ya que las grandes estrellas jugaban en Europa. La paradoja es que, con el tiempo, aquel grupo se evidenció brillante e inolvidable con jugadores como Pato Fillol, Lucho Galván o Mario Alberto Kempes, que acabarían ganando el Mundial de 1978. Ser internacional le impidió ser oriundo en España pese a ser descendiente de gallegos.
Por esas cosas del destino Osvaldo «Petiso» Cortes (en Argentina «Baby» Cortés) también estaba merodeando por allí, en los cimientos de la Argentina campeona del mundo, igual que en los albores de la década prodigiosa del Real Valladolid. Tal vez su carácter supersticioso le hayan hecho ser un poderoso talismán a uno y otro lado del Atlántico y él, sin advertirlo siquiera, provocaba la cita con el éxito.

         

De izquierda derecha: Llacer, Jacquet, Serrat, Santos, Mellado, Cortés, Toño, Moré, Gilé, Rusky y Sánchez Valles. A la derecha, con la camiseta de la selección argentina

El último portero perdurable: Bizzarri

Una intervención suya durante un partido Osasuna-Valladolid en El Sadar
Imagen del pasado verano en Valladolid (fotos cedidas por Bizzarri)

José Anselmo Moreno

Hay mil motivos con los que trazar líneas en la historia del Real Valladolid. Uno de ellos es (ha sido siempre) el eterno debate en la portería. Probablemente, de los últimos 40 años todos tengamos a Carlos Fenoy, Mauro Ravnic y César Sanchez como referencias indiscutibles pero ha sido una demarcación complicada en la que apenas ha habido «poso» o jugadores consolidados, como sí los hubo en otras posiciones (la delantera). En épocas pretéritas sí que jugaron muchas temporadas consecutivas Saso o Manolo Llacer, entre otros. Pero hablemos de Albano Benjamín Bizarri y… ojo, que es el quinto extranjero con más temporadas y partidos en Pucela, muy cerca del cuarto. Tras Juanma Peña, Fenoy, Endériz y Harold Lozano, figura este cordobés de Argentina en esa relación histórica.

Él siempre dice que llegó muy joven a España, al Madrid y al Real Valladolid y que maduró bastante más tarde. Es llamativo, cuando le dices a Albano Bizzarri que es el último portero que estuvo más de cinco temporadas en el Valladolid (en su caso, seis) se lo toma como un valioso trofeo. Hace unos meses de esa conversación con él y «El Pipo» había dejado atrás su última temporada en activo, ¡con casi 42 años!. Se pensó si continuar o no, ya que su cartel en Italia era impresionante, hasta llegó a ser declarado mejor portero de la Serie A por la prensa transalpina. Al final, colgó los guantes.

ORGULLO PUCELANO

Conmueve su adhesión a Valladolid, donde mantiene algunas inversiones inmobiliarias, porque no solía demostrar públicamente ese enorme apego durante su etapa en España. «Es un orgullo para mí haber estado esas seis temporadas allí. La verdad es que fue una de las etapas más importantes de mi vida profesional y vuelvo cada año a Pucela porque he dejado grandes amigos».

Sobre su periplo aquí, precisa que tiene clavada una espina. «En mi época había un ambiente en la ciudad y en el vestuario que te hacían sentir que estabas en tu casa y precisamente por eso, sin lugar a dudas, el descenso en la temporada 2003/2004 fue el momento más triste de mi carrera deportiva», subraya.

Su mal recuerdo va más allá y casi pasa a ser una obsesión. «A menudo vuelvo atrás con el pensamiento y todavía me duele aquel descenso. Tengo clavado en el alma haber bajado y no conseguir subir con el Pucela, no haber podido celebrarlo por las calles como vi años después, esa será una de las grandes frustraciones de mi carrera», señala.

Aunque se le recuerde más por haber estado en el Real Madrid o por haber sido nominado mejor portero de la serie A durante la temporada 2008/2009, para él Valladolid es lo más especial. «Jugué años maravillosos allí, es un lugar muy agradable para cualquier jugador y siempre que me preguntan lo recomiendo, donde sea», dice Albano quien es muy habitual del restaurante Vinotinto cuando viene a Pucela, ciudad que a su hermana (Rosa) también apasiona.

Respecto al futuro del club en el que más temporadas ha jugado en su vida, Bizzarri se muestra muy optimista. «Ahora, de la mano de Ronaldo, el club puede crecer muchísimo y me alegro por la afición, a la que mando un gran abrazo».


Bizzarri compartió portería fundamentalmente con Ricardo López Felipe, a quién relegó primero al banquillo para después volverse la situación al revés. Tal vez Ricardo era más regular y el argentino más dado a los picos y los valles, aunque probablemente haya sido el autor de la mejor parada que quien esto escribe vio nunca a un guardameta del Valladolid. Una «atajada» (como dicen en Argentina) tras una falta que iba a la escuadra y… Bizzarri voló de palo a palo para quedarse con el balón.
Tras el argentino, o coetáneos de él, se pueden repasar en el banco de datos BD fútbol los porteros que han pasado bajo los palos del club de Zorrilla. Hay unos pocos… Aparecen nombres como el de Jon Ander (ya fallecido), Julio Iglesias, Orcellet, Lledó, Alberto, Asenjo Jacobo, Butelle, Justo Villar, Javi Jiménez, Jaime, Dani Hernández, Mariño, Varas, Kepa, Julio Iricíbar, Bruno Varela, Becerra, Pau Torres, Masip y Yoel.
Bizzarri llegó en la operación de César Sánchez con el Real Madrid (el «coyote de Coria» otro perdurable). Pese a venir con el cartel de un equipo grande, Bizzarri era todavía muy joven. Con 21 años recién cumplidos había dejado Argentina para fichar por el club madridista, donde se topó con el ya emergente Iker Casillas. A partir de ahí, hubo hasta ocho equipos y, además del Valladolid y el Nastic en la Primera Divisón española, militó como más destacados en Italia en el Lazio o el Udinese; hasta que en enero de 2019 firmó por el Foggia de la Serie B. Era su décimo club en Europa, todo un récord.


La temporada 2017/18 en Udine, lo que fue su despedida de la Serie A, jugó hasta 33 encuentros y, con cerca de 400 partidos entre España e Italia, es un caso raro de permanencia en Europa entre futbolistas formados al otro lado del Atlántico, donde Albano Bizzarri apenas atesora una breve trayectoria en el Racing. Lo último sonado que hizo en Italia fue pararle un penalti a Higuaín durante los últimos minutos de un partido entre el Udinese (donde es un ídolo) y la Juventus. El «Pipita» dijo que esa pena máxima estaba bien tirada, su problema fue que Bizzarri (irregular, pero siempre capaz de cualquier cosa) llegó a la base de su palo derecho como si fuera un entrenamiento con el disparo ya predeterminado.

Mucho antes, en el Racing de Avellaneda, ya se había dado a conocer por atajar penaltis. Fue en lo poco que dejó su impronta allí, al menos hasta que entró en la convocatoria de Argentina para una Copa América pese a salir tan imberbe de su país: «Llegué a pensar que ya nadie se acordaría de mi», subraya. Y es que desde 2007 fue una gran figura en el fútbol italiano, algo que pasó casi inadvertido en Valladolid donde nunca hubo unanimidad sobre su titularidad entre los aficionados, aunque sí entre los entrenadores. Salvo en una temporada, Albano Bizzarri fue siempre protagonista.

ÉPOCA DORADA

En el calcio jugó en Catania, Lazio, Génova, Chievo Verona, Pescara y en Udinese. Eso, contando solamente la serie A (Primera División italiana) en la que fue nominado mejor cancerbero en la referida temporada tras una votación de periodistas. Fue Bielsa, amante siempre de porteros más ágiles que grandes, quien le convocó para esa Copa América aunque ya no volvió a la selección nunca más.

Si en algo arranca unanimidad «El Pipo» Bizarri es en su talante de hombre tranquilo, de buen compañero y de buena persona, aunque en Valladolid tuvo un pequeño roce con Pepe Moré delatado por una cámara de televisión.
Cuando el técnico catalán iba a sustituir a Pablo Javier Richetti, su compatriota dijo desde la portería: «ahora no, que le están silvando». Tras hacerse el cambio se giró y tuvo alguna que otra palabra gruesa para su técnico. El hecho de que salieran en televisión aquellas imágenes no le gustó nada. «Este tipo de cosas aumenta la distancia entre los periodistas y los deportistas, no se debe hacer eso porque aquel comentario lo hice solo para mi y no en la cara de nadie».
Paradójicamente la relación con Moré, salvo esa anécdota, fue siempre buena y jugó muchos partidos con él. Ricardo le quitó el puesto en una partido en Riazor y ya no lo abandonaría hasta fichar por el Manchester. Después, uno fue internacional y el otro, una estrella en Italia. Y lo sigue siendo…

Albano Bizzarri durante un partido de la temporada 2002/03.

El jilguero elegante, Álvaro Rubio

Tras regatear a Pedro y salir de forma espectacular en una victoria sobre el Barcelona
De iqzda a dcha: Rueda, Jaime, Valiente, Rubio, Nauzet, Óscar, Peña, Balenziaga, Guerra, Víctor Pérez y Jofre
En un partido diputado en Riazor.
Durante una tertulia en la SER

José Anselmo Moreno

Álvaro Rubio ha sido uno de los jugadores más elegantes que uno ha visto de blanquivioleta. Su carrera empezó de central pero siguió y acabó, como era su destino, de cerebro. Se quedó en Valladolid, actualmente forma parte del cuadro técnico y el ámbito de la moda continúa siguiéndole los pasos. Además de ser hijo de comerciantes del mundo de la confección, su esposa vende sus diseños en un céntrico local de la capital vallisoletana. Amante de la Santa Espina y de su entorno, Álvaro se fue a jugar unos meses a la India tras dejar el Real Valladolid pero «El Jilguero», como le llamaba Marcos, nunca dejó de ser un pucelano más.

En 2015 dijo adiós a diez años en Valladolid. Se fue de forma elegante y sin darse importancia. Había lucido 311 veces la camiseta de un club donde vivió picos y valles pero siempre puso a todo ello el contrapeso de su fútbol con clase exquisita, la simetría y ese equilibrio tanto dentro y fuera del campo.

Probablemente, junto a dos internacionales como Eusebio Sacristán o Víctor, sea el jugador que más huella haya dejado entre la afición en las dos últimas décadas por su calidad, su entrega y su carácter solidario. De perfil discreto, nunca levantó la voz y siempre lo dio todo aunque aparentemente no fuera el típico jugador corajudo. Hay una anécdota que ilustra su modo de ser en su última temporada. Jugó una segunda parte lesionado pero no se marchó, aún a riesgo de empeorar su lesión, que empeoró. Todo porque su entrenador había hecho precipitadamente los tres cambios antes del descanso y no quería dejarle en mal lugar o que le afición se le echara encima.

Inteligente, técnico, aseado (como dicen los sudamericanos) y muy solidario en el campo, fue un centrocampista de los que actualmente, en los tiempos de la presión y del músculo, hay muy pocos. Dicen que en el suelo, los jilgueros se desenvuelven mejor que otros de su especie, manteniéndose siempre en postura erguida. Eso define gráficamente la elegancia de Álvaro Rubio. Se fue erguido y hasta rechazando, sin miramientos, una propuesta del club porque él quería ser «útil» y aún no se veía mentalizado para otra cosa que no fuera jugar. Por eso se fue unos meses a la liga de India.

RETIRADA Y CAMBIO DE ROL

A su regreso, sí acepto aquella propuesta. «No fue fácil cambiar el rol, la transición es dura porque sabes que no puedes volver a hacer lo que más te gusta y tienes que adaptarte a un papel muy diferente, necesitas un tiempo para darte cuenta, por mucho de que cuando vas siendo veterano ya lo pienses», dice «El arquitecto» otro de los montes que le pusieron sus compañeros.

Precisamente, por el hecho de haber colgado las botas hace poco, afirma que se siente “más un compañero que un entrenador” y que se vuelca especialmente en “fomentar la cohesión del grupo”. Álvaro siente “un poco de envidia sana” con el ambiente que hay actualmente en Zorrilla pues reconoce que como jugador nunca vivió esa comunión entre equipo y afición. A su juicio, la gente está muy volcada y eso «es fundamental».

Campeón del mundo sub 20 con la selección española, esa generación que acabó ganando el Mundial de Sudáfrica, Álvaro Rubio no ha ganado más títulos pero este medio centro, que se retiró con 37 años, ha repartido lecciones de fútbol sin apenas copas o medallas que adornen su palmarés. La precisión de su juego no era muy común. Tal vez con el tiempo, Álvaro Rubio Robres (Logroño, 18 de abril de 1979) perdió capacidad defensiva pero sus pases «de seda» aún le permitían sobrevivir en la elite.

DE ÁLVARO A RUBIO

Álvaro empezó a ser Rubio a orillas del Pisuerga para diferenciarle de su homónimo Álvaro Antón. Llegó con 27 años pero ni siquiera entonces era muy rápido, ni iba bien de cabeza o al choque, ni era un goleador, aunque todos los entrenadores que tuvo contaron siempre con él.

En Pucela, siempre conectó con la grada y el consenso en torno a su figura casi siempre resultó incontestable. Y es que muy pocos ha habido con su talante y su perfil de futbolista que inventa, que «dibuja» fantasía y que añade un impecable punto de cohesión al juego de sus compañeros.

La afición no pudo aplaudirle el último día en Zorrilla, consciente de que ya era su último partido. Su adiós se fue diluyendo un verano en que Herrera se pensaba si contaba o no contaba con él. Al final le confirmó que tenía seis centrocampistas y que no había hueco para él en la plantilla. De esa relación, sólo Joan Jordan era superior a él pero el riojano se marchó sin una mala palabra: «Herrera fue sincero, que es lo que yo le pedí», dice. Y el caso es que hubiera podido renovar antes de la llegada de Paco Herrera, pero no quería quedarse en el Valladolid «por estar» y llevarse parte de un presupuesto que estaba muy ajustado. Eso le parecía injusto para el club así que bajó la persiana a su carrera en la elite.

Después de eso jugó unos meses en la India, donde se proclamó subcampeón de la AFC Cup 2016 con el Bengaluru. En la India, asegura que vivió «un choque» de culturas y echó de menos a la familia. «La diferencia en el día a día es muy grande aunque tuve la fortuna de ir con otro español, vivíamos juntos y eso nos ayudó».
En opinión de Rubio, la gente de la India es «encantadora» y, aunque el idioma fue un «impedimento importante», califica la experiencia como fantástica. «Viví la miseria muy de cerca porque allí hay mucha pobreza pero todo lo compensa el cariño de la gente, la gente es lo mejor que tiene ese país».

En la India abrochó una carrera cuyos albores se sitúan en el Zaragoza, prosiguió su trayectoria en el Albacete y en julio de 2006 comenzó su historia aquí, cuando fichó por el Real Valladolid. Vivió ascensos y descensos, malos y buenos momentos pero nunca dio un solo disgusto o preocupación. Tal fue el reconocimiento, que el club puso «un foco» a su despedida y recibió la insignia de oro de la entidad. Eso, aunque Álvaro Rubio no era mucho de focos. La luz en el campo la encendía él. Ahora la pone en otro ámbito pero siempre con el balón muy cerca. Siempre se han llevado bien.

Abrazándose a Alberto Marcos el día de su homenaje antes de un partido en Zorrilla ante el Rayo Vallecano

El incansable con dos triadas: Torres Gómez

Cérsar, Vizcaíno, Turiel, García Calvo, Marcos, Santamaría, Torres, Chema, Eusebio, Víctor y Peternac
Con Rubio, Victor y Juan Carlos, entre otros, en «El Encuentro», bar de Santi Cuesta en Parquesol
Centrando con la derecha, su punto fuerte

José Anselmo Moreno

Hay quien debe retirarse del fútbol por la temible triada o, simplemente, ya no vuelve a ser el mismo. Javier Torres Gómez (Madrid, 9 de enero de 1970) jugó casi toda su carrera con dos, una en cada rodilla. Fueron 328 partidos con la camiseta del Real Valladolid (304 en Primera División). Llegó como centrocampista y ya con una operación de rotura de ligamento cruzado y menisco en su rodilla derecha. Nada más llegar, se produjo otra en la izquierda y tuvo que dejar su sitio a Chuchi Macón durante un partido en el Bernabéu de la temporada 93/94, con victoria blanquivioleta 1-3. Fue el día que marcó Cuaresma y Alberto acabó de central. Javi Torres volvió con una bolsa de hielo adherida a su rodilla maltrecha y teniendo lo peor. Ya había pasado por ello.

Se recuperó a base de sacrificio y horas y horas de rehabilitación. Mientras tenía lesionada una pierna, potenciaba el manejo de la otra. Tal vez por eso, cuando llegaba a línea de fondo y se quedaba encerrado, recortaba y centraba con la izquierda sin problema alguno.

CARRILERO POR VOCACIÓN

Pero se recuperó y acabó jugando de carrilero hasta su retirada tras una rotura muscular muy grave. Las alineaciones del Valladolid de Cantatore, Kresic o Manzano, entre otros, eran nueve jugadores más Torres Gómez y Marcos. Los centrales cambiaban, iban y venían, pero los carriles eran innegociables. Fueron dos puñales en banda que daban sentido y profundidad a la formación de cinco defensas. Siempre pensó que su sucesor sería Jonathan Martín Carabias pero la senda del fútbol es poco previsible.

Torres Gómez procedía de la cantera del Getafe y del Real Madrid Castilla donde coincidió con Vicente del Bosque y otro Torres. Era Torres Mestre, que acabó de lateral zurdo indiscutible en el Espanyol de Camacho, aunque durante los entrenamientos el técnico murciano le decía que se fijara en como centraba Santi Cuesta e hiciera lo mismo. Santi no jugaba nunca pero era el ejemplo a seguir. Javi Torres Gómez no necesitaba ejemplos de nadie. El ejemplo, dentro y fuera del vestuario, era precisamente él. Su comportamiento no tiene ni un solo borrón.

Tras retirarse fue coordinador de la cantera (ahí descubrió a Anuar y Toni Villa), entrenador del filial, y también del primer equipo en un encuentro en Barcelona antes de la llegada de Abel Resino. Allí hizo una alineación plena de lógica y empató a cero tras la sangría goleadora que arrastraba el equipo con Antonio Gómez.

Cuando salió de la entidad blanquivioleta entrenó al Villarreal C en Tercera y al Celta B en Segunda B. Tras acabar su contrato en el club gallego, el siempre inquieto Javi (hasta tiene estudios de Técnico Superior de Electrónica) dio vueltas a diversas ideas relacionadas con el deporte. Se vino para su casa de Parquesol pero enseguida se puso a cavilar sobre las posibilidades de desarrollar nuevos proyectos.

ESCUELA DE PADRES

Uno de ellos fue una escuela de padres. Tras jugar sus más de 300 partidos en Primera División era muy consciente de los comportamientos en torno a un campo de fútbol. Por esta razón, creó una escuela para educar a los padres. Los valores, siempre por delante.

“Somos los primeros en gritar al árbitro y en insultar durante un partido. Ese es el ejemplo que damos a nuestros hijos y, a menudo, se les queda más el ejemplo de lo que ven que lo que les decimos”, asegura Javi Torres con toda la razón del mundo.

Durante sus charlas, Torres trabajaba la empatía (ponerse en el lugar de). “Hay que ver lo que siente el árbitro, el entrenador y el padre de un jugador y tenemos que controlar las emociones porque cuando hay un insulto o una pelea yo pienso cómo repercute eso en la mente del niño que lo presencia”.

Pero no quedó ahí la preocupación por los demás del otrora carrilero. Promovió unos talleres de reminiscencia para personas mayores. El proyecto era tan edificante y agradecido que le dio casi tantas satisfacciones como el fútbol. Demostró que mediante los recuerdos, los himnos, las fotografías y la presencia de los propios futbolistas, muchos de los ancianos han rememorado aquellas épocas en las que el fútbol era parte de su vida. Fue un proyecto de la Asociación de Veteranos del Real Valladolid, presidida por Juan Carlos Rodríguez, Así fue como los exjugadores ayudaban a los mayores y como conocieron de primera mano la historia del Real Valladolid con gente que estuvo con Coque, con Morollón, con Saso, con los hermanos Lesmes…

Y es que Javi Torres llevaba dentro un alma de capitán. Lo fue en el Valladolid y cuando se retiró se formó en ‘coaching’. A su juicio, “tenemos mucho dentro por explotar, un director de grupo siempre tiene que escuchar, no solamente se trata de dar órdenes”.

A la Fundación Eusebio Sacristán, de la que también es patrono, vinculó no solo su escuela de padres, sino también escuelas de tecnificación en fútbol como la que su compañero Víctor Fernández desarrolla en el Parquesol, donde empezó jugando su hijo.

Siempre implicado y dispuesto a ayudar, como cuando en el campo tapaba el agujero que dejaba un compañero, Javi Torres también comentó la Primera División para la Cadena Ser. Ello suponía que los fines de semana se pegaba un atracón de partidos pero poco le importaba y en casa están acostumbrado a verle delante de la televisión analizando equipos, sistemas y hasta comportamientos de los protagonistas.

COMENTARISTA RADIOFÓNICO

Lo de la radio me venía muy bien porque me obligaba a seguir en contacto directo con la actualidad del fútbol aún más, si cabe. Sin embargo, aún mantiene la inquietud de seguir entrenando. “Me siento bien en un banquillo, pero mientras surge la oportunidad hay que formarse y moverse”.

Su conocimiento de la Primera y Segunda División es brutal. También habla de jugadores de Segunda B que pasan inadvertidos pero no para miradas atentas como la de Javi Torres. Dentro lleva a un observador del fútbol y de la vida. En el momento en que dejó de subir la banda en 2005 y de poner pases de gol (él sumó tres tantos en sus dos años en Pucela) Javi Torres se paró a pensar qué podía hacer él por el fútbol. En ello está y, a sus 49 años, mantiene la pasión por el balón y el ánimo de coger un banquillo para volcar sobre los demás su equilibrio y sabiduría calmada. Sin voces.

Dando una charla en la RS Hípica de Valladolid enmarcada en su proyecto de formación en valores Escuela de Padres
Con su amigo Retamero, que ha sido técnico en siete países diferentes

Portazos del fútbol: Javi Jiménez, Borja y los migrantes

Javi Jiménez en un encuentro de la liga Pro-Am
Borja Lara durante la campaña 76/77
Aridane Hernández y Raúl Navas, quienes coincidieron en el Real Valladolid B

José Anselmo Moreno

El fútbol cierra puertas y abre otras. Hay historias curiosas que traspasan generaciones pues, más o menos, son las mismas en una u otra época. Historias de cuando la vida cierra unos caminos y, al mismo tiempo abre otros. Son casos de aquello que pudo ser y no fue. O simplemente, fue de otra manera. También los que emigraron y hallaron su lugar fuera de aquí

Lo que sigue son historias que básicamente afectan a canteranos, casos de lesiones o decisiones puntuales de un entrenador entre otras circunstancias. La primera de ellas, por diferenciarla del resto, no afecta a la cantera y sí a un jugador que llegó para quedarse en Pucela y pasar a ser uno de los nuestros.

Doce, solo doce. Don Javier Jiménez Pozo jugó doce partidos a pleno rendimiento en el Real Valladolid durante la campaña 1999/2000, todos ellos impecables, pero una lesión de rodilla le impidió culminar lo que parecía un fichajazo que venía del Getafe, club que tradicionalmente se ha beneficiado de jugadores del Valladolid, casi siempre a coste cero, como Borja, Rafa, Sousa, Pedro León o Jaime Mata.

Jiménez sufrió una gravísima lesión en el cartílago de una de sus rodillas. Con ello, Valladolid ganó a un ciudadano que triunfa plenamente en la vida pero perdió a un futbolista de esos para muchos años, que era un portento físico y muy del gusto de la afición. Su sola presencia sujetaba el medio campo, llegaba a todas partes, el resto de los compañeros podían dedicarse a mirar hacia adelante. Una bestia que se entrenaba en manga corta a cuatro bajo cero.

Sin embargo, Javi Jiménez (Madrid, 30-4-1976) sufrió varias operaciones, incluso el injerto de un cadáver con una técnica experimental. Lo tenía difícil pero Javi es una roca. Intentó volver en un par de ocasiones y hasta lo consiguió pero ya nada era igual. Después de tres años de baja y ocho operaciones era casi imposible. La condición física del «patachula» (como le llamaba algún compañero) no daba para la élite y hubo de retirarse muy joven, con mucho fútbol aún por entregar. Es uno de esos ejemplos de lo que pudo ser y no fue, de los portazos que pega el fútbol.

Una vivencia muy parecida, salvando las distancias, es la de Francisco de Borja Lara Adánez. Era otro «todocampista», con mucha más calidad que Jiménez aunque de otra época y de otro fútbol. Borja jugó a finales de los 70 y a principios de los 80. Era un fenómeno, cortaba, organizaba, dirigía, veía pases donde no les veía nadie y chutaba con violencia y precisión. Un pack muy caro en el fútbol, un diamante de muchos quilates. Tan bueno era que estando el Valladolid en Segunda debutó con la selección sub 21 y el club ya tenía un preacuerdo con el Real Madrid cuando sufrió su primera lesión, también de rodilla.

Empezó en el equipo del San José, en el patio de ese colegio jugaba algún partido con los alumnos una vez retirado y la rodilla se le ponía como un botijo. El Real Valladolid le fichó con 17 años recién cumplidos para jugar en la recién creada Liga Nacional Juvenil. Ese mismo año subió al primer equipo. Se estrenó un 12 de diciembre de 1976 frente al Calvo Sotelo de Puertollano. Borja crecía en cada partido, su potencial y su presencia en el campo se agigantaban hasta que llegó la primera lesión de ligamentos. Ya mermado, participó en el ascenso de la temporada 79/80 y jugó al setenta por ciento de su físico en Primera División. Aún así era titular con Paquito pero el españolista Ayfuch lo remató en un choque disputado en Sarriá. En este caso, Pucela perdió a un jugadorazo de época pero la Facultad de Derecho ganó a un magnífico (y paciente) profesor de Economía y la Fundación Municipal de Deportes a un extraordinario gestor. Lo de las puertas que se cierran y se abren. Otra vez el fútbol y sus trampas.

SALIERON Y TRIUNFARON

Historias diferentes aunque de ese mismo perfil, de cuando se cierran unos caminos y se abren otros, también futbolísticos en estos casos, atañen a varios canteranos que tuvieron que salir del Valladolid y triunfaron en otros equipos. Tal vez una de las vivencias más curiosas sea la del defensa central Aridane Hernández. Ahora indiscutible en un equipo que triunfa en Primera, como Osasuna.

También fue clave Aridane en el regreso del Cádiz a la élite pero lo que quiero recordar es el contenido de una llamada telefónica relatada por el protagonista. La historia es muy anterior a su actual eclosión en Primera. Había jugado un año aquí siendo juvenil y el entrenador de Aridane en la cantera pucelana, Paco de la Fuente, le llamó un verano al no verle en los Campos Anexos al inicio de la pretemporada. El jugador le dijo que pensaba dejar el fútbol. Vivía en una caseta con su padre, que era pescador, en una aldea de Fuerteventura. En el transcurso de esa conversación, Paco le convenció para que regresara a Valladolid y ese mismo verano Mendilibar le pidió un central para completar el plantel que salía inmediatamente para la estadía en Mierlo. La recomendación de Paco de la Fuente, que nunca vivió del fútbol pero que ve más allá de lo inmediato, fue precisamente Aridane. El jugador canario destacaba técnicamente pero se le tachaba de frío. Aunque Paco le intuía un futuro en la élite, al final Aridane Hernández no acabó de cuajar en el primer equipo del Real Valladolid. Solo jugó algunos partidos intrascendentes aunque sí fue convocado para un encuentro de Primera.

Aridane (Ari para sus compañeros) se fue y empezó de cero en el Ceuta, más tarde en el Eldense, el Alavés, el Cádiz y su definitiva aparición en Primera con el Atlético Osasuna. Estuvo a punto de dejarlo todo pero se ganó (y se gana) la vida como profesional del fútbol. El defensa majorero forma parte de ese grupo de jugadores que se le escaparon al Valladolid de su cantera y destacaron en otros equipos. Aunque no son muchos, aquí se les dió con la puerta en las narices al tiempo que se abrían otras para ellos en otros clubes.

Desde la época de Rubén Baraja no había habido ningún caso especialmente relevante hasta los de Raúl Navas y Quique González. Navas debutó con Javier Clemente en la temporada 2009/2010 y se permitió el lujo de tirar un caño en el Camp Nou durante un partido decisivo. Al final, tampoco se asentó y hubo de empezar desde abajo, en el Celta B, para jugar después muchas temporadas a gran nivel en el Eibar, la Real Sociedad y ahora en el Osasuna, precisamente junto a Aridane.

Otro caso llamativo es el del referido Quique González. Debutó con el primer equipo en un amistoso en Iscar y anotó tres goles cuando acababa de cumplir los 18 años. Parecía que iba para jugador grande pero Abel Resino decía que no era delantero y prefería a Bacari. La historia dice que Quique se regeneró en un goleador brutal actuando de ariete en el Guadalajara, donde marcó 25 goles y llamó la atención del Almería en Primera. Por él se han pagado sucesivos y cuantiosos traspasos porque hubo un tiempo en que no bajaba de los 15-16 goles por temporada.

Algo similar, aunque sin tantos goles que contabilizar, es lo de Rubén Peña, jugador abulense que volvía locos a los defensas del Promesas cuando se median al equipo de la capital amurallada. En esta ocasión fue él quien decidió arriesgar porque no veía claro su futuro en Pucela. Así las cosas, se marchó al Guijuelo y después al Leganés, donde pasó a jugar de delantero y anotó nueve goles en Segunda. Acabó siendo un jugador polivalente que igual jugaba en punta, que de defensa o de extremo de ambas bandas, todo ello con un rendimiento extraordinario en el Eibar y después en el Villarreal, donde se ha asentado como lateral. Otro lateral que se escapó de Valladolid para llegar incluso a ser internacional fue Sergio Escudero.
A punto estuvo de escaparse también Toni Villa porque a Paco Herrera, por más que lo negara, no le acababa de convencer. A última hora, Carlos Suárez incluyó una cláusula de recompra en su traspaso a la Cultural Leonesa y menos mal, porque era obvio que Toni sí valía para el Real Valladolid aunque su progresión se adivina mucho mayor. Tiempo tiene, recientemente ha renovado su contrato hasta junio de 2023.

Hay decisiones muy complicadas con los jugadores de cantera. Es difícil determinar cuándo un futbolista joven ha tocado techo o ya no puede dar el paso definitivo. Así por ejemplo, de Valladolid se marchó el último verano David Mayoral, extremo que apuntaba, y mucho, pero al que las lesiones no dejaban progresar. También dejó volar el Valladolid a Carlos Lázaro pero en este caso estaba muy claro que su rodilla derecha no estaba en condiciones de rendir al máximo nivel y, de hecho, se ha retirado joven y actualmente trabaja en el área de Deportes del Ayuntamiento de Olmedo, su pueblo. Otro que quedó libre fue el lateral Felipe Afonso, quien se fue al Villarreal con el riesgo de que despuntara, como así parecía. Había debutado en un partido de Copa con solo 17 años pero su progresión se detuvo, como también le sucedió a Asier Arranz, extremo ambidiestro que empezó siendo titular con Mendilibar y cuya carrera se paró en seco, ahora juega en Chipre tras hacerlo en la Gimnástica Segoviana. Apuntaba alto, como Alvaro Antón, con quien compartió vestuario, pero ambos se quedaron en menos de lo que prometían. El guardameta Javi Jiménez, también formado aquí, debutó en Primera División con el Levante y no con el Real Valladolid. Ahora milita en el Hércules.

Hay casos a la inversa como los de jugadores que dejaron escapar otros equipos y a los que el Real Valladolid acabó sacando rendimiento. El último ha sido Fernando Calero, a quien dejó escapar el Málaga. Sin embargo, los más significativos han sido los de Fernando Hierro y José Luis Pérez Caminero.

DIFICIL DECIDIR

Como señala un exentrenador del Promesas, Manuel Retamero, a ciertas edades es muy difícil decidir y es fácil equivocarse. Recuerdo un ejemplo de todo esto. En un partido de la extinta Liga sub 19, a primeros de los 90, se medían en los Anexos Julen Guerrero (ya jugador mediático) y el vallisoletano Angel Manuel Mata. Ambos eran los cerebros de sus respectivos equipos y aquel día Mata se comió a Guerrero. Cualquiera de los que vimos aquel partido hubiéramos fichado al pucelano si nos hubieran dado a escoger.

Pues bien, el bilbaíno fue internacional al poco tiempo y Mata tuvo que dejar el Real Valladolid para jugar muchos años en equipos de Segunda B como el Marbella, el Castellón o el Conquense, entre otros. Precisamente, hablando de la cantera bilbaína, el Athletic Club ha tenido que recomprar y pagar a precio de oro a muchos jugadores criados en Lezama y que habían sido descartados. El caso más llamativo es Aduriz, al que ha tenido que comprar en dos ocasiones y una de ellas al Real Valladolid por tres millones de euros en 2006.
Así pues, no han sido muchos los errores del Pucela en comparación a los cometidos por otros clubes pero sí ha habido futbolistas que se han ido de aquí y, a cambio, llegaban otros mucho peores. El triunfo y el fracaso dependen de muchas cosas, algunas veces de un golpe de suerte o de un entrenador concreto que de o no confianza. Es la teoría que siempre defiende Oscar González, los entrenadores son fundamentales en la carrera de un jugador. Y razón no le falta. Sin embargo, como se ve en estos ejemplos, a veces se cierran unos caminos y se abren otros. Las puertas del fútbol, como a veces en la vida, también son giratorias.

Asier en un partido con la Gimnástica Segoviana
Quique González con la camiseta del Promesas

Gilberto Yearwood, posiblemente el mejor

De izquierda a derecha: Llacer, Djurovic, Santos, Sánchez Valles, Borja, Gail, Moré, Pepín, Juan Manuel, Gilberto y Rusky
Con su acta de Diputado Nacional en 2018

José Anselmo Moreno

El debate puede ser muy amplio pero como esto es solo un pequeño boceto de la historia de Gilberto Yearwood vamos a darla cortita y al pie. A mi juicio, entre Edu Manga, Yáñez y Gilberto está el mejor extranjero que yo he visto con la blanquivioleta. Si me das a elegir, como dice la canción de Chunguitos versionada ahora por Rosalía, posiblemente diría: «Gilberto, me quedo contigo». Y es que el hondureño hubiera sido un jugador de esos que marcan una época de no haberse destrozado una rodilla. También me quedo con Gilberto porque los otros dos no tuvieron lesiones graves y porque la potencia y la clase del hondureño no la he visto en nadie más. Para la memoria colectiva de los aficionados vallisoletanos quedó aquel «zapatazo» al Barcelona en el viejo estadio. Se veía que iba a ser el gol de la temporada nada más salir el balón de su bota derecha. Así era su disparo: seco, salvaje, rotundo e incontestable.

Costó 28 millones de pesetas y llegó del Elche con la temporada 80/81 ya empezada. Era entonces mucho dinero, hasta llegó a plantearse una derrama, pero el equipo necesitaba claramente un refuerzo porque había empezado muy mal la Liga, encajando muchos goles. Djurovic, un central ya fallecido y fichado aquel verano, tardó bastante en adaptarse y, de hecho, tuvo que ser sustituido antes del descanso en un partido en casa contra el Sevilla (2-3) porque Morete le volvió loco.

El primer partido de Gilberto de blanquivioleta fue contra el Espanyol, lo jugó de medio centro pero es que jugara donde jugara su presencia en el campo era siempre indiscutible. Ya la temporada anterior jugando en el Elche se encargó él solito de igualar un 2-0 en contra en el viejo Zorrilla. Primero marcando el 2-1 y después empujando a su equipo hasta hacer desear a todo el estadio que se acabara el partido.

La última vez que vi a Gilberto fue en Pekín, donde dirigía al combinado olímpico hondureño. Fue poco antes de un partido ante Italia en el estadio de Los Trabajadores de la capital china. Y para ser sincero, desconocía que estaba allí y ni siquiera le reconocí físicamente, lo leí en su acreditación colgada al cuello. Ahora Gilberto se dedica a la política y la transición del campo al despacho, como en el caso de Luis Minguela, la ha llevado muy bien, aunque en política «no hay un partido y una revancha cada semana».

UNA ESTRELLA SIN FORTUNA

Gilberto Jerónimo Yearwood jugó en el Real Valladolid del 80 al 83, pero a pleno rendimiento bastante menos tiempo, ya que tras romperse los ligamentos cruzados de su rodilla derecha en el entonces Luis Casanova de Valencia nunca volvió a ser el mismo. Iba para jugador grande ya desde muy joven. En 2004 fue elegido mejor futbolista de Honduras de la historia y allí, en su país, fue campeón de la liga con solo 17 años, formando parte del Deportivo España.

Era ya algo más que un proyecto de estrella cuando llegó a Pucela. Como dato hay que apuntar que su tirón mediático propició una gira del Real Valladolid por tres países latinoamericanos al término de la temporada 80/81. Ahora, como diputado nacional en su país, sigue siendo todo un personaje en Honduras. «De Valladolid tengo grandes recuerdos, salvo la lesión. Es una ciudad muy interesante desde el punto de vista cultural y además muy linda», dice el exjugador nacido en San Pedro Sula hace 63 años.

Su fichaje fue una operación sorprendente con el sello inconfundible de Gonzalo Alonso. Vamos por partes. Gilberto llegó a España en la temporada 1977/78 fichado por el Elche, donde jugó más de 30 partidos por temporada en sus tres años en el conjunto ilicitano. Allí coincidió con otros latinoamericanos como Trobbiani, Finarolli, Gómez Boglino o el también exblaquivioleta Osvaldo «Petiso» Cortés.
Gilberto había destacado, y mucho, en una fase previa del mundial juvenil del 75 y el Elche de entonces, que dominaba el mercado sudamericano, ya le echó el ojo en aquel torneo. Con su llegada se conformó aquella defensa mítica de los alicantinos formada por Campello, Casuco, Quesada y el propio Gilberto, más Esteban en la portería.
Ramón Martínez llevaba tiempo tras él y supo aprovechar que el hondureño tenía en verano del 80 un desencuentro con el Elche. Era un jugador al que la Segunda se le quedaba muy pequeña y que, además, aún ocupaba plaza de extranjero pese a haberse casado con una española. Así las cosas, el Valladolid se adelantó a otros clubes que tenían sus plazas ya ocupadas (entonces solo podían jugar dos foráneos).

«Betis y Zaragoza me querían pero al final se concretó lo del Valladolid adonde llegué con la temporada empezada y debuté contra el Espanyol en casa. Ganamos el partido y la gente se volvió loca porque creo que fue nuestra primera victoria». Y así fue, seis jornadas había tardado ese Pucela, dirigido por Paquito, en sumar dos puntos de una tacada. Aquel fue el primero de los 65 partidos que jugó Gilberto de blanquivioleta con un rendimiento brutal hasta la tarde negra de Valencia.

No se pregunta qué hubiese sido de su vida sin esa lesión porque subraya que «las cosas hay que aceptarlas como son y ya está, no sirve de nada dar vueltas». En aquellos años el Real Valladolid perdió por sendas lesiones de rodilla a quienes posiblemente han sido su mejor jugador nacional, Borja Lara, y su mejor extranjero, Gilberto. La Ley de Murphy. Inexorable.

Si Borja hubo de retirarse, Gilberto no volvió a ser el de antes a partir de su triada y, de hecho, ya no jugó en un Real Valladolid que, aprovechando sus cesiones a Celta y Tenerife, fichó a otros foráneos como Polilla Da Silva o Mágico González. Esa misma temporada, la de la lesión, se dio de alta temporalmente al argentino Alí Navarro que estaba sin ficha. Cuando Gilberto ya se desvinculó del club vallisoletano volvió al Elche y allí jugó una temporada y media más. Tal vez, su mejor rendimiento tras la lesión sufrida en Valencia lo ofreció en el Celta de Vigo, con el que ascendió a Primera División.

Gilberto no ha vuelto a Valladolid desde los fichajes de los hondureños Guevara y Pavón en verano del 95 y enero de 96, pero confiesa que sigue «desde siempre» al equipo en la distancia. Tampoco Valladolid le ha olvidado porque Gilberto Yearwood era lo más parecido a un astro. De hecho, hizo un Mundial 82 impecable y protagonizó un partido impresionante contra España (1-1) comandando una selección hondureña corajuda y modesta. Entonces se habló del interés del Real Madrid. Poco después, el día de El Pilar de 1982, se lesionó.

No obstante siguió jugando hasta los 37 años, cuando se retiró en el Olimpia de su país. «Podría haber seguido pero yo quería dejar el fútbol a buen nivel y en aquel momento decidí poner fin a mi carrera». A partir de ahí, dirigió a varios equipos hondureños y al Motagua lo hizo campeón. También entrenó en otros países hasta que el año pasado dio el salto a la política formando parte del Partido Nacional, por el que es actualmente Diputado en Cortes.

«Me ayudó en política que la gente me conocía de mi carrera deportiva pero ser conocido te obliga incluso más, no puedes decepcionar a esa gente», asegura el exjugador que difícilmente defraudaría a nadie porque siempre se dijo de él que era un pedazo de pan, tan humilde y buena persona como gran jugador.
De España y de Valladolid guarda un gran recuerdo. «No puede ser de otra manera porque tengo tres hijas españolas», precisa el exjugador, cuyo hijo pequeño se dedica también al fútbol.

Este pequeño homenaje y una semblanza para quienes no le conocieron era algo que le debía a Gilberto. Y se lo debía desde aquel golazo de cuarenta metros al Barcelona. Recuerdo a Pepín pegando saltos y yendo a recoger el balón al fondo de la portería mientras los defensas del Barça se miraban asombrados y aturdidos, como el boxeador que encaja un golpe y no sabe ni dónde está. Yo andaba por allí, justo detrás de aquella escena, en la grada del fondo norte y viendo el partido «a cuadros», entre los agujeros de una valla metálica entonces inevitable. Aquel balón acabó en mis manos minutos después del golazo del crack hondureño. Pensé que vería muchos más goles de Gilberto como ese o parecidos. Ahora, sabiendo el resto de la historia, creo que no debí devolverlo… (el balón). Fue irrepetible. Aquello nunca volvió a suceder.

El exjugador hondureño en la actualidad
Junto a Stielike y Sánchez Valles.
Desde la izquierda: Borja, Santos, Moré, Gilberto, Fenoy, Rusky, Jorge, Eutiquio, Pepín, Duque y Gail.

Isa y muchos más, vienen y se quedan

El serbio Dragan Isailovic, segundo por la derecha en la fila de abajo (Liga 98/99)
Rompiendo «cinturas» en un partido de fútbol sala
Foto con Luciano Laguna y Zoran Vekic, jugadores aludidos en el texto

José Anselmo Moreno

Si hablamos de aquellos jugadores que ficharon por el Valladolid y, a cambio, la ciudad los fichó para siempre la relación sería inmensa. Como hay que empezar por alguno, será uno de los que vino de más lejos y que es muy activo en la vida social de la ciudad, Dragan Isailovic. Es el primer ejemplo, después repasaremos algunos más pero es imposible citar a todos.


Cabe recordar que Isailovic continúa siendo el fichaje más caro de la historia del Valladolid, su valor estaba justificado porque en 1998 era un proyecto de estrella -el nuevo Mijatovic- y acababa de hacer uno de los goles más recordados en su país, pero tras vivir la cara más ingrata del fútbol, ha regentado un restaurante japonés y ahora una instalación de fútbol en el Polígono de Argales.
La transición al sushi no fue fácil para él. La primera vez que lo probó fue hace varios años en Marbella, no le gustó y hasta lo comía con pan… Es curioso porque Dragan admira ahora la cultura nipona, como esas huelgas a la japonesa y sus efectos perversos. «Trabajan el doble y acaban perjudicando al jefe porque producen más, bajan los precios y algunas cosas no tienen salida, son increíbles», dice.
Tiene el título de entrenador, que sacó en Serbia, pero todavía no lo ha podido convalidar en España y ni tiene tiempo porque sus negocios ocupan «el noventa por ciento» de sus días». Es un emprendedor nato.

Cuando no hace mucho miraba a su alrededor, entre mesas, platos y palitos de sushi, decía con un punto de extrañeza: «Nunca pensé que acabaría abriendo un restaurante pero la vida da muchas vueltas». Ahora promueve partidos de fútbol en su instalación indoor y cuando no se llega al cupo necesario juega él. Tantos partidos hacen que cada vez sea menos individualista, por cierto.
Isailovic, Isa para los amigos, también montó otro restaurante italiano a medias con su socio al lado de la catedral. Calidad, esmero y atención. Y es que no siempre te puede asignar una mesa un futbolista cuyo valor llegó a superar los 3,5 millones de euros.

Dragan Isailovic (Obrenovac, 12-1-1976) fue internacional en todas las categorías en su país y su destino eran la fama, los focos y, probablemente, un Ferrari Testarossa.
Sin embargo, una grave lesión de rodilla lo malogró todo. Procedía de ese Partizan en el que se formaron Pantic, Paunovic, o Ciric y llegó avalado por un contrato de cuatro años en los que vivió calamidades, lesiones o hasta una guerra en su país desde la distancia. De Valladolid saltó a un Burgos con el que a punto estuvo de subir a Primera División y, después, se fue al Marco portugués pero allí cesaron los técnicos que apostaron por él y no le fue bien. Otro revés, pero siempre se levantó

UN PUCELANO DE SERBIA

Para volver a empezar eligió Pucela. Vivía entre Parquesol y Cabezón de Pisuerga, estaba a punto de firmar por otro club cuando un gélido día de enero, entrenándose con el filial, se rompió una mano. Dice que hacía tanto frío que no sentía ni dolor. Obviamente, se quedó para recuperarse en Valladolid y después se marchó al Larnaca chipriota. Allí consiguió la Copa y marcó veinticinco goles, más tarde se fue al Kitex búlgaro donde jugó la UEFA para, después, volver a Chipre. De regreso a España, fichó por el Alcoyano.

Como dice Dragan, la vida da muchas vueltas. Tantas como para él ha dado el fútbol. Y mientras ese «carrusel» de la vida giraba, ha aprendido hasta siete idiomas. Entre ellos, claro, algo de japonés. Ahora su hijo juega en el Benfica, que ha apostado decididamente por él. Es un auténtico tanque. Aún recuerdo al padre ilustrándole sobre los trucos del fútbol en los partidos de los martes entre amigos. Isa junior (Álex) acudía con 10-11 años. Poníamos cuidado en no hacerle daño y evitar chutar fuerte si él estaba merodeando, viéndole tan pequeño. Ahora ronda los dos metros.

Vamos con el resto de «oriundos» pucelanos porque Valladolid parece ejercer un efecto de adherencia o seducción para futbolistas de otros lares que vienen a jugar. Al habla con algunos de ellos, destacan el hecho de ser una ciudad próxima a Madrid, bien comunicada, con todos los servicios y con notable calidad de vida. Varios se han casado con vallisoletanas y ya se sabe, de ahí a ser pucelanos de adopción hay un paso. Sin embargo, muchas veces no se dio el caso de establecer lazos familiares. Los ejemplos de Pepe Moré y Rusky son dos situaciones harto elocuentes. Tras retirarse y hablar con sus esposas catalanas acordaron quedarse en Pucela porque también ellas compartían su gusto por la ciudad.

MUCHOS ORIUNDOS

Hay incluso casos de exfutbolistas que han estado una sola temporada o dos y que se han quedado para siempre en Pucela. Otros han ido y venido en varias etapas como jugadores y lo siguen haciendo ahora porque viven a medio camino entre otra ciudad y Valladolid. Uno de ellos es José Luis Pérez Caminero. Cuando llegó, en verano de 1989, su novia madrileña pidió el traslado de su trabajo en El Corte Inglés y se vino con él. Cuatro años más tarde abandonó la ciudad para fichar por el Atlético de Madrid, pero siempre dijo que Valladolid era «el sitio ideal» para vivir y que, tras retirase, se afincaría aquí.

Después de residir en Boecillo, compró una vivienda en el centro en la que, por cierto, está empadronado pese a que su carrera deportiva ha dado muchas vueltas. Otro ex jugador que se asentó en Valladolid fue el agente de futbolistas Zoran Vekic. Llegó en la temporada 79-80 en la que ocupó una de las dos plazas de extranjero en la plantilla, junto a su compatriota Miroslav «Tito» Bebic. Sólo estuvo un año y posteriormente jugó en un par de equipos de la Liga Francesa, pero al retirarse regresó a Valladolid donde regentó una tienda de moda masculina y su primer despacho de representación de jugadores, que posteriormente trasladó a Madrid.

Otro jugador que sólo estuvo una temporada y se quedó para siempre fue el lateral vizcaíno Rubén Bilbao. Llegó en la campaña 87-88 procedente del Atlético de Madrid, se casó con una vallisoletana y sigue viviendo en Valladolid donde se le puede ver cada tarde machacándose en el CDO de Covaresa. Sigue fino y en forma. Allí también acude Sisi cuando está en Pucela. El jugador manchego, que milita ahora en un equipo japonés, tiene inversiones en Valladolid. Además de tener alquilado su chalet en El Peral, se introdujo en el negocio del vino y en ello sigue.

Un caso paradójico es el de tres futbolistas que vivieron juntos cuando coincidieron en el equipo blanquivioleta. Se trata de Gabriel Moya, Fernando Hierro y Gonzalo Arguiñano. Los tres se casaron en su día con vallisoletanas y siguen teniendo vinculación con la ciudad, sobre todo el último de ellos que continúa residiendo aquí.
Exjugadores como el madrileño Alberto López Moreno, los leoneses Juan Carlos Rodríguez y Jorge Alonso o el zamorano Antonio Santos se establecieron también para siempre en Valladolid tras haber jugado varias temporadas en el club.
Otro caso curioso es el de los exjugadores Santi Cuesta y Víctor Ferreras, ambos internacionales en categorías inferiores con la selección española. El primero llegó de Avilés (Asturias) y el segundo de Benavente (Zamora) y acabaron entablando lazos familiares (han sido cuñados), ya que contrajeron matrimonio con dos hermanas del vallisoletano barrio de La Victoria. Precisamente en este barrio del norte de la ciudad tiene un negocio de hostelería Luciano Laguna, un lateral que vino en los ochenta desde el Oviedo, que estuvo muy poco tiempo y que aqui se quedó. Formado en el Barça, mucha gente no recordará a Laguna porque jugó muy poco igual que el caso del argentino Rubén López, quien regenta un bar en la zona de Las Batallas y que fue un delantero que jugó a finales de los 70 en Pucela.
Mucho mas recientes son el extremeño Víctor Manuel Fernández y los madrileños José Antonio García Calvo, Alberto Marcos, Javi Jiménez o Javier Torres Gómez, quienes también se quedaron en Valladolid cuando abandonaron el fútbol.
Hay muchos más porque el embrujo del Pisuerga resulta imparable y, de hecho, no hay muchos ejemplos de jugadores vallisoletanos que hayan optado por asentarse en otras ciudades tras dejar el fútbol. Dos de ellos son Gregorio Fonseca, afincado en Málaga, y Javier Sánchez Valles (como Cardeñosa) , en Sevilla. Ambos jugaron en el Málaga y el Real Betis, respectivamente.

Es imposible hablar de todos los que echaron raíces porque en estos tiempos de la España vaciada que, por fortuna, no es un problema que afecte a Pucela, el fútbol ha servido hasta para fijar población en una ciudad diversa, abierta y que acoge siempre. Tal vez va en su carácter después de absorber en los 60 a la gente de los pueblos que venía a trabajar a FASA. Es Valladolid y el embrujo del Pisuerga.

Imagen de los ochenta con Llacer, Moré, Aramayo, Jorge y Rusky, que echaron raíces en Pucela

Walter, melena al viento y el mundo por montera

Walter Óscar Lozano en la actualidad (fotos cedidas por el jugador)
Walter durante un partido en Zorrilla
De izqda a dcha: Alberto, Iván, Gracia, Walter, Correa, Najdoski, Lozano, Torres, Cuaresma, Ferreras y Alfaro.

José Anselmo Moreno

Esto sí que es un boceto cogido con alfileres porque Walter Lozano y yo tenemos una conversación pendiente para discernir (y discutir) lo que sí y lo que no. Demasiados amigos y cosas en común, demasiadas historias y, como dice un viejo maestro, hay que «guardarse» bien de lo escrito en un libro porque queda para siempre.
Walter Óscar Lozano (San Luis, Argentina, 9-1-1966) ya llegó con polémica sobre su fichaje y su precio, de lo que él no tuvo culpa ninguna. Había tenido ya, pese a su juventud, un buen recorrido en su país porque jugó con Independiente de Avellaneda la Copa Libertadores, ahí es nada, pero el caso es que a Pacho Maturana no le gustaba y tuvo que salir cedido al Lleida, donde se convirtió en líder y en una especie de divinidad. Por esas cosas del fútbol, aquella campaña (91/92) los ilerdenses subieron a Primera y el Pucela descendió.

A Valladolid llegó como defensa central y acabó siendo el cerebro del medio campo (un todocampista) la temporada en que el equipo ascendió (1992/93) después de caer al pozo de Segunda por vez primera tras la década prodigiosa. Con Javi Rey a su derecha y Rachimov a su izquierda, Walter sujetaba el medio campo y, cuando los partidos se ponían bravos, su melena adquiría una presencia notable e inconfundible. Después, con Damián a su derecha y Miguelo a su izquierda, ya en Primera, soportaba el trabajo defensivo de un 4-3-2-1 que a veces disponía Moré antes de hacerse militante de la formación con tres centrales.

Siempre con la camiseta por fuera y poco dado a la fantasía, el juego de Walter era práctico, aspirando cualquier balón perdido y ayudando siempre al compañero de al lado. Estaba muy lejos de ser un fino estilista, era más de apretar, hacer faltas tácticas (y no tan tácticas) y de ir a lo fácil, sin complicarse con el balón. Ahora trabaja en el ministerio de Deportes de Argentina y es de los que también sigue al Pucela en la distancia y viene con frecuencia porque su madre vive en Valladolid.

CARÁCTER ARGENTINO

Aquel equipo que subió en la referida 92/93, con Walter al mando de las operaciones, contaba con Onésimo y Amavisca en las bandas y Alberto de ariete. Si podía jugar un 4-3-3 era porque Walter cubría mucho campo, eso supo verlo Saso y más tarde, Felipe Mesones. Tenía bastante más aquel equipo, ya que el lateral zurdo era un tal Iván Rocha (a veces Chelis) y Cuaresma, Najdoski y Manolo completaban una defensa en la que Caminero era el mariscal.
Como anécdota hay que recordar que Najdoski debutó esa temporada en que las faltas las tiraba siempre Iván Rocha, con potencia pero no siempre con puntería. Después, el central macedonio empezó a meter golazos de libre directo a pares, tanto en los partidos como en los entrenamientos. Teledirigía el balón, que siempre superaba la barrera sin dificultad ninguna. Todas iban a puerta. En su español incipiente y malo, un día «deslizó» que él las tiraba siempre en su país. También comentó, ante la sorpresa de todos, que si no lo había dicho o no las había tirado antes era porque nadie le había preguntado. Walter se revienta a reír con historias de aquella gran temporada llena de anécdotas entre amigos y gente con mucha personalidad. Ilíja Najdoski, por cierto, había llegado ese verano del inolvidable Estrella Roja con el que fue campeón de Europa en 1991. Nada menos. Curiosa historia la suya, pronto aparecerá por aquí.

Volvamos a Walter Lozano, quien recuerda que en aquel equipo había descaro (Onésimo), gol (Alberto), clase (Caminero), contundencia (Rocha) y mucho carácter (Najdoski). El otro con carácter era él, el auténtico «beatle» del vestuario. Y es que a Walter le gustaba divertirse. Fue algo así como el Pepín de los años 90. Aquel era conocido por su famoso Renault Fuego verde y su habitual presencia en discotecas, pero después se mataba a correr en el campo y en eso era el primero. En esta comparación, al argentino, también melenudo, solo le faltó el Fuego (el coche, digo) porque el resto es todo muy coincidente. Ambos eran polivalentes, desenfadados, vitales, graciosos y respiraban intensamente el ambiente de Valladolid. Lo único, que en la época del argentino la mítica discoteca Atomium ya no estaba de moda. Ni Pierrot, hoy Tintín.

No era extraño, en absoluto, ver a Walter Lozano en las zonas de copas de Pucela, salvo si era el día anterior a un partido. Eso sí, después era el que más metía la pierna, el que más iba al suelo y el que más corría en las transiciones defensivas.
Walter Lozano era una fuerza de la naturaleza, algo así como el Paul Breitner de La Pampa. Cuenta el exguardameta Toni Schumacher en su libro «Tarjeta Roja» que Breitner (internacional alemán y exjugador del Real Madrid) salía a divertirse con sus compañeros y siempre era el último en recogerse. Al día siguiente, quienes habían estado con él se arrastraban sobre el campo y Breitner era el que más kilómetros hacía o más balones recuperaba.

WALTER, UN PUCELANO MÁS

Muy integrado en Valladolid, donde tiene muchos amigos, Walter Lozano lamentó como un pucelano más la muerte de su amigo Lalo García y sigue el día a día, no solo del equipo sino también de la ciudad, de Castilla y León y de otros clubes vallisoletanos ajenos al fútbol, como el basket, el balonmano o el rugby. Siempre amigo de sus amigos. Siempre.

Su trayectoria en el Real Valladolid, entidad con la que tuvo seis temporadas de contrato, aunque dos jugó en Lleida, se resume en 82 partidos disputados (casi todos de inicio) y tres goles, todos ellos en la mencionada temporada del ascenso, en que lo jugó casi todo. Además, actuó en el Salamanca (entonces ocupaba plaza de extranjero) y un tiempo en el Vitoria de Guimaraes. Con 29 años su rodilla derecha se inflamaba, se había roto los meniscos en el 91 y regresó en un tiempo récord porque se machacó y trabajó para ello, incluso más de la cuenta. Walter y sus cosas. Sus excesos. La vida siempre al límite.

Su salida del Real Valladolid, también con historia (más de una), no supuso su marcha de Pucela porque aquí tuvo un restaurante y sigue teniendo familia, más un incontable e incondicional ejército de amigos. Su momento de gloria aquí coincide con una fiesta, y qué mejor que una fiesta para alguien que sabe apurar la vida. Fue el ascenso en Palamós, aquel tren de aficionados, los nervios del partido, la llegada a la Plaza Mayor… Posiblemente era la primera vez que había alocuciones desde el balcón del Ayuntamiento. Allí, en el fragor de la batalla recién ganada, Walter prometió cortarse la melena mientras se la recogía con una goma a modo de coleta (aún no se llevaban los moños tipo Bale o Borja).

No hace mucho, por motivos personales, el exjugador regresó a vivir a su San Luis natal donde aún se sorprenden de que haya perdido parte de su acento argentino y él dice, con orgullo, que ha vivido en la ciudad donde se habla «el mejor español del mundo». De su polémica salida hablamos en el libro, esto es solamente un boceto… Walter Óscar Lozano es como un pucelano más, de esos que vienen y el embrujo del Pisuerga (por la noche) los atrapa.

Un gesto muy suyo. Genio y figura.
El año de su debut en Pucela
Lozano, Caminero, Walter, Alberto, Iván Rocha, Najdoski, Cuaresma, Onésimo, Manolo, Javi Rey y Amavisca

Hizo de todo: Antonio Santos

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Antonio Santos, Aparicio, Osvaldo Santos, Avelino, Puig Viñeta, Moré, Rodilla, Puig Solsona, Vicente, Palacios y Rusky
El día de su homenaje en Zorrilla
El verano que se cortó el pelo a lo Collovati (uno de sus ídolos)

José Anselmo Moreno

Fue el hombre orquesta del Real Valladolid. Hizo absolutamente de todo. Fue jugador, entrenador del Promesas, del primer equipo, director deportivo, directivo y «apagafuegos» sin condiciones. El único precedente más o menos similar en la historia es José Luis Saso. En momentos de crisis era el hombre de la casa del que tirar. Allanó el camino a Cantatore antes de la llegada del chileno en su última etapa con una victoria en Compostela (1-3). En los banquillos y en los despachos era pausado y medía muy bien sus reacciones pero en el campo era todo carácter. Hablamos de Antonio Sánchez Santos.
Recuerdo el segundo partido en el viejo Zorrilla tras el retorno a Primera División de 1980. Fue contra el Sevilla. Había llegado ese verano un central yugoslavo, concretamente montenegrino. Era Borislav Djurovic, ya fallecido. Al jugador le costó adaptarse al fútbol español, aunque después ofreció cierto rendimiento en algunos de sus doce partidos en Primera. En aquel encuentro jugaba el delantero argentino Morete como punta de lanza del Sevilla. Volvió loca a la zaga vallisoletana y metió dos goles. Entonces se marcaba al hombre y Djurovic no podía con él. El público se daba cuenta y empezó a corear el nombre de «Santos, Santos». Paquito hizo caso a la grada y a su instinto, al punto de cambiar al jugador extranjero a la media hora de partido. Salió Santos y lo primero que protagonizó fue una tremenda acción a ras de suelo, yendo al balón, y despejó a córner llevándose a Morete por delante como daño colateral a esa fortísima (aunque noble ) entrada.


Aquel partido se perdió finalmente 2-3 pero Carlos Manuel Morete, un bonaerense que había llegado a España para jugar en Las Palmas y que solía salir a 20 goles por temporada ya no volvió a acercarse con facilidad a la portería que todavía defendía Manolo Llacer antes de la irrupción de Carlos Fenoy. El público de Zorrilla adoraba a Santos , básicamente por su entrega así que Antonio Sánchez Santos (Zamora, 29-8-1953) recibió una atronadora ovación de parte de los aficionados que acudieron al Nuevo Zorrilla el día de su despedida porque se había jubilado. Era un cariño incondicional y ganado día a día durante sus más de cuatro décadas de dedicación al club. El expresidente Fernando Alonso, el encargado de fichar a Santos para el primer equipo en 1974, fue también el encargado de entregarle la insignia de oro y brillantes del club en un acto celebrado instantes antes de que diera comienzo el partido ante el Real Madrid de la temporada 2013/14. No había mejor día. Más de 22.000 personas lo presenciaron desde la grada.

HOMBRE DE CLUB

Los ojos de Antonio Santos se humedecieron cuando declaró a la prensa: «dejo de trabajar en el club pero nunca dejaré al Real Valladolid» y eso que cuando hablé con él para explicarle la idea de este libro me dijo con su habitual modestia: «El pasado ya pasó y ahora los protagonistas son otros».
Hay que enmarcar esa frase en su eterna discreción, su forma de estar siempre en segundo plano, sosegado y discreto, pero obviamente no le hice ningún caso y le llamé porque el pasado, su pasado, es para recordarlo. En el Real Valladolid fue desde vicepresidente hasta director de cantera, pasando por su etapa como jugador «de la que guardo el mejor recuerdo porque, al fin y al cabo, es todo con lo que soñaba cualquier niño de mi época aunque aquel era otro fútbol, ahora hay más y mejores medios».

Antonio Santos llegó a Valladolid en el referido verano de 1974 procedente de su Zamora natal, donde despuntó como un centrocampista de corte defensivo. Aquí jugó como defensa central y ahí destacó por su regularidad durante diez temporadas. Junto a su gran amigo Pepe Moré, a Manolo Llacer y a Mario Jacquet lideraron el equipo en el campo y también en el vestuario, como recuerdan en este libro los jugadores que en aquella época llegaban de fuera. Con Santos, el Real Valladolid subió a Primera después de 16 años en Segunda (y un año en Tercera) y ganó el único título que atesora la entidad de Zorrilla: la Copa de la Liga de 1984. Tras esas diez temporadas como futbolista colgó las botas. Ya como exjugador, una de las primeras veces que volvió a calzárselas fue para jugar un partido contra los periodistas en Laguna de Duero. Era el más joven de los veteranos del Pucela. Corría el año 1985 y a la prensa les cayó (nos cayó) una paliza de once goles liderada por Santos en medio campo y Lizarralde en punta. El inolvidable Juan Pascual era nuestro «míster» y nos decía: «Hay que marcar a Santos, que aún tiene mucha correa».

Antonio pasó enseguida al banquillo del Valladolid Promesas, al que dirigió durante cuatro temporadas. En 1988, cambió el campo por los despachos y comenzó a realizar labores de todo tipo en el club. Fue cuando se convirtió en el «hombre para todo», igual iba a ver un partido de Emilio Amavisca a Laredo para pasar un informe a Fernando Redondo que estaba pendiente de la faceta burocrática y administrativa donde él ya pensaba entonces que podía aportar porque le gustaba y estaba preparado para ello. Sin embargo, fue varias veces entrenador cuando el banquillo quemaba (hasta en cuatro temporadas diferentes), también en momentos delicados fue consejero y portavoz del club, segundo entrenador con Pepe Moré (2002-03) y Fernando Vázquez (03-04) o formando dupla con Pérez García. En los últimos tiempos de su estancia en el club fue responsable de diferentes asuntos relacionados con la administración deportiva.
Se conocía bien la reglamentación y siempre estaba pendiente de una circular de la Federación, una ficha, un recurso, una resolución, un contrato o un CTI. Solía poner el punto de calma y de sentido común en momentos complicados. Dicen quienes trabajaron con él que era el mejor compañero posible en los despachos y que tenía buen «ojo clínico» para observar el fútbol y sacar conclusiones sobre futuras promesas.

AGRADECIDO A PUCELA

Su agradecimiento a Valladolid es eterno, sobre todo a la afición, respecto a la que puntualiza una cosa muy importante. «Se dice que es fría pero eso no es verdad, a mi nunca me faltó su aliento y en cuanto el equipo le da algo en el campo, por poco que sea, la grada grita Pucela, Pucela y al jugador que lo da todo siempre le respalda». Probablemente Santos habla así porque era de esos que lo daban todo y perseguía un balón hasta lo imposible. Pocas veces estuvo bajo los focos porque nunca fue un goleador, pero suyo fue un tanto que a punto estuvo de hacer historia en aquella semifinal copera ante el Valencia con el Valladolid en Segunda. Estella centró y Santos remató de cabeza el gol que ponía al Pucela con un pie en la final. Más tarde, Darío Felman y el colegiado Soriano Aladrén impidieron la gesta. Paradójicamente varios periódicos de la época le dan ese gol a Botella y qué mejor que preguntar al protagonista para enmendar ese error histórico .
Es igual, tampoco Santos lo ha reclamado nunca para sí. Como siempre, su filosofía pasa por una frase: «El equipo es lo primero».

Con Bebic, Cortés y Gilé durante un viaje y en el prólogo de un partido en Barcelona

De goleador a galeno, Alberto «habilidoso»

Ángel Lozano, Caminero, Alberto, Moreno, César Gómez, Ayarza, Goyo Fonseca, Moya, Patri, Pachí y Minguela
Alberto posa con su libro en una imagen reciente

José Anselmo Moreno

Alberto López Moreno es uno de esos futbolistas que supieron planificar el futuro tras la retirada y su senda fue la medicina, como José Martínez Pirri, Alfonso Del Corral, Juan Antonio Corbalán o Pablo Alfaro. Sin embargo,Alberto ha sido muchas más cosas, ya que la mutación de «nueve» a doctor ha sido muy provechosa.
Además de cargos en varios organismos, ha publicado el libro «Primeros auxilios en el deporte», una especie de manual en el que se recogen todo tipo de lesiones. Y es que desde hace años lleva implícito el chip de medico más que el de exfutbolista. «No se puede jugar siempre al fútbol, es una cuestión de edad aunque tanto como futbolista o de médico hay buenos y malos momentos por igual, jugar en Primera es los máximo pero estar ahora inmerso en ese ambiente también es bonito».
De su carrera futbolística le dejo huella su debut en Primera en Murcia,aunque se estrenó en un banquillo de suplentes mucho antes convocado por la megafonía de Zorrilla cuando iba a ver el partido junto a sus compañeros del Colegio Mayor. También se queda con su primera vez de titular en Logroño, el día que consiguió ganar 1-3 en el Bernabéu y acabó jugando de central, y también jugar con la Sub-21 con la que marcó un gol a Hungría.

FUTBOLISTA TARDIO

Alberto comenzó muy tarde a jugar federado y su padre siempre le inculcó los estudios antes que el fútbol. «Quien día a día no mejora deja de ser 71 bueno». Esa frase es del doctor Pedro Guillén y Alberto la ha tenido en su despacho durante muchos años. Considera que la medicina deportiva ha mejorado con los nuevos métodos diagnósticos y quirúrgicos, la especialización de los médicos y el trabajo de los fisioterapeutas con los ejercicios de prevención de las lesiones llevados Sobre el entrenador que más le marcó recuerda a muchos. «He tenido la gran suerte de tener grandes entrenadores como Cantatore, Moré, Mesones,
Saso, Miera, Maturana Nando Yosu, Kresic, Manzano o Preciado de todos ellos se aprende algo. De Cantatore, a quien admira, tiene clavado no haber jugado la final de Copa del Rey de hace treinta años. Tiene una anécdota curiosa con el chileno. Antes de un partido Sevilla-Valladolid Cantatore comentó en la charla que era un delantero «guapo» y que lo tenía que demostrar en campos como el Sánchez Pizjuán. «Mi madre me había regalado una gabardina para llevar con el traje del equipo y pensé que Cantatore se refería a que me quedaba bien la gabardina. Ese día ganamos 2-4 y yo metí dos goles a Dasaev, uno desde fuera del área. Después supe que en latinoamérica delantero guapo significa valiente, de raza y bravo».
Alberto López ha sido muchas cosas, además, presidente de la Fundación Eusebio Sacristán, fue secretario general de la AFE y miembro del Comité Medico de la FIFPro (Federación Internacional de Futbolistas Profesionales). Asimismo, fue componente de la Agencia Estatal Antidopaje y del Panel Antidopaje de la UEFA. «Me gusta mucho el fútbol, esa es la razón por la que soy tantas cosas, todas ellas relacionadas con este deporte», asegura mientras intenta resumir todos sus cargos y funciones.
Alberto López Moreno (Madrid, 25-02-1967) se retiró como profesional en el año 2003 jugando en el Palencia y desde 2004 forma parte del cuerpo médico del Valladolid. Paradójicamente, tuvo que pasar varias veces por las manos de los médicos porque tuvo cuatro lesiones graves desde que llegó procedente del Moscardó en diciembre de 1986 con apenas 20 años.
Entonces ya había empezado la carrera de Medicina, aunque antes de debutar en Primera estuvo cedido en el Burgos. «Estaba acostumbrado a estudiar y a jugar desde niño. Tras un año estudiando Biología saqué la nota en selectividad para Medicina en Madrid y después tuve que pedir el traslado de expediente y terminar la carrera en Valladolid».

GOLEADOR SIEMPRE

Alberto ha goleado en todos los equipos en los que estuvo. Entre otros, Moscardó, Real Valladolid, Burgos, Racing de Santander y Palencia 72 disfrutaron de su fútbol directo, corajudo y de choque. Su ídolo era otro delantero fuerte e impetuoso, el ariete danés Elkjaer Larssen, aquel jugador que falló un penalti ante Arconada en las semifinales de la Eurocopa del 84 en Francia, lo que otorgó a España el pase a la final. «Nadie conocía a Larssen. En una ocasión, cambié dos pósters de Maradona y de Van Basten por uno del jugador danés y la gente no lo entendía», relata Alberto.
Como ya queda dicho Alberto debutó en el fútbol de elite de una manera sorprendente. Acababa de llegar a Valladolid procedente de Usera para seguir formándose en el club de Zorrilla y vivía en una residencia de estudiantes. Un miércoles por la noche iba con sus compañeros al estadio en plan aficionado, sólo para ver al equipo. Al llegar al campo, le llamaron por megafonía para que completase la lista de convocados y se sentara en el banquillo.
«Se había lesionado durante el calentamiento un delantero (Endika Guarrotxena). Yo dejé mi bocadillo en la grada y me fui corriendo a vestuarios. Así, de esta forma tan peculiar, debuté en la elite», comenta Alberto quien ha pasado a ser el doctor López Moreno pero, pese a la bata blanca, no es difícil imaginárselo disputando balones imposibles, de esos que se perdían por la línea de fondo y rebañaba con el consiguiente aplauso de un público que le cantaba «Alberto habilidoso» y con ello se quedó.

Ángel Lozano, Moreno, Caminero, Alberto, Gonzalo, Ramón, Moya, Lemos, Minguela, Patri y Jankovic.
En su primera temporada

Un guerrero itinerante, Sisi

El jugador manchego en una foto reciente
Agarrando el escudo tras marcar un gol
García Calvo, Alberto, Álvaro Rubio, Llorente, Borja, Bea, Álvaro Antón, Marcos, Sisi, Pedro López y Víctor

José Anselmo Moreno

Lo de Sisinio (Siano para Mendilibar) es ejemplar. Jugó dos etapas en Valladolid, en ambas dejó un recuerdo imborrable y se jugó el pellejo. La primera acabó con un descenso tras una lesión ante el Athletic Club que se produjo el 4 de octubre de 2009 y que le tuvo casi toda la temporada en blanco. La segunda terminó con el ascenso del Valladolid de Djukic y él ya se metía y sacaba el hombro derecho cada vez que caía mal, ya que esperó a operarse hasta dejar al equipo en Primera y, de hecho, fue decisivo en la final de la promoción. Sisi era (es) pequeño pero matón. Muy al contrario que su perrazo (gigante y bonachón). Aún se le echa de menos por El Peral porque en esta zona del sur de Valladolid vivió y también dejó huella. Lo sé de buena tinta, éramos vecinos. Su mujer reside actualmente en Valladolid.

Ahora anda por Japón y allí es un ídolo porque también se deja la piel. Se hizo viral un vídeo suyo respondiendo a una pregunta en japonés. Entre que Sisi es «echao palante» y que le gusta empaparse de la cultura de los sitios donde está tampoco era muy de extrañar semejante soltura en la lengua nipona. «Hablo japonés porque la verdad es que no tengo mucha vergüenza para hablar otros idiomas, aunque he estudiado y le he dedicado tiempo, siempre trato de aprender allí donde voy».
Sisi, que tiene un pincho con su nombre en el local de sus amigos Jero y Amando, es casi un vallisoletano más. Mantiene una vivienda en Pucela y aquí vuelve periódicamente, la última vez para recuperarse de una lesión. De hecho, en verano del 2019 se le podía ver en el CDO Covaresa trabajando duro para recuperarse de su último percance físico. Y es que el jugador manchego no ha tenido mucha suerte con las lesiones desde que aquel 4 de octubre de 2009 una entrada de Muniain le dejó muchos meses parado. Fue su primera lesión grave y, desde entonces, ha tenido varios percances de los que se ha repuesto siempre.
De Japón, como a Isailovic, le llama la atención la cultura del esfuerzo. «Allí no se buscan excusas si no uno no juega, cada uno tiene lo suyo y trata de empatizar con el prójimo. De Corea dice que el fútbol le gustó pero no tanto el país y de Polonia destaca que el Lets Poznan es el mejor equipo en el que ha jugado y que el país es muy futbolero y agradable para vivir, aunque él no estaba a su mejor nivel durante su estancia allí.

En cuanto a Grecia, «es un país al que fui después de una lesión y no acabé contento, en Japón si puedo decir que soy feliz», como lo fue en Valladolid donde jugó hasta lesionado y con el referido hombro que se le salía en cuanto se caía bruscamente pero él volvía siempre a la carga hasta que consiguió ese ascenso con el Valladolid de Djukic en 2014, fabricado junto a Óscar el gol decisivo de Javi Guerra.

Felicidad es una palabra recurrente en su vocabulario. Sisi trata de ser feliz jugando al fútbol y su intención es seguir jugando en Japón y allí retirarse. Soy consciente de que no tengo mucho mercado en España ahora mismo, no me quedaré a vivir en Japón pero quiero alargar allí mi carrera todo lo posible.
Respecto al Valladolid, recuerda que pasó una temporada (la 11/12) con problemas para cobrar. «Estuve cinco o seis mes sin cobrar, fue un año duro pero lo supimos gestionar porque deportivamente íbamos bien pero los clubes no se pueden basar únicamente en los resultados tienen que tener una base como club y eso es lo que esta haciendo el Valladolid en este momento».
Y es que a su juicio el club lo está haciendo «bien» ahora, está vendiendo bien su producto primero en su ciudad y buscando cierta identificación de la gente y después intentando traspasar fronteras. «Es bueno lo que se está haciendo y de hecho se han batido récords de abonados y eso no es casualidad».

El último partido que Sisi jugó con la camiseta de Pucela fue agónico contra el Alcorcón en la promoción de ascenso. «No recuerdo un partido con ese dramatismo porque si no subíamos, éramos conscientes de que el club pasaría por problemas y lo dimos todo, aunque el partido se nos complicó con el gol de Sales y recuerdo las caras en el descanso, todo el mundo en silencio, era como un velatorio, pero al final conseguimos subir».

HUELLA EN PUCELA

La gente le recuerda en Valladolid, aquí se le valoró mucho aunque sus dos épocas fueron «muy distintas». En segunda disfrutó porque con Óscar, Nauzet, Javi Guerra, etc, » jugábamos de memoria y muy buen fútbol, yo me sentía muy cómodo a la vez que importante en aquel equipo porque teníamos automatismos adquiridos, éramos un equipo con mayúsculas y así se disfruta mucho del fútbol».
Califica a Óscar González como uno de los mejores jugadores con los que ha jugado nunca. «Tengo una relación muy buena con él, en Valladolid no queda mucha gente de cuando yo estuve pero estoy pendiente del equipo allá donde yo esté».


Sobre su retirada, parece que no va a haber noticias en breve. Quiere seguir jugando y después ligado al fútbol «porque un futbolista de lo que entiende es de fútbol», aunque destaca que tiene una bodega en Valladolid con un par de socios y considera que en este negocio también puede aportar algo. «En la bodega estamos exportando a varios países y nos va bien, pero hay que perseverar».


Respecto a Valladolid y al Real Valladolid dice que «están creciendo». A su juicio, es una ciudad «preciosa» y se merece lo mejor. Ciñéndose al club, considera que seguirá creciendo y que, si se mantiene en Primera, cada vez tendrá jugadores «más potentes» pero subraya que ha de tener una base sólida porque «siempre hay que tener una base de crecimiento».

Hace casi ocho años que se marchó pero aún le paran por la calle y cuando le demuestran cariño y a él le gusta. Lo agradece. Valladolid suele tratar bien a sus héroes y hubo un tiempo en que Sisi era «uno de los nuestros». De algún modo, aunque ahora viva lejos y hablé japonés con insólita fluidez, lo sigue siendo. Y volverá.

Durante su presentación en Pucela
Tras un partido en Corea
Sisi, en su segunda etapa en Pucela.